1. SANTO TOMÁS DE AQUINO, ARQUITECTO DE LA VIDA UNIVERSITARIA

© Dr. Enrique Martínez

Director de la UVST. Secretario general de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino (S.I.T.A.)

En este año jubilar toda celebración cobra una renovada vitalidad, y así lo sentimos hoy en la festividad de Santo Tomás de Aquino, patrono de todas las escuelas católicas.[1] Recientemente el papa Juan Pablo II nos recordaba en su encíclica Fides et ratio el privilegiado lugar que ocupa Tomás en el conjunto de pensadores católicos,[2] proponiéndolo como "auténtico modelo para cuantos buscan la verdad".[3] Por eso volvemos de nuevo nuestras miradas al Doctor Angélico con el fin de que su ejemplo, su doctrina y su intercesión sean una fuente de gracias para todos los enseñantes, y en especial para los que viven su vocación docente en este Centro Universitario Abad Oliba.

Agradezco muy cordialmente la invitación del Sr. Antonio Arcones y del Dr. José Mª Alsina a participar en este acto en honor de Santo Tomás. Me honro en su amistad y me precio de haber sido alumno del Dr. Alsina durante varios años en la Facultad de Filosofía.

Quiso Dios que hubiera un siglo en que la cultura católica fuera extraordinariamente fecunda, y ése fue el siglo de Tomás. Llenaba entonces la Cristiandad toda Europa de catedrales góticas que apuntaban al cielo y de universidades que promovían el saber racional iluminado desde la fe: Bolonia, Nápoles, Palencia, Oxford, Colonia, Toulouse, Montpellier, Orleans, Salamanca... Mas fue sin duda la universidad de París, reconocida en 1231 por la Bula Parens scientiarium de Gregorio IX, la perla más preciosa de la Escolástica medieval. Y desde una de sus cátedras de Teología enseñó fray Tomás. Su experiencia universitaria, sin embargo, fue mucho más amplia: estudió en Nápoles y también en París, fue bachiller bíblico en Colonia junto al maestro Alberto Magno y bachiller sentenciario de nuevo en París, enseñó en dos ocasiones en el studium anexo a la corte papal, primero en Orvieto con Urbano IV y luego en Virterbo con Clemente IV, creó un studium provincial en Roma y fue maestro de Teología en la Universidad de Nápoles. Fruto de su docencia universitaria, y al servicio de la misma, escribió numerosas obras dirigidas a los estudiantes: en su época de bachiller en París no sólo redactó el Scriptum super libros Sententiarium a partir de sus lecciones en clase, sino que compuso para sus mismos compañeros los opúsculos De ente et essentia y De principii naturae; ya como maestro de Teología nos regaló sus importantes disputas académicas, o los comentarios a las obras de Aristóteles, que dictó para ayudar a los estudiantes de la Facultad de artes a comprender correctamente al estagirita y no caer en las confusiones averroístas; sin embargo, es la Summa Theologiae, pensada expresamente para sus alumnos romanos, a los que tenía por principiantes, la obra que destaca tanto por la profundidad y unidad de su doctrina como por lo pedagógico de su estilo.

Esta Summa, y la obra de Santo Tomás en su conjunto, se nos revelan como una auténtica universidad, no ya edificada con piedras, sino con la verdad que conoce la razón iluminada por la fe. De esta universidad Tomás fue el arquitecto, y hoy tenemos la posibilidad de convertirla en alma de nuestras universidades y escuelas. Interpretemos, pues, sus planos y descubriremos tres rasgos esenciales del saber, capaces de vertebrar la vida docente de nuestros días, especialmente la vida universitaria: es un saber al servicio del hombre, es un saber bien enseñado y es un saber de Dios.

Un saber al servicio del hombre

"Todas las ciencias y artes -afirma Santo Tomás- se ordenan a algo uno, esto es, la perfección del hombre, que es su felicidad".[4] Podríamos considerar esta afirmación la clave de bóveda de todo edificio del saber. Se construye para que el hombre pueda vivir en él y alcanzar su plenitud como hombre. El saber no es erudición, no es poder, no es un título, no es consumo de información... el saber es vida, y vida que satisface las aspiraciones más profundas del alma.

