LA VIDA COMUN FRATERNA EN SITUACIONES DE CONFLICTO

Fr. Faustino Corchuelo A. OP

Es necesario hacer de entrada una cuantas aclaraciones. No se trata de abordar el tema desde un punto de vista teológico; tampoco de hacer una reflexión de tinte espiritualista y moralizante, ya que muchos son reacios y alérgicos a este tipo de tratamientos de un tema, que pretende cubrir con un manto de pietismo religioso la cruda realidad que muchas veces vivimos en el seno de nuestras comunidades; tampoco tengo la pretensión de deciralgo nuevo o de sentar cátedra en torno al tema en cuestión.

Simplemente, se trata de compartir con Uds. una inquietud que de un tiempo para acá ronda en mi cabeza : el valor vital que tiene, en nuestra condición de religiosos, la vida común fraterna y su debilitamiento y, a veces, extinción, en situaciones de conflicto, ya sea de carácter interpersonal o de tipo estructural.

La carta que dejaron los Visitadores, Fr. Francisco Quijano y Fr. Francisco Vicente, en relación con los acontecimientos recientes en la vida de la Provincia y de la Universidad, y en la cual se nos invitaba a hacer esfuerzos por buscar caminos de solución que permitieran restañar las heridas causadas por el conflicto, sanar los sentimientos golpeados y reforzar los lazos de una fraternidad sincera y transparente, incentivó aún más mis deseos de reflexionar acerca del conflicto, sus posibles causas y motivaciones, su incidencia en la vida común, las actitudes humanas y evangélicas que hay que asumir para hacerle frente y buscar vías de solución. Se trata, pues, de ofrecer motivos de reflexión en torno a las situaciones conflictivas que vivimos al interior de nuestras pequeñas comunidades locales o de la gran comunidad provincial.

Temo que algunas de las cosas que voy a decir vayan a levantar ampolla y producir escozor en algunas personas. Son los riesgos que se corren al tratar de analizar, no en forma abstracta sino vivencial, un tema. Si en el desarrollo de éste se perfila el rostro de alguna o más personas, tengo que decir, de antemano, que no me mueve la más mínima intención de hacer directa o indirectamente alusiones personales. Es algo que aflora espontáneamente en la constatación de las situaciones de conflicto que ha vivido la Provincia y que, de una manera u otra, han afectado la calidad de las relaciones fraternas en el seno de la comunidad, creando a veces una especie de división interna, con todas sus secuelas de desconfianza mutua entre algunos hermanos, de marginamiento, de gente amargada y resentida.

Esta reflexión compartida deberá, pues, hacerse teniendo en cuenta nuestro propio contexto vital, tanto a nivel micro como macro de nuestras comunidades locales o Provincial, la fisonomía que presenta hoy día la vida religiosa, los valores y contravalores propios de nuestra época, el ritmo frenético de nuestro tiempo, los cambios estructurales en el ámbito social, cultural y religioso que de una u otra manera nos afectan. Soy consciente que hay factores que militan en contra de la vida religiosa y de la vida común fraterna.

Por otra parte, hay que anotar que hoy en día se ha acentuado un agudo sentido de la comunidad, entendida como vida fraterna que se construye más sobre la calidad de las relaciones interpersonales que sobre aspectos formales de la observancia regular. Por eso se habla, más que de vida común, de vida común fraterna, pues la sola expresión "vida común" no se agota ni se expresa en los solos elementos y mecanismos que aseguran su funcionamiento: vivir bajo un mismo techo, tener una mesa común, cumplir un horario, trabajar en una obra de la comunidad. La vida común muchas veces puede ocultar la ausencia de una verdadera vida fraterna.

Ciertamente, la vida común designa el género de vida de aquellos que, en el marco de una comunidad, practican la puesta en común de bienes (no solo materiales sino también morales y espirituales), viven habitualmente bajo un mismo techo y aceptan una misma autoridad y, de esta manera, pretenden vivir la consagración religiosa con todos sus compromisos y exigencias. Esta vida común hace referencia a la dimensión de pobreza (compartir bienes), a la vida fraterna en su dimensión afectiva (compartir el corazón) y a la dimensión apostólica (compartir la misión).

