REFLEXIONES EN TORNO A LA TAREA EDUCATIVA UNIVERSITARIA.

 

Faustino Corchuelo A. OP

Sin ninguna duda, el estudiante es el centro y el fundamento del sistema educativo. Incluso, se podría afirmar, en conformidad con el pensamiento de santo Tomás, que él es el principal agente responsable de su proceso de formación No obstante, otros agentes o factores juegan un papel vital en el proceso enseñanza-aprendizaje. Entre ellos está el maestro. Ciertamente, otros agentes, instancias y factores tienen su incidencia significativa en este proceso. Por ejemplo, el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información ha abierto posibilidades, casi inimaginables hasta hace poco, para la enseñanza y el aprendizaje y, por lo mismo, han hecho evolucionar la función del docente y la actitud del estudiante.

Sin embargo, el maestro no juega más que un papel subsidiario, "ministerial" ("Minister naturae" diría el Aquinate), es decir, ayudar, desde fuera, para que el educando se realice vitalmente, desde dentro; contribuir, desde fuera, en la transmisión de conocimientos y en la estructuración de la personalidad del niño o del joven, es decir, contribuir al desarrollo integral del ser humano en su fase de crecimiento. Por eso, a él le corresponde cultivar esa capacidad para ejercer influencias positivas en el educando.

De ahí la importancia del contacto humano directo entre el estudiante y el docente, de suerte que éste último se convierta en un factor activo que debe ser determinante para la calidad y los resultados del proceso enseñanza – aprendizaje. No sólo como alguien que contribuye en la tutela y desarrollo del patrimonio científico, cultural y humanístico mediante la investigación y la enseñanza, sino también porque él es quien está más en contacto directo con el educando y quien, a la hora de la verdad puede influir más y dejar una huella imborrable en el espíritu de aquel. Es inevitable que en el proceso de modelos de identidad, los estudiantes se vayan identificando con algunos de sus profesores, sobre todo con aquellos que han llegado a ser realmente maestros. La figura del maestro es decisiva, ya que quizá signifique el descubrimiento de una persona ejemplar a quien se admira y con quien se quisiera identificar.

Por esta razón, resulta útil diseñar el perfil deseable del docente. Normalmente cuando hablamos de perfil hacemos alusión a una especie de desideratum que apunta hacia lo óptimo en términos de relación humana y lenguaje actitudinal o de comportamiento, de dominio de una materia, de ejercicio profesional, etc. Por eso, todo lo que afecta a los estudiantes debería interesar a los docentes: su competencia pedagógica, el dominio de la materia que enseña, la mística que tiene por su profesión, sus cualidades humanas y morales, su cultura general, su manera de evaluar, etc. tiene una repercusión decisiva en los resultados de la formación del discente. Se educa más por lo que se es que por lo que se dice: las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra. Como dice la sabiduría popular: "es más importante lo el maestro es que lo que enseña". Sería terrible que dijeran de uno, en su condición de docente, "sabe mucho, pero nada más". . Sólo quienes han sido realmente maestros se les recuerda con gratitud durante toda la vida.

Se sabe que la palabra "maestro" viene del latín "magister", cuya raíz es la expresión MAG que quiere decir "más", "excelente, "máximo", es decir que aquí hay una alusión a lo que se espera del portador de esa condición. Un docente de una facultad no se puede conformar con enseñar, con dictar una materia. El maestro no enseña solamente una asignatura, unos contenidos o unos programas; enseña, además, una concepción de la disciplina o ciencia, una forma de mirarla, una filosofía de la vida. Mejor dicho, él se enseña a sí mismo, con sus ademanes, con sus palabras, con sus actitudes. Por eso, un maestro tiene que ser como una especie de tutor, de asesor, de orientador, un guía, un facilitador, un provocador de ideas y proyectos. Es aquel personaje cuya palabra o presencia debe incitar a una respuesta estimulante y productiva con aquellos con quienes interactúa. El maestro diseña ambientes de aprendizajes, inculca la afición por el estudio y los hábitos mentales que incentivan el autoaprendizaje, el espíritu crítico, creativo y emprendedor, indica el camino, señala alternativas y sugiere pautas de acción, sin substituir jamás a quien enseña.