Tomás nos desvela así cuál es el fin último de toda la vida humana y del saber que la alimenta: la felicidad, que debemos entender como plenitud de la naturaleza humana. Píndaro decía: trata de "llegar a ser lo que somos";[5] el Aquinate es aún más profundo: "Debemos ser tal como Dios nos hizo".[6] En la auténtica felicidad se dan cita todas las potencialidades del hombre llevadas a su madurez, a su máximo esplendor: el entendimiento contemplando la verdad y la voluntad descansando en el bien amado; es el gaudium de veritate, el gozo de la verdad del que ya hablara San Agustín.[7]

Mas una felicidad así sólo puede darse en la contemplación de la Verdad misma, que es Dios. La vida humana se torna entonces camino que, como dice el salmista, busca encontrarse un día ante el rostro de Dios.[8]

Y para indicarnos el modo de recorrer este camino vuelve a salir a nuestro encuentro Tomás. Su orientación es bien clara: hay que crecer en la virtud, ésa es la vida del hombre. El sendero hacia la felicidad es de subida: parte de un valle que es el hombre recién engendrado, al que se le da una naturaleza que deberá fructificar, como los talentos del Evangelio, y se dirige a lo alto del monte, que es el hombre feliz en la plenitud de su naturaleza. Las virtudes son los pies del que camina, débiles al principio, fuertes al final. La virtud es definida por Santo Tomás como un hábito operativo del bien:[9] es decir, una disposición estable que ayuda a obrar más fácilmente lo debido. Es como el "virtuoso" del violín, que cuando era principiante le costaba tocar y, además, lo hacía mal, mas con su "virtud" no sólo toca con facilidad y con gusto, sino que, sobre todo, deleita con su música a cuantos le oyen. Así es la virtud.

Pero en ese caminar se requieren ayudas externas. El que comienza la ascensión de la vida necesita que lo lleven de la mano, como hacía el pedagogo en la antigua Grecia. Tomás nos habla entonces de la educación en la virtud: hay que ayudar al hombre a alcanzar una mayoría de edad no sólo del cuerpo sino del alma, que le permita valerse por sí mismo; "de aquí -afirma Santo Tomás- que el Apóstol compare en Gal 3 el estado de la ley antigua al del niño, que se halla sometido a su pedagogo; y el estado de la ley nueva, al del hombre perfecto, que ya no necesita del pedagogo".[10]

Podemos diferenciar, no obstante, una mayoría de edad intelectual y una mayoría de edad moral. La primera se consigue con la virtud de la sabiduría, que juzga todas las cosas desde sus causas últimas; pero ésta sólo unos pocos la pueden lograr, y aun después de muchos años de estudio: "Apenas en su edad última -asegura Tomás- puede llegar el hombre a lo perfecto en la especulación científica; y entonces, para la mayoría, poco queda de vida".[11] Por eso afirma en otro lugar, citando a Aristóteles, que "la vida humana consiste en las acciones, pues la vida especulativa supera al hombre".[12] Estas acciones encuentran a su vez una sabiduría práctica que las ordena, y es la virtud de la prudencia; gracias a ella puede el hombre gobernarse a sí mismo y alcanzar su mayoría de edad moral.[13]

Es importante reconocer que la familia es el lugar propio de la educación. En ella es engendrado el hijo, dándosele el ser y su naturaleza; en ella recibe la crianza adecuada, siendo acompañado en su crecimiento físico; y en ella es educado, esto es, ayudado a adquirir las virtudes que necesita para caminar por la vida.[14] Luego deberá seguir creciendo en la virtud, pues es éste un camino que no termina sino al alcanzar la cima del monte, mas de la familia hay que salir bien pertrechado moralmente: templanza ante lo fácil y agradable, fortaleza ante lo difícil, justicia para hacer lo debido y, sobre todo, prudencia para valerse por sí mismo y saber por dónde caminar. Son las cuatro virtudes morales principales o cardinales.[15] Y aún podríamos añadir que en la familia se adquiere en cierto modo aquella sabiduría que negábamos antes a la mayoría de los hombres; es verdad que no se instruirá al niño en una sabiduría científica, metafísica, pero sí espontánea, que le llevará a descubrir un rico depósito de verdades fundamentales que le servirán de criterio para juzgar rectamente la realidad: verdades acerca de Dios, del hombre y de todo lo creado, acerca de la verdad y del error, acerca del bien y del mal.