Vista así, la vida religiosa produce en todos un natural encanto, especialmente en los más jóvenes; pero vivirla y perseverar en ella en toda su complejidad, con todas sus exigencias y en las condiciones reales de conflicto en que muchas veces toca vivirla en algunas casas o conventos, eso es otro cuento, cuando no se convierte en una carga pesada que hace realidad aquella sentencia de que la "vida común es la máxima penitencia" ("Vita communis, máxima poenitentia") o en una especie de infierno anticipado.

Muchos frailes, sobre todo los más jóvenes tienen una idea quimérica de lo que es la vida religiosa. Con el correr de los años y al contacto con la realidad se va apoderando de ellos una especie de desencanto o adoptan por acomodarse a la mentalidad y al estilo reinante del momento. El ideal comunitario no debe olvidar que toda la realidad cristiana se edifica sobre la debilidad humana. Para la construcción de una verdadera vida fraterna se debe contar con la ayuda de Dios y con el empeño humano de dar carne y concreción a ese ideal. Es decir, se necesita sinergia entre la gracia, como don de Dios, y el compromiso personal para construir una verdadera vida común de hermanos.

Saber convivir con otras personas es un arte que hay que aprender y una gracia que hay que pedir. Es algo que demanda una alta dosis de ascesis, de sacrificios, de renuncias y la necesidad de cultivar toda una serie de virtudes. En cierto sentido, el vivir en comunidad, sea a nivel local o provincial, no es algo cómodo o fácil. Sabemos que por mandato de caridad debemos estar abiertos a todos, pero no todos son compatibles con nosotros. La búsqueda de unidad y plenitud en el ámbito personal debe armonizarse y llevarse a cabo en la otra dimensión, la comunitaria, de tal suerte que genere, lo menos posible, conflictos y roces con aquellos con quienes se comparte la vida o un ideal.

Cabe anotar que la vida común fraterna tiene que hacerle frente a tres grandes desafíos:

  1. El individualismo exagerado en el comportamiento de los frailes, sobre todo, cierto crecimiento indebido de la vida privada que se opone al hecho de compartir bienes y responsabilidades, que generan entre los frailes situaciones de privilegio y de desigualdad chocantes y que, por lo mismo, se convierten en fuente permanente de conflictos.
  2. Si nuestras comunidades locales no son lugares de convivencia fraterna gratificante, donde dé gusto vivir, pronto los frailes irán a buscar fuera otras comunidades humanas y espirituales más cálidas y acogedoras. Ciertamente, algunos hermanos dan la impresión de sentirse más a gusto y de encontrar su experiencia de fraternidad fuera y no dentro de la comunidad. Por otra parte, hay quienes piensan que sería mejor organizar las comunidades en forma homogénea, es decir, compuesta por personas afines, amigos y compañeros de grupo, excluyendo a los de mentalidad a los de mentalidad, edad o actitud diferentes. Francamente es ilusorio creer que la vida común fraterna se soluciona con la formación de comunidades homogéneas, descartando por principio lo enriquecedor que es el pluralismo.
  3. El tercer desafío es el de una posible doble pertenencia conflictiva entre el lugar donde se trabaja y la casa de asignación. Hay trabajos apostólicos y compromisos profesionales que absorben de tal modo el tiempo y la afectividad del religioso, que hace que muy poco esté física y psicológicamente disponible para la comunidad de sus hermanos. El centro de referencia y de construcción de su proyecto de vida está más afuera que dentro de la comunidad. Además, la forma de concebir el trabajo, más que como el desempeño de una función apostólica que se desprende del carisma propio de la Orden, como la de un simple funcionario de asuntos profanos o religiosos, hace que se deje en la penumbra la realidad de la consagración religiosa y se considera la vida común como un obstáculo o como un mero instrumento funcional en donde se asegura comida y dormida.

La verificación de este triple desafío, nos lleva a concluir que la "comunidad ideal" no existe todavía. Ella se edifica y se construye a diario, contando con la ayuda divina, teniendo en cuenta la debilidad humana y la realidad del pecado en sus múltiples manifestaciones. Por tal motivo es inevitable que el conflicto exista. Siempre ha existido y siempre existirá. No bien nos reunimos los seres humanos para compartir la vida o un trabajo, ahí mismo comenzamos a observarnos, a juzgarnos, a clasificarnos, a sembrar la semilla de la discordia y de la rivalidad. Surgen, entonces, espontáneamente las discrepancias y los enfrentamientos, el choque de personalidades y los roces temperamentales o generacionales, el ansia del poder y la "libido dominandi". Esto es algo inherente a la condición humana. Por eso, no es de extrañarnos que las pequeñas comunidades locales o la gran comunidad provincial vivan sus propios conflictos.