Por otra parte, no debe olvidar que la primera tarea que tiene ha de ser la de educar, es decir, contribuir a la realización del joven universitario en todas sus facetas y dimensiones. El verbo "educar" (del latín "Educare" = ir conduciendo de un lugar a otro; "Educere" = extraer, sacar fuera) significa contribuir, desde fuera, a sacar de adentro, a extraer del adentro del individuo, todo ese cúmulo de virtualidades y posibilidades que el ser humano posee en estado germinal. Por eso, no se debe confundir ni reducir la educación con la mera instrucción. A veces damos por aceptado el hecho de que la educación es simplemente un proceso de transmisión de conocimientos, y nada más. Lo cierto es que ya desde los griegos presocráticos, la educación hacía referencia a dos fenómenos diferentes pero correlativos: el primero, el básico, era la formación integral del ser humano, la consolidación de su estructura personal, de suerte que fuera capaz de asumir en forma responsable la construcción de su propio destino y supiera resolver los problemas que el diario vivir le fuere presentando; el segundo, menos importante que el primero, se refería a la transmisión de los conocimientos pragmáticos, técnicos, científicos y profesionales, diríamos hoy día, su capacitación profesional que haría de él alguien capaz de producir bienes y servicios en favor de la comunidad.

Información y formación constituyen un binomio clave en todo proceso educativo. Son dos etapas sucesivas y complementarias. No hay educación completa si falta alguna de ellas. Recibir información es acumular una serie de datos, observaciones y manifestaciones específicas. La formación va más allá: ofrece unos criterios para regir el comportamiento de acuerdo a una filosofía de la vida; pretende sacar el mejor partido posible de los conocimientos adquiridos, favoreciendo la construcción de un hombre más maduro, más armonioso y equilibrado, más sólido y firme, más humano y espiritual, más dueño de sí mismo, es decir, a hacer del formando un ser más plenamente humano. La plenitud humana responde a la articulación a un comportamiento racional, solidario, responsable, justo y abierto a los grandes valores trascendentales (búsqueda permanente de la plenitud de su ser, de la verdad y la sabiduría, de la bondad, de la belleza, de la unidad). Esta es la primera gran tarea, sobre la cual debe edificarse la preparación de técnicos, profesionales e investigadores competentes, con una sólida formación general y especializada, capaces de seguir formándose por sí mismos durante toda la vida, de trabajar en equipos multidisciplinarios y de adaptarse a los constantes e inesperados cambios del mercado laboral.

En consecuencia, la educación no puede medirse por la sola acción de informar, de poner conocimiento de algo (instruir) sino por la capacidad de despertar y liberar - persuadiendo, convenciendo, dando razones - la gran potencialidad y diversidad de facultades que le permitan al educando crear y descubrir valores y metas significativas que propicien darle una dirección y un sentido a su vida, construir un proyecto vital, encarar los problemas y contratiempo de la existencia humana, saber valorar las cosas y las personas, aprender a interactuar con los demás. Se podría considerar la educación, por parte del educando, como un proceso de asimilación consciente de conocimientos, experiencias, habilidades y hábitos positivos (virtudes) desarrollados por el hombre en orden a su propio crecimiento personal y con miras a prestar su granito de arena en la construcción de un futuro viable y deseable y, por parte del educador, como aquel que es capaz de ejercer influencias positivas en el educando por su aptitud específica para contribuir de manera significativa en el desarrollo integral de ese ser humano en su fase de crecimiento.

Cada persona es un misterio y un tesoro, algo que hay que ir poco a poco desvelando y descifrando. Descifrar a cada individuo y cuidarlo para que dé lo mejor de sí mismo. La tarea de la educación será la de formar seres humanos para el presente, para cualquier presente, seres en los que cualquier otro ser humano pueda confiar y respetar, seres sentipensantes, capaces de pensarlo todo y hacer lo que se requiera como un acto responsable desde su conciencia social. Por ello, educar implica instruir, formar, pulir y limar a alguien para que adquiera una personalidad más armónica y estable, para que sea capaz de gobernarse a sí misma y logre la anhelada madurez humana, cuyas características más evidentes son: la estabilidad de ánimo, el dominio de sí mismo, la libertad interior, la capacidad para tomar prudentes decisiones y la rectitud en el modo de juzgar los acontecimientos y personas. Además, que aprenda a apreciar aquellos valores o virtudes que gozan de mayor estima entre los hombres, cuales son: la reciedumbre de espíritu, la sinceridad, la preocupación constante por la justicia, el sentido de equidad, los buenos modales, la moderación en todo, la voluntad constante de ser solidarios y de ser material y espiritualmente útil a los demás y, por último, la apertura a los grandes valores trascendentales