Después de la familia vendrán la escuela y la universidad. En la escuela el niño verá complementada la educación que está recibiendo en la familia, tanto en lo intelectual como en lo moral. No puede centrarse la escuela sólo en lo intelectual, pues el niño aún no es adulto y su personalidad moral se está forjando; deberá, pues, la escuela prolongar el ambiente moral familiar, difícil de suplir cuando en aquélla no se da.

La universidad, sin embargo, no tiene esa función, pues se supone que el joven que ingresa en ella ya debe haber alcanzado una cierta madurez moral; es por ello que la universidad se dedicará fundamentalmente a la formación intelectual, a las virtudes científicas. Ahora bien, ello no significa olvidar que tiene delante suyo un sujeto moral que, además, es joven y sus virtudes no han pasado por el crisol de los años; la vida universitaria y el ejemplo de sus maestros deberán ser también elementos de educación moral. Por eso dice Tomás al tomar posesión de su cátedra en la universidad de París que los maestros "deben ser altos [como las montañas] por su vida eminente".[16]

Por otra parte, la formación científica de la universidad tampoco deberá perder de vista el ideal último de saber especulativo, concretado en la virtud de la sabiduría. Si la familia es el lugar propio de la sabiduría espontánea, la universidad es el de la sabiduría científica, que conocemos con el nombre de Metafísica. Aun desde el estudio de una ciencia particular el universitario debe poder integrar sus conocimientos científicos en una visión más radical, más universal, aunque sea por medio de algunas lecciones. Por eso exhorta el Papa en la Fides et ratio a los científicos "a permanecer siempre en el horizonte sapiencial en el cual los logros científicos y tecnológicos están acompañados por los valores filosóficos y éticos, que son una manifestación característica e imprescindible de la persona humana".[17] Y es que sin una auténtica enseñanza acerca de los principios últimos la educación intelectual no sólo restará incompleta, sino desorientada, sin norte ni brújula, con el grave peligro de perderse en un laberinto de ciencias. Fácilmente una determinada ciencia aspirará entonces a sustituir el vacío dejado por la enseñanza de la Metafísica, convirtiéndose en guía de las demás desde principios particulares; o, por el contrario, la enseñanza intelectual acabará perdiendo su carácter especulativo, para dirigirse exclusivamente a lo práctico y, sobre todo, a lo técnico.[18] Qué distinta es la verdadera educación intelectual, que promueve en el educando actitudes contemplativas: "el estudio de la sabiduría -afirma Tomás en un precioso texto- es el más perfecto, sublime, provechoso y alegre de todos los estudios humanos".[19]

La desorientación puede ser aún más perniciosa si las ciencias que se estudian tienen una finalidad práctica, con implicaciones sociales. La Filosofía moral deberá ser entonces el fundamento inexcusable de las mismas, pues sólo desde una intelección de la esencia de la justicia y de sus implicaciones puede articularse luego todo el complejo mundo de las relaciones sociales, laborales, comerciales, penales o políticas. No obstante, en saberes prácticos junto a la fundamentación filosófica se requiere la virtud moral de la prudencia, y ésta no se aprende con lecciones magistrales ni en los libros, sino desde la experiencia propia y ajena, aquella que se descubre en el maestro prudente.

En este caminar del hombre por los senderos de su virtud con la mirada puesta en su felicidad hemos podido hallar un guía experto que los ha recorrido primero y nos los enseña, el maestro Tomás de Aquino, proclamado con razón por Juan Pablo II Doctor Humanitatis.[20] Y no sólo nos orienta con su doctrina, sino con su mismo ejemplo; el magisterio de Tomás tuvo una única razón de ser: la caridad y el celo apostólico. Muchos de sus escritos fueron a petición de alguna persona -el papa, el maestro general de la Orden, los frailes de su convento, etc.-; y todos al servicio del bien de su prójimo: "Siempre estudiando, leyendo, o escribiendo para el bien de sus hermanos en Cristo",[21] se afirmo de él en el proceso de canonización. Hay que pensar que para Tomás el estudio se ordena a la enseñanza -"contemplata aliis tradere"-,[22] y que "el enseñar se cuenta entre las limosnas espirituales".[23]

Enseñados, pues, por Santo Tomás de Aquino y a imitación suya pongamos todo saber, y en concreto el saber universitario, al servicio del hombre.