Lo primero que tenemos que hacer es identificar los conflictos, porque hay unos que son reales y otros irreales, unos interpersonales y otros estructurales; luego averiguar su origen y sus posibles causas y motivaciones, para después buscar vías y alternativas de solución sensatas, realistas y evangélicas, de aquellas situaciones conflictivas que generan tensiones y producen agotamiento y desgaste de los recursos humanos de la comunidad.

A veces uno se pregunta por qué ante problemas o situaciones tensas e incómodas que deben ser resueltas por los implicados en las mismas no se tiene la capacidad psicológica y espiritual de sentarse a dialogar y discutir serenamente el asunto en cuestión, de llegar a un común acuerdo, incluso de negociar, de aplicar aquel principio de "ganar-ganar", que significa que los acuerdos y soluciones deben ser mutuamente benéficos y mutuamente satisfactorios. ¿Por qué no se puede hacer? ¿Por qué no se puede dialogar? ¿Por qué nos sentimos tentando a acudir a otras instancias, superiores o ajenas (el Provincial, El Maestro General, un abogado, la fiscalía, etc.) para dirimir nuestros conflictos o para que ellos nos resuelvan los problemas o las situaciones difíciles a las que nos vemos abocados, como si no tuviéramos los mecanismos y la capacidad de resolverlos por nuestra propia cuenta?

Hace falta la capacidad de dialogar e intercambiar argumentos en vez de acusaciones mutuas y desconfianza recíproca. Quizá se diga y se aparente que se está abierto al dialogo, pero, a lo mejor, es un diálogo de sordos, de un falso diálogo en el cual uno de los dos interlocutores, si no los dos, sabe ya de antemano a dónde quiere llegar, firmemente convencido de que no retrocederá un paso de la posición inicial. En el fondo es un diálogo inconducente, en el que al final cada uno sigue anclado en su punto de vista. Dos monólogos no constituyen un diálogo.

En un interesante artículo titulado "El diálogo, ley del trabajo ecuménico. Estructura de la inteligencia humana" el P. Congar desarrolla la idea de la necesidad del "intento de escucha" de la verdad o de la versión del "otro", de apertura al diálogo, de plantear mejor ciertas cuestiones, de conocer y formular mejor la posible solución a un conflicto, contando siempre con el aporte de los implicados en el mismo. El diálogo es método, pero también actitud: actitud de respeto a la persona del interlocutor, que implica el reconocimiento del "otro" como "diferente", con su dignidad, sus preguntas, sus valores, su tragedia, sus proyectos.

La mayoría de conflictos son el resultado de comunicaciones equívocas y de percepciones erróneas: una mala información, un malentendido, suposiciones no comprobadas, estereotipos mentales y prejuicios, rumores y conocimiento de oídas, recuerdos inexactos o no gratos, aún no borrados, de experiencias pasadas. El comportamiento objetivamente honesto y sincero de una persona puede ser percibido e interpretado por otro en forma inadecuada y distorsionada, que pronto puede desembocar en un conflicto real o supuesto.

Por otra parte, la mayoría de los humanos tendemos a pensar en términos de dicotomía: yo tengo la razón, los otros están equivocados; ellos son los malos y los culpables, yo soy inocente y víctima; lo que persigo en la solución del conflicto es que yo venza y que el otro o los otros pierdan. Cuando interactuan dos individuos resueltos, obstinados y hasta orgullosos, los resultados serán que las dos parten saldrán perdiendo. Los dos se vuelven rencorosos y vengativos, estarán a la caza de cualquier hecho o motivo que hunda a la otra parte, o irán acumulando cuentas de cobro para hacerlas a su debido tiempo. Algunas personas se concentran de tal forma en su real o supuesto enemigo y les obsesiona tanto su conducta que lo espían, le fiscalizan la vida, le "sacan los cueros al sol" y lo desprestigian, de suerte que lo único que les interesa es que la otra persona salga perdiendo, aún a sabiendas si eso significa que ambos pierden.

