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" No puede ocultar ciertos temores que siento al hablar con los sacerdotes jóvenes. Como me dijo un día el Cardenal Saliége, tengo oídos: uno para entender lo que me dicen, otro para entender lo que no me dicen....
Sí, yo tengo miedo de que estos sacerdotes del mañana, dentro de su noble deseo de asemejarse a nosotros, sus hermanos laicos, caigan en la tentación, para acercarse más a nosotros, de invadir nuestro terreno propio.
Tengo miedo de que lamenten no ser, como nosotros, personas con un oficio, especialistas, profesionales, técnicos, políticos, sindicalistas, obreros o jefes, células del organismo social, forjadores de la historia familiar, padres de familia.
Tengo miedo de que pierdan el tiempo, se fatiguen y se inquieten por querer hablar nuestro lenguaje especial y nuestro mismo "argot" por querer adoptar nuestros métodos y nuestras actitudes, nuestra vida trepidamente, nuestras preocupaciones temporales, nuestras angustias de hombres comprometidos en las tareas políticas; en una palabra, nuestro estilo de vida laical moderna.
Temo además, que deseen convertirse en lo que son para nosotros los "directores laicos de conciencia": psiquiatras, terapeutas, sociólogos, psicoanalistas, psicológos, maestros de conciencias humanas.
En estos terrenos todavía nosotros, los laicos, seremos más entendidos que ellos con una dedicación total.
Los sacerdotes serán nuestros guías, si permanecen dentro de su propio terreno que es inaccesible y necesario.
Al escuchar a mis jóvenes amigos sacerdotes, temo que no aprecien bastante la dignidad de su estado; que abriguen una especie de arrepentimiento inconsciente por no haber escogido el camino más ancho, más fácil, más abierto, más cálido más solidario del apostolado laical.
Tengo miedo de que en la soledad del pueblo y del campo sientan a veces la impresión de estar separados de sus hermanos los hombres, de ser tildados por los otros como seres extraños, sin familia, sin experiencia vital, como sin raíces. O bien, que ellos consideren como ideal y como solamente válida la situación excepcional de los sacerdotes obreros.
Tengo miedo de que, sin decirlo y sin saberlo, se arrepientan y pase por su espíritu un sentimiento de melancolía-
Y entonces cuando con toda convicción y con la larga experiencia de mi existencia yo les digo desde aquí:
" Vosotros perderéis siempre, si intentáis igualarnos y guiarnos desde nuestro terreno laico vosotros ganaréis siempre, si os situáis con alegría, fuerza y sencillez radiante dentro de vuestro terreno propio e inconfundible: el sacerdocio.
Nosotros os pedimos ante todo, y sobre todo que nos deis a Dios, especialmente por medio de esos poderes que solo vosotros tenéis: absolver y consagrar.
Os pedimos que seáis los hombres de Dios " Isb. Elohim" como los profetas, los portadores de la palabra intemporal, los distribuidores del Pan de Vida, los representantes del Eterno entre nosotros, los embajadores del Absoluto. Nosotros estamos dentro de lo relativo. Tenemos necesidad de ver en vosotros al Absoluto. Sin el Absoluto que nos envuelve, no podríamos tampoco disfrutar de lo relativo.
Tenemos hambre y sed del Absoluto y no lo encontramos en ninguna parte en estado puro. Por esto, necesitamos cerca de nosotros un ser semejante a nosotros, el cual incluso dentro de su mediocridad y de su miseria, encarne la idea del Absoluto y nos demuestre con su presencia que puede existir, que está más cerca de nosotros, de lo que podemos imaginar.
En realidad, nosotros vivimos en lo relativo, pero nos movemos, respiramos y somos dentro del Absoluto".
JEAN GUITTON.