Un saber bien enseñado

El edificio del saber, cuyo arquitecto es Santo Tomás, se caracteriza, pues, por acoger al hombre y promover el crecimiento de su alma. Tan alta función, que hemos reconocido como clave de bóveda de dicho edificio, exige fundamentos firmes, cimientos bien sólidos, no sea que se construya sobre arena. Y de nuevo el Angélico ilumina nuestros pasos, ofreciéndonos las reglas que ponen los cimientos para la enseñanza del saber, tanto especulativo como práctico.

La primera de estas reglas se deriva de todo lo que hemos dicho hasta ahora: el saber está al servicio del hombre, luego el que enseña debe buscar siempre en su alumno un bien. Esto tiene una clara consecuencia pedagógica, que debe informar cualesquiera otras reglas: por encima de todo el educando debe sentirse tratado como persona, interpelado por su nombre y mirado a los ojos; la experiencia más triste que puede tener alguien en su proceso formativo es la de haber pasado desapercibido a sus profesores o, incluso, a sus padres; ser, en expresión de un maestro mío, "el hombre a quien nadie miró".[24]

En segundo lugar hay que recordar que el maestro debe saber aquello que enseña. Es esto algo evidente, sin duda, pero no siempre presente. Para poder guiar a alguien por un camino primero hay que haberlo recorrido. La verdad, objeto de enseñanza, debe estar primero en la mente del que enseña, de modo que su alumno pueda escuchar después una palabra en la que la realidad ya esté entendida: la palabra del maestro, verba doctoris.[25] Esta palabra, que luego se convertirá en lección, deberá ser frecuentemente actualizada por el maestro, recordada, repensada, en una preparación de la clase que consistirá sobre todo en el estudio de lo que se va a explicar.

El valor educativo de la palabra del maestro, que expresa una verdad ya entendida, pone de manifiesto una tercera regla pedagógica: en la enseñanza tiene una especial importancia el cuidado de las palabras. Un maestro que no utilice adecuadamente los términos, o que no prepare convenientemente su razonamiento, más que promover hábitos científicos creará confusión en sus oyentes, alejándoles de la verdad. Desde esta perspectiva los medios audiovisuales pasan a tener un valor relativo, pues no son ellos los que enseñan, sino el maestro a través de ellos. Cierto es que "una imagen vale más que mil palabras", pero sólo como propedéutica; el estudiante debe acabar convirtiendo la lección en palabra en la que verdaderamente entienda, y para ello la palabra del maestro se torna insustituible. En la educación moral, sin embargo, Santo Tomás reconoce que "se cree menos en las palabras que en las obras"-,[26] pues como la virtud moral tiene como objeto las acciones, se descubre en éstas más fácilmente la verdad acerca del bien que se debe practicar.

Todas las otras reglas pedagógicas se pueden descubrir en el mismo camino recorrido por el maestro para adquirir el saber que ahora busca enseñar. El orden de descubrimiento, ordo inveniendi, es en efecto el mismo que el orden de enseñanza, ordo docendi: "El que enseña -explica Tomás- lleva a otro al conocimiento de lo que ignora siguiendo un proceso similar al que uno emplea para descubrir por sí mismo lo que ignora".[27] Se basa el Aquinate en otro principio más general: el arte imita a la naturaleza, que nos expone así: "En aquellas cosas que resultan de la naturaleza y del arte, el arte obra de la misma manera y por los mismos medios que la naturaleza. Así como la naturaleza sana mediante el calor al que padece por causa del frío, así también el médico; por lo cual se dice que el arte imita a la naturaleza".[28] Y como la enseñanza tiene algo de arte -aunque no servil, sino liberal, pues se ordena al conocimiento de la verdad-,[29] deberá buscar un modelo en la naturaleza al que imitar. Y este modelo es el orden de descubrimiento.

Pues bien, en el camino recorrido por el maestro lo primero que constatamos es que lo ha recorrido él, y no otro. Por consiguiente, el que aprende, aun cuando cuente con la inestimable ayuda del maestro, también deberá llegar por sí mismo a conocer la verdad de las cosas, lo cual proponemos como cuarta regla metodológica. Santo Tomás es aquí muy claro: "Se dice que el hombre causa la ciencia en otro por la operación de la razón natural de éste. Y esto es enseñar. Por ello decimos que un hombre enseña a otro y es su maestro".[30] Él mismo es un ejemplo palpable de esto, pues cuando uno se acerca a sus escritos Tomás parece menguar para que sólo la verdad crezca. Lo importante es, pues, la respuesta del alumno, con lo que la acción educativa adquiere la forma de diálogo, en donde el maestro pregunta y el alumno responde, tal y como sucedía en las fecundas disputas académicas que vivió Tomás en su vida universitaria y que nos dejaron el legado de las questiones disputatae.