Una pregunta que surge ahora es la de saber ¿cuáles son las posibles causas y motivos comunes de toda situación de conflicto? Según los analistas del tema , todo conflicto se origina de las siguientes causas o de la combinación de las mismas:

relaciones interpersonales o colectivas;

La Sagrada Escritura entiende por "espiritual" lo que dice relación al don del Espíritu Santo, lo cual quiere decir que una comunidad será de orden espiritual en la precisa medida en que se construye y de deja animar por el aliento vivificante del Espíritu Santo; por "psíquico", en cambio, lo que es expresión de nuestros deseos e intereses puramente humanos y personales, de nuestras fuerzas y posibilidades naturales. La une se mueve en el ámbito de la transparencia ética y la caridad fraterna ("ágape"); la otra, la del amor equívoco e interesado ("eros"), de la rivalidad y la codicia.

Cuando se pretende construir la comunidad fraterna en un orden puramente "psíquico" es explicable que surjan los conflictos y rivalidades, amén de que se pongan de manifiesto los centros de interés:  ansias de poder y de perpetuarse en él, la búsqueda de puestos o cosas que representan un valor material, porque ellos dan status y "caché", posibilidades de viajes y viáticos, de obtener beneficios y dinero, de disponer y mandar sobre otras personas, cuando no de manipularlos como una ficha, la oportunidad de favorecer con puestos y prebendas a familiares y amigos. Entonces, se miente más de la cuenta, se utilizan las instituciones y los puestos para provecho propio o de los amigos e incondicionales, se arrincona o se margina a quien no pertenezca al bando o se atreva a criticar el "modus procendendi". Cuando la motivación espiritual ("Pneumaticos") se extingue en la construcción de la comunidad fraterna, la comunidad local o la Provincia se resiente. No pasa de ser un simple lugar de trabajo o de puro compañerismo, vivida a un estilo puramente humano.

Resulta sorprendente constatar que los conflictos ancestrales que ha vivido la Provincia hunden sus raíces en una mentalidad que se va perpetuando de generación en generación, y que el P. José de J. Sedano llamó, hace 35 años, el pecado original de la Provincia . Una mentalidad, es decir, un modo de pensar, de juzgar, de sentir y de actuar que ha encauzado por mucho tiempo el derrotero de la Provincia.

Me limito ahora a transcribir algunos apartes del escrito del P. Sedano que nos ayudan a comprender un poco la génesis y los motivos de este tipo de conflicto estructural. "Tradicionalmente - anota el P. Sedano - la historia de la Provincia se ha encauzado por los carriles de dos bandos, dos facciones, dos partidos. Cada bando representa sus huestes (un conjunto de frailes más o menos numerosos) alrededor de una persona, generalmente, provinciable.... Son dos campos impermeables el uno al otro, opuestos irreconciliablemente, que luchan por el propio y exclusivo predominio, la hegemonía en el gobierno de la Provincia. Cada uno cuenta con una camarilla que busca ganar adeptos con el fin de desplazar a la otra del gobierno. O, si de da entrada en determinados puestos a uno o más contrarios, es a regañadientes, y se procura a toda costa alejarlos como extraños e indeseables. Y son extraños e indeseables sencillamente porque no son de los suyos, porque no da seguridad para su corriente politiquera...."

".... Cada bando representa un conjunto de simpatía e intereses individuales, amparados por el "mejor bien de la Provincia y de la Orden"; pero en definitiva cada uno identifica el bien de la Provincia y de la Orden con los intereses de cada partido ; solamente lo que tal o cual facción ve como provechoso para sí misma, es lo único verdadero y conveniente para la Provincia y para la Orden" "Tampoco todos los comprometidos en la obra de un bando conocen la finalidad ; mientras que unos pocos, los dirigentes, mueven y calculan todo con táctica maquiavélica, hacia el fin premeditado, otros - quizá la mayoría - ingenuamente creen en la bondad del derrotero y la finalidad."

"....Esta oposición banderiza y sus tácticas llegan a su clímax durante los períodos preelectorales y electorales. Es entonces cuando se pone a funcionar el montaje , que se ve patente en la propaganda que se despliega , basada en el descrédito soterrado del contrario, en la difamación, en las maliciosas bolas o consejas que se echan a rodar, en la publicación de las grandes faltas, en la exageración de las pequeñas, a veces , en la calumnia..."