El excesivo culto al valor de la racionalidad, derivado de la filosofía cartesiana y un enfoque unidimensional de la educación han llevado a privilegiar en el sistema educativo la formación del intelecto mediante la instrucción o la mera capacitación profesional, descuidando o dando escasa relevancia a la formación de las otras facultades, por ejemplo de la voluntad,entendida como la facultad que permite al hombre orientar deliberadamente su vida hacia fines buenos para sí mismo y para la sociedad, comprometerse con grandes ideales y causas nobles, preparar los espíritus para afrontar los riesgos y asumir lo inesperado o, como diría Pitágoras, "templar el espíritu para las dificultades de la vida". El gran pedagogo Agustín Nieto Caballero sostenía por allá en los albores del siglo XX, refiriéndose al sistema educativo: "Es una pobre educación, la que no deja en el individuo un interés vivo por la investigación, gusto por el trabajo, afición por los libros, como es una pobre educación, la que no cuida y ejercita el cuerpo, modela el carácter, vigoriza la voluntad, orienta los sentimientos, forma el criterio y pule, sin amaneramientos, los modales" (Gantiva S. Jorge, Agustín Nieto Caballero y la Escuela Nueva, Educación y Cultura Nº 3, marzo de 1985, Bogotá, pg. 38)

El proyecto educativo institucional y las altas directivas tienen que incentivar a cada facultad a diseñar un plan curricular de estudios abierto y flexible que favorezca no sólo la formación básica mediante una articulación armónica y dosificada de asignaturas y contenidos que los alumnos han de adquirir a través de un trabajo disciplinar y metódico para su capacitación profesional, sino también que les permita la libre escogencia de materias electivas de acuerdo con sus intereses y habilidades.

Un plan para su formación no sólo intelectual sino también física, estética, moral y espiritual, es decir integral, holístico. Tal vez desde la concepción napoleónica de la Universidad se ha impuesto una corriente atomicista, unidimensional que se ha preocupado por preparar profesionales y técnicos a secas, pero muchas veces sin una dimensión espiritual ni conciencia de ética cívica. Si bien es a todas luces necesario saber leer y escribir y aprender ingeniería o cualquier otra profesión, uno podría preguntarse si dicha actividad dará la suficiente capacidad para comprender existencialmente lo que es la vida. La vida es dolor, gozo, belleza, fealdad, amor y, en el fondo, un gran misterio, cuya comprensión no agota ninguna ciencia humana.

El hecho de reducir la educación a la mera transmisión de conocimientos (instrucción = formación de su intelecto) quizás explique un poco el fenómeno de la corrupción, tan en boga hoy en día en las élites profesionales. Quienes han recibido una educación superior para lo superior, en no pocas ocasiones dejan mucho que desear en el ejercicio de su actividad profesional siendo protagonistas de escandalosas actitudes anti-éticas.

La educación, en su función socializadora, debe estar impregnada de los valores asociados a la promoción de la libertad y dignidad del ser humano, el respeto de los derechos humanos, la preservación del medio ambiente, la solidaridad y la tolerancia de suerte que refuerce las actitudes que le permitan al individuo vivir en comunidad y construir una nueva sociedad, ( Cfr. Luis Jorge Garay, "Construcción de una nueva sociedad", Tercer mundo editores, 1.999) a proclamar alto y fuerte una escala de valores universales en la que el "nosotros" comunitario prime sobre el "yo" individual o grupal, en la que la ciencia y el saber se pongan al servicio del bien común y no al servicio de intereses egoístas o de grupos humanos privilegiados, en la que la solidaridad prime sobre la rivalidad, en transmitir y propiciar los valores que creen un clima social deseable y una cultura de paz, de tal modo que los individuos aprendan a vivir juntos, a respetarse y a tomar en consideración las opiniones y las diferencias del otro, sus derechos y sus deberes. He aquí por qué es tan importante el componente ético en la educación, sobre todo, en esta universidad que se precia de ser católica y de brindar un enfoque humanista a la educación.

Contribuir a la conservación, progreso y difusión del saber humano, servir al ser humano y a la sociedad constituyen la misión suprema de la educación superior. Ella está destinada a contribuir decisivamente a abrir nuevos derroteros hacia un porvenir mejor para la sociedad y el ser humano, así como a orientar y configurar ese porvenir, participando activamente en la solución de los problemas más importantes tanto a nivel local como regional y universal, lo mismo que obrando con perseverancia en pro del desarrollo humano sostenible, colaborando eficazmente en formar ciudadanos responsables, instruidos y activos, así como especialistas altamente calificados.