En el ordo inveniendi se aprecia otro aspecto interesante: el maestro siempre llega a descubrir lo que ignora desde algún conocimiento previo. La quinta regla pedagógica nos viene así dada: hay que enseñar desde lo que el alumno ya sabe. Esto exige, evidentemente, que el maestro conozca a su alumno y sepa adaptarse a su nivel. Pero estos preconocidos del alumno pueden aún enriquecerse por obra del maestro cuando éste recurre a la memoria del pasado, a lo dicho por otros; es admirable el bagaje cultural que hallamos en la obra de Tomás: citas de la Sagrada Escritura, que sabía entera de memoria; de los Santos Padres, que engarzó en la preciosa Catena aurea; de los Concilios ecuménicos, que quiso conocer con absoluta precisión; y de filósofos griegos, romanos, árabes, judíos y cristianos, destacando las obras de Aristóteles, "el Filósofo", cuyas traducciones esperaba con ansia. Tal era el aprecio por los maestros que le precedían que cuando le dijeron si le gustaría ser gobernador de París, respondió que prefería los comentarios de San Juan Crisóstomo sobre el Evangelio de San Mateo.

Por fin, cuando el maestro adquiere el saber lo hace encontrando los nexos que permiten poner lo particular como conclusión de un principio universal. La sexta regla metodológica se resume entonces así: hay que ayudar el entendimiento del educando para que pueda llegar a la conclusión. Y propone varias opciones; la primera consiste en introducir al alumno en el razonamiento por vía de autoridad, lo cual en la educación moral se concreta en el mandato: "el hombre -asegura el Aquinate- no se hace partícipe del aprendizaje de repente, sino de una manera progresiva, según el modo de su naturaleza. De ahí que todo el que aprende es necesario que crea, para así llegar a la perfección de la ciencia, como lo atestigua el Filósofo: Creer es algo necesario a quien aprende".[31] Pero ése es sólo un paso previo, pues hay que conseguir que comprenda por sí mismo; para eso sugiere acercar al discípulo a la conclusión proponiéndole juicios menos universales que los que ya tiene, o también ejemplos sensibles, ayudando así su actividad abstractiva, lo cual se corresponde en la educación moral con el consejo y el ejemplo en la práctica de las virtudes. Y en caso de que el alumno no se vea capaz de alcanzar por sí mismo la conclusión, entonces propone Tomás que el maestro fortalezca su entendimiento mostrándole las conexiones entre los principios y la conclusión.[32]

Con estas reglas enseñó Tomás de Aquino a sus alumnos, y con estas reglas escribió sus obras. Son unas reglas simples y profundas, muy alejadas de tantas pedagogías que en su complejidad pierden el norte, que es el servicio al hombre, el conocimiento de la verdad. Mas estos principios generales no bastan, requieren en última instancia un maestro prudente que las aplique a cada caso concreto; por eso dice el Aquinate que "la prudencia, que es preceptiva, parece propia más bien de los maestros".[33]

Un saber de Dios

Canta el salmista que "si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los albañiles".[34] Pues en la universidad que construyera Santo Tomás al servicio del hombre sobre los firmes cimientos de una pedagogía sensata, puede descubrirse la mano de Dios. Todo su estudio y su enseñanza los vivió como respuesta a su vocación, y en todo momento se dejó iluminar por la misma Luz divina, de la que su doctrina es como un destello, y así suele ser representado brillándole en el pecho. Espiado por el sacristán del convento de San Domenico de Nápoles al final de sus días, estaba fray Tomás en oración, cuando el crucifijo de la pared dijo: "Tomás, has escrito bien de Mí. ¿Qué recompensa quieres?", a lo que Tomás replicó: "Señor, nada más que a Ti mismo".[35] Cristo, Camino, Verdad y Vida, es el fundamento del edificio del saber construido por Santo Tomás de Aquino, y así "la piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido en la piedra angular".[36]