"Cuando de elecciones se trata, en realidad no se elige. Unos pocos, a veces uno solo, son quienes imponen el candidato con base de conciliábulos secretos y de conquista de votos. Y cuando se trata de otros puestos importantes por nombramiento, el montaje de las presiones, de los halagos y promesas siguen su funcionamiento. Logrado el objetivo, el andamiaje no termina. Sigue sosteniendo la frágil construcción de la Provincia, para seguir sopesando todo, calculando todo "con madura reflexión" en orden a mantener indefinidamente el predominio partidista"

"Y cuando el objetivo logrado es aplastante, es aplastante también la maquinaria del "aplanchamiento" sobre el contrario vencido. Se ensañan sádicamente sobre él, se le tritura, se le proporciona la muerte política o moral, se le confina, se le anula... A los más destacados líderes que han contribuido a la victoria, se les dan los puestos "claves", se les reparten generosos gajes, se les premia su eficaz colaboración. A los demás, especialmente jóvenes, inclusive estudiantes que más o menos son simpatizantes, o más o menos comprometidos en la causa, se les utiliza como cosas, se les despista pintándoles como de buena ley todo cuanto sostiene o hace un bando y como malo y despreciable todo lo del contrario..."

En el fondo de este análisis, se transluce una especie de réplica o mimetismo social de lo que sucede en el mundo de la política o politiquería del país, con su moral de la eficacia o su doble moral, sus intrigas y zancadillas, sus tácticas maquiavélicas, sus slogans, sus chantajes y halagos, que configuran una mentalidad, una manera de pensar y de actuar. Como un "pecado original", se va transmitiendo calladamente de generación en generación, sin reacciones saludables.

Puesto que las guerras y los conflictos se originan en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde debe buscarse sus posibles causas y los objetivos del conflicto de las partes enfrentadas. Casi todos los conflictos se producen porque alguien o algunas personas desean efectuar un cambio, al cual otros se resisten. Puede ser, por ejemplo, las situaciones de privilegio, el apego al poder, el manejo que se le da a las instituciones, la manera de ejercer la autoridad, etc. El analista debe formularse toda una serie de preguntas: ¿Quiénes están tratando de cambiar algo y qué se está tratado de cambiar? ¿A costa de qué y de quienes? ¿Quién se está resistiendo al cambio y porqué? ¿Quién está a favor del cambio y quién se resiste? ¿Es un cambio parcial o pendular? ¿Qué puede hacerse para que el cambio resulte menos traumático para las personas y las instituciones?

Habrá que recurrir, entonces, al diálogo sincero y respetuoso, al derecho al disenso y la discrepancia, a la necesidad de identificar las causas del conflicto y buscar las mejores vías de solución que favorezcan a las personas y a las instituciones. En las situaciones de conflicto, se ha de evitar, a toda costa, las discusiones agrias e inacabables que no conducen a nada, si acaso, a la ruptura definitiva. Desafortunadamente, no todos los diálogos ni los intentos de solución de un conflicto llegan a feliz término. Con frecuencia se pierden por el camino, ora por el orgullo y terquedad de algunos de los implicados en el conflicto, ora por cierta torpeza en el manejo del mismo. La finalidad del diálogo no es mostrar que yo soy el que tengo razón y que el otro es el que está equivocado, sino llegar a un acuerdo o, por los menos, a aclararse recíprocamente las ideas. Tras un intercambio sereno y respetuoso hay que tratar de llegar a un común acuerdo en el que las dos partes salgan ganando, recurrir a la vía de la conciliación y evitar, a toda costa, la ruptura definitiva. Es preferible tender la mano a volver la espalda.

Concluyo con un extracto de la carta del Maestro de la Orden, con motivo de su reciente visita a la Provincia: "La comunidad provincial ha venido sufriendo por los conflictos durante el cambio de administración en la Universidad. Poco a poco han venido tratando de curar heridas. Es el momento de mirar hacia delante y dejar atrás lo sucedido. Cada uno tiene la responsabilidad de dar los pasos que le toca para promover el perdón mutuo y la reconciliación. No hay que esperar a que los otros den un paso, pensando que yo no tengo por qué darlo. Dar el primer paso es demostrar que no estamos atados al pasado, que somos libres para ofrecer y acoger la gracia del perdón"

E-mail: faustoc@cable.net.co


Indice General de la Provincia de San Luis Bertrán de Colombia O.P.
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