Los problemas de la educación superior y de la educación en general, representan uno de los retos más importantes que tiene que afrontar la sociedad contemporánea, ahora que estamos asomándonos al nuevo milenio. (Cfr. "Los siete saberes necesarios para la educación del futuro", documento elaborado por Edgar Morin para la UNESCO y publicado por el Ministerio de Educación Nacional, Santafé de Bogotá, febrero 2000) Desde hace varios años se está efectuando una vasta reflexión sobre el problema de la enseñanza superior. Por ejemplo, se suele decir que la universidad está más preocupada por la transmisión de conocimientos que por la producción de los mismos y que en ella hay demasiada enseñanza y poco aprendizaje e investigación. El cambio menos enseñanza y más aprendizaje implica: más aprendizaje autogestionado, una función del docente más de acompañante y de persona de recurso. Por eso, para contribuir a estructurar la reflexión y el debate, la UNESCO propuso, en la pasada Conferencia Mundial sobre la Educación Superior, que se llevó a cabo en París del 5 al 9 de octubre de 1998, que se articulara en torno a estos cuatro temas: calidad, pertinencia, gestión y financiación, y cooperación.

Detengámonos en una somera consideración de las dos primeras. Comencemos por la calidad. La exigencia de calidad se ha convertido en una preocupación esencial en la educación superior. Es un concepto complejo, polisémico, es decir, que tiene muchos y diversos significados y acepciones, difíciles de definir y que deben ubicarse históricamente y contextualizarse socialmente. Se aplica, por ejemplo, tanto al personal directivo como administrativo, a docentes y a estudiantes, a los programas, a la infraestructura y ambiente universitario. La calidad es un concepto metafísico, que pudiéramos definir como "la propiedad o conjunto de propiedades inherentes a una persona, acción o cosa que nos permiten apreciarla o valorarla como igual, mejor o peor que las restantes de su especie". En nuestro lenguaje coloquial espontáneamente solemos expresar juicios de valor: "ese producto es de mala calidad", " esa universidad o esa facultad tienen calidad", "ese profesor es 1A"

Con la palabra "calidad", a secas, se quiere significar como algo "fuera de lo común", algo o alguien "excepcional". El mejoramiento de la calidad hace alusión al conjunto de cambios y transformaciones que las instituciones deben adelantar para lograr la excelencia, para hacer corresponder su ser y quehacer con su deber ser. Así, un profesor no podrá garantizar su calidad mientras no posea el propósito de la excelencia, de sobresalir en el dominio de su especialización, la voluntad constante de estar permanentemente actualizando y reciclando los conocimientos adquiridos, el sentido de pertenencia y compromiso con la institución donde labora, la capacidad de trabajar en un equipo pluridisciplinar, su idoneidad pedagógica, la mística que tiene por su profesión y el talante ético que manifiesta en el ejercicio de la misma.

Se suele decir, con cierta crudeza, que la enseñanza universitaria no es profesional. Por ejemplo muchas veces no se exige a los profesores neófitos que dominen un acerbo de conocimientos ni posean aptitudes antes de ingresar a la profesión de docente. Basta para admitirlos que tengan el simple deseo de enseñar o que cuenten con un buen padrino que los patrocine para formar parte del claustro de profesores. Sigue siendo poco corriente encontrar universidades en las que sea obligatorio el haber terminado una formación pedagógica y en el que la cátedra sea asignada por concurso y en razón del mérito del aspirante a docente. La Universidad tiene que trabajar con premura no sólo en el mejoramiento de la calidad de sus programas, sino también la calidad del profesorado que le da carne y cuerpo a los programas, estimulando la vinculación de profesores de tiempo completo o medio tiempo, estableciendo el concurso de méritos para el ingreso y la permanencia en la cátedra, implantando políticas de renovación generacional, brindando capacitación permanente y adecuados estímulos salariales a la productividad científica y académica, auspiciando la cultura de la autoevaluación, entendida como un proceso de mejoramiento contínuo.

Otro tanto habría que decir de la calidad de los programas. La Universidad tiene que propiciar una reforma profunda de los planes de estudio que modifique el modelo pedagógico existente, que favorezca el sistema interdisciplinario, que fomente los talleres, las discusiones y las prácticas profesionales, que adopte un aprendizaje basado en la solución de problemas, que incentive en la formación de jóvenes investigadores. La excelencia académica de un programa hará referencia directa al perfil de formación buscado, a la calidad de los métodos didácticos y de la relación docente-discente, a la pertinencia y relevancia de la estructura curricular, a la eficacia del sistema educativo para el ingreso del estudiante al mercado laboral. Una serie de factores cada vez más numerosos obligan a modificar los planes de estudio: el incremento del conocimiento y el nacimiento de nuevas disciplinas; la necesidad cada vez más apremiante de adoptar un enfoque pluridisciplinar y transdisciplinar para comprender los fenómenos de la naturaleza, del ser humano y de la sociedad.