Dios no sólo ha dotado al hombre de una razón capaz de conocerle como Causa de todas las cosas, sino que ha querido introducirle en el misterio de su misma vida trinitaria por medio de Cristo, el Verbo hecho carne. El hombre adquiere así una nueva vocación, que es la de hijo de Dios, en una nueva vida, que es la de la gracia; ésta se inicia en el bautismo y debe ir creciendo hasta alcanzar la felicidad última en la contemplación del mismo rostro de Dios.[37]

Sólo Dios es quien da crecimiento a la vida de gracia, mas no por ello deja de contar con la mediación de los hombres, a los que hace maestros en la fe. A la universidad también se le confía esta mediación, y ésta debe saber responder con humildad y generosidad. En primer lugar, testimoniando su fe. En el ideario, en signos visibles, en la celebración eucarística, mysterium fidei, puede ser la universidad edificio de Dios.

Y en segundo lugar, enseñando la fe. A la universidad no se le encarga ciertamente la predicación, propia del ministerio sacerdotal, ni la catequesis, propia de los padres, pero sí la importante misión de estudiar y enseñar la Sagrada Teología. Cuando Tomás tomó posesión de dicha cátedra en la universidad de París tuvo que pronunciar una lección inaugural conocida como Principium, en la que expuso de un modo admirable la importancia de esta enseñanza teológica; comentando el salmo "Tú regaste las colinas desde tus altas moradas, la tierra se llenará con el fruto de tus obras",[38] explicó que igual que la lluvia riega las montañas y forma ríos que fluyen hacia los valles fecundando el suelo, del mismo modo la sabiduría fluye de Dios a la mente de los alumnos por medio de los maestros.[39]

Santo Tomás defendió que la revelación divina puede ser estudiada por la razón, dando origen a la ciencia más sublime, tanto por la certeza que da la autoridad de Dios, como por la dignidad del objeto de estudio y por la finalidad de su enseñanza, que es conducir a los hombres hacia Dios.[40] La Teología pasa a ser así la enseñanza más preciada de la universidad. Y todo otro estudio, incluso el más profano y particular, debiera recibir la luz de la Teología para así poder verse ordenado también él al fin sobrenatural. Escuchemos de nuevo la Fides et ratio: "El científico es muy consciente de que 'la búsqueda de la verdad, incluso cuando atañe a una realidad limitada del mundo o del hombre, no termina nunca, remite siempre a algo que está por encima del objeto inmediato de los estudios, a los interrogantes que abren el acceso al Misterio' ".[41]

Si son hermosos los pies que anuncian la salvación,[42] hermosa es también la universidad que da testimonio de la fe en Cristo y la enseña a sus alumnos. Santo Tomás hizo de esta misión toda una vida, y hoy nos vuelve a decir que pongamos a Cristo como piedra angular de nuestro edificio.

Conclusión

La universidad no entra desamparada en el tercer milenio. Le sale al paso el maestro Tomás de Aquino quien, como arquitecto de su saber, la ordena al servicio del hombre, la cimenta en una pedagogía sensata y, sobre todo, pone a Cristo como Vida de la misma. Que María, Trono de la Sabiduría, sea la puerta de la universidad en el milenio que ahora empieza.

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[1] León XIII, Aeterni Patris, ASS 11, 1878, pp.97-115.

[2] Cfr. Juan Pablo II, Fides et ratio 43.

[3] Juan Pablo II, Fides et ratio 78.

[4] Omnes autem scientiae et artes ordinantur in unum, scilicet ad hominis perfectionem, quae est eius beatitudo (Santo Tomás, In Metaph. proem.).

[5] Cfr. Jacques Maritain, "Pour une Philosophie de l'Éducation" (anteriormente, L'Éducation à la croisée des chemins), en Jacques et Raïssa Maritain, Oeuvres complètes, vol.VIII, Friburgo, Éditions Universitaires - París, Éditions Saint-Paul, 1988, pp.769-770.

[6] Debemus nos habere quo Deus fecit nos (Santo Tomás, In Symbolum Apostolorum c.1).

[7] Essentia beatitudinis in actu intellectus consistit, sed ad voluntatem pertinet delectatio beatitudinem consequens; secundum quod Augustinus dicit, X Confess., quod beatitudo est gaudium de veritate; quia scilicet ipsum gaudium est consummatio beatitudinis (Santo Tomás, Summa Theologiae I-II, q.3, a.4 in c).

