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Una palabra que parece estar en boga hoy en día es Superstición. Con frecuencia se oye decir que la mentalidad del pueblo colombiano es muy supersticiosa, y así por ejemplo, con el tan soñado caso de Piendamó el Arzobispo reprochaba las actuaciones de algunas personas que lejos de ser manifestación de fe auténtica y de verdadera religiosidad son muestras lamentables de superstición que deben ser reprobadas. Muchos creyentes se preguntarán qué es eso de superstición.
El diccionario define la superstición como la desviación del sentimiento religioso que lo lleva a crearse obligaciones falsas, temores infundados o confianza en cosas vanas. Es una caricatura de la religión, un sucedáneo de la fe. Esta corrosiva enfermedad del espíritu está muy extendida y puede decirse que es un mal de todos los tiempos y países.
Podría creerse que en este mundo actual que se dice tan científico y civilizado, que se proclama cristiano, ya nadie se liga a esas convicciones tan extrañas. Nada más falso. Un buen número de nuestros contemporáneos vive bajo el signo de los agüeros y se deja arrastrar por esa pasión desenfrenada e irreflexiva de recurrir con fe ciega a las absurdas predicciones de los horóscopos, adivinos, brujos, videntes y fetiches lo mismo que los hombres primitivos. Acaso, ¿qué es eso del gran poder de la cruz magnética sino un simple amuleto contra la mala suerte? Pensar o creer que un pedazo de metal posee en sí mismo un poder protector y milagroso, es fetichismo. Y no es que no creamos en las fuerzas magnéticas del organismo.
En el origen de la superstición suele encontrarse, con frecuencia, el miedo; miedo instintivo y universal al sufrimiento o a la enfermedad, a la soledad, a lo desconocido, a la muerte sobre todo. Sin esos miedos no existirían una buen número de supersticiones tontas e ingenuas para conjurar la mala suerte, los percances, la imprevisto y asegurar el éxito, la felicidad. Otra de las raíces de la superstición es la ignorancia o, si se prefiere, la falta de reflexión lógica. ¿Por qué por llevar un colgandejo , por ejemplo la cruz magnética o una medalla, ya estoy preservado contra toda desgracia personal? ¿Por qué el número trece o el gato negro son señales de mal agüero? Añadamos a esto, ese enorme atractivo que dormita en el hombre por lo extraño y lo insólito. Lo raro le excita la curiosidad; lo misterioso le apasiona.
La mayor parte de los ritos y creencias supersticiosas son de origen pagano. Pero con el correr de los siglos muchas se han mezclado con lo cristiano, como si un viejo fondo de mentalidad pagano no hubiera sido nunca evangelizado y brotara de repente junto con los gestos de fe. ¿Por qué, entonces, los cristianos recurren a la magia, a la adivinación y a prácticas devocionales que degeneran a veces en la superstición? Es una vieja tentación humana el buscar y adquirir por un atajo seudo-religioso lo que en rigor debe ser el fruto de un trabajo de normal maduración. ¿Cuántas veces anhelamos probar el fruto del árbol que nos dé la ciencia y el conocimiento del bien y del mal, que nos dispense del trabajo lento de la adquisición normal?
Algunos ejemplos: el agua bendita que tiene una vinculación especial con el bautismo se utiliza muchas veces como si fuese un remedio milagroso para toda enfermedad o como si tuviese poderes mágicos capaces de conjurar la mala suerte. Si la Iglesia nos invita a usarla es para traernos a la memoria que somos hijos de Dios. Nacidos del agua y del Espíritu, reavivando en nosotros la fe y la caridad que recibimos en el bautismo. Los crucifijos, medallas, escapularios son, a menudo, joyas de adorno cuando no amuletos que traen buena suerte. Llevar un escapulario o una medalla creyendo que ese trocito de tela o pedazo de metal nos preserva de desgracias y nos asegura el cielo, a eso se le llama superstición. Si a caso se llevan es tal como se lleva el retrato de la madre o de un ser querido.
Las oraciones, novenas, cirios llegan a ser a veces fórmulas de encantamiento considerados como infalibles y milagrosas. Entonces se hacen los contratos en forma condicional: sí me concedes tal cosa... te prendo un cirio o, si no el pobre San Antonio o San Cayetano en cuarentena y de cara a la pared hasta que se porte decentemente y conceda lo que se le pide. Sencillamente son procedimientos pueriles y están indicando una actitud religiosa que raya en la superstición. Y así cosas por el estilo.
La iglesia como guardiana y educadora de la fe ha de luchar siempre contra esas falsas manifestaciones del sentimiento religioso. Su deber es mostrar y testimoniar qué es lo esencial en la vida.
FAUSTINO CORCHUELO O.P.