Este sistema de seguro de calidad será un medio empleado por la institución para asegurarse a sí misma y a la sociedad que está cumpliendo con su propia misión y está garantizando el logro de los objetivos y estándares de calidad previamente fijados en sus Estatutos.

El otro concepto, la pertinencia, va de la mano con la calidad. La pertinencia de la educación superior se considera primordialmente en función de su cometido y de su puesto en la sociedad, de sus funciones con respecto a la enseñanza, la investigación y su proyección social, de sus nexos con el mundo del trabajo. La pertinencia de la educación superior debe evaluarse en función de la adecuación entre lo que la sociedad espera de las instituciones de educación superior y lo que estas hacen para responder a esos requerimientos. Uno se podría preguntar, por ejemplo, si está bien definido el perfil profesional y ocupacional que la facultad ofrece a la sociedad, una vez terminado el proceso de formación del estudiante, si facilita la educación contínua y permanente mediante el ofrecimiento de programas y servicios de capacitación dirigido a las mismas personas que laboran en la Universidad, a sus egresados, al sector productivo y gubernamental, etc.

Ser pertinente significa estar en contacto con los contextos de la vida real, a veces cruda, como un intento de respuesta a las necesidades básicas del ser humano y del entorno social. Por eso, la educación superior debe reforzar sus funciones de servicio a la comunidad, y más concretamente sus actividades a erradicar la pobreza, la violencia, el hambre y la enfermedad, y apuntar a crear nuevos paradigmas para una nueva sociedad no violenta y, en cambio, sí fraterna y solidaria. Ser pertinente es estar en contacto con el mundo del trabajo y del mercado laboral, sin por ello subordinarse a él, y con un proyecto de sociedad en el que el hombre y el bienestar colectivo constituyen el eje de todas las preocupaciones. Así, la universidad no se convierte en una institución que da títulos y produce desempleados. Ser pertinente es buscar nuevas estrategias pedagógicas (por ejemplo la modalidad semi-presencial) y tecnologías educativas modernas que faciliten los procesos interactivos de enseñanza-aprendizaje. Ser pertinente es estar en contacto permanente con los demás niveles del sistema educativo, con la cultura y todas las formas de cultura, con los estudiantes y los profesores, con el entorno universitario.

Las universidades tienen que ser consideradas y tratadas como espacios educativos y no solamente como lugares de enseñanza. Un ambiente en el que reina el afán de hacer dinero, y ojalá fácilmente, o el espíritu competitivo no educa en la solidaridad. Un ambiente en el que los docentes no respetan sus compromisos (ausencias no justificadas, retrasos, etc.) no educa en la responsabilidad. Un entorno descuidado no educa en el cuidado del medio ambiente ni en el sentido de la belleza. La belleza es un valor trascendental y una necesidad fundamental del alma humana que, al mismo tiempo, va abriendo los ojos y el camino a valores más altos: los éticos y religiosos.

Termino con unas palabra de Albert Einstein, que espero no sean realidad en ninguna Facultad ni en esta Universidad: "Numerosas son las cátedras, pero escasos los profesores sabios y nobles; numerosas son las Universidades y las Facultades, pero pocos los jóvenes que tienen sed de verdad y de justicia", porque así como es de frustrante y se puede tener la sensación de estar perdiendo el tiempo, pretender enseñar a quien no está dispuesto a aprender, así mismo será frustrante para quien está ávido por aprender encontrar docentes mediocres, únicamente interesados por ganarse la vida enseñando una materia. En cambio, esos profesores sabios y nobles, a lo mejor enseñando poco, despertarán en sus alumnos esa avidez por aprender y por atreverse a pensar y ser ellos mismos, de comprometerse con grandes ideales y causas nobles, asumir el riesgo de construir su propio destino y de ser material y espiritualmente a los demás. Así si se entiende aquellos de que la educación es "la fuerza del futuro", porque ella constituye uno de los instrumentos más poderosos para realizar cambios culturales y paradigmas de vida.

E-mail: faustoc@cable.net.co


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