[8] "Oigo en mi corazón: buscad mi rostro. Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro"(Sal 26, 8).

[9] Cfr. Santo Tomás, Summa Theologiae I-II, q.55, a.2-3.

[10] Unde apostolus, ad Gal. III, comparat statum veteris legis statui puerili existenti sub paedagogo, statum autem novae legis comparat statui viri perfecti, qui iam non est sub paedagogo (Santo Tomás, Summa Theologiae I-II, q.91, a.5 in c).

[11] Nam vix in ultima aetate homo ad perfectum in speculatione scientiarum pervenire potest. Tunc autem, it plurimum, modicum restat humanae vitae (Santo Tomás, Summa contra gentiles III, 48).

[12] [...] agenda, in quibus consistit vita humana; nam vita speculativa est supra hominem (Santo Tomás, Summa Theologiae II-II, q.51, a.1 in c). Cfr. Aristóteles, Etica Nicomáquea X, 7 (1177b 26).

[13] Cfr. Josef Pieper, Las virtudes fundamentales, trad. cast., 3ª ed., Madrid, Rialp, 1990, p.72.

[14] Hay un texto en el que Santo Tomás sintetiza perfectamente esta continuidad entre la procreación, la crianza y la educación, concluyendo la principalidad de los padres en todas ellas: Non enim intendit natura solum generationem ejus, sed traductionem, et promotionem usque ad perfectum statum hominis, inquantum homo est, qui est virtutis status. Unde, secundum Philosophum, tria a parentibus habemus: scilicet esse, nutrimentum, et disciplinam. Filius autem a parente educari et instrui non posset, nisi determinatos et certos parentes haberet: quod non esset, nisi esset aliqua obligatio viri ad mulierem determinatam, quae matrimonium facit (Santo Tomás, In IV Sent. d.26, q.1, a.1 in c).

[15] Cfr. Santo Tomás, Summa Theologiae I-II, q.61.

[16] Doctores Sacrae Scripturae esse debent alti per vitae eminentiam (Santo Tomás, Breve principium c.2)

[17] Juan Pablo II, Fides et ratio 106 b.

[18] Cfr. Jacques Maritain, op.cit., p.854.

[19] Inter omnia vero studium sapietientiae studium est perfectius, sublimius, utilius er iucundius (Santo Tomás, Summa contra gentiles I, c.2, n.1).

[20] Juan Pablo II, Discorso ai partecipanti al Congresso Tomista (13-IX-1980), AAS 72, 1980, 1036-1046.

[21] Processus canonizationis Neapoli, n.77 (citado por James A. Weisheipl, Friar Thomas D'Aquino: his life, thought, and works, The Catholic University of America Press, 1974, traducción al castellano: Tomás de Aquino. Vida, obras y doctrina, Pamplona, EUNSA, 1994, p.365).

[22] Sicut enim maius est illuminare quam lucere solum, ita maius est contemplata aliis tradere quam solum contemplari (Santo Tomás, Summa Theologiae II-II, q.188, a.6 in c).

[23] Docere inter eleemosynas spirituales computatur (Santo Tomás, De Veritate q.11, a.4 sed con.2).

[24] "Lejos de ser aplastados por la mirada del prójimo, hallaremos tal vez que en su trágica soledad, perdido en lo público y sumergido en la socialización impersonal de pretendidas relaciones humanas, este hombre podría ser caracterizado con el título de: el hombre a quien nadie miró" (Francisco Canals, "Teoría y praxis en la perspectiva de la dignidad del ser personal", en AA.VV., Actas del Congreso Internacional Teoría y Praxis, Génova-Barcelona, 1976, p.113).

[25] Ipsa verba doctoris audita, vel visa in scripta, hoc modo se habent ad causandum scientiam in intellectu sicut res quae sunt extra animam, quia ex utrisque intellectus intentiones intelligibiles accipit; quamvis verba doctoris propinquius se habeant ad causandum scientiam quam sensibilia extra animam existentia, inquantum sunt signa intelligibilium intentionum (De Veritate q.11, a.1 ad 11).

[26] Circa actiones et passiones humanas minus creditur sermonibus, quam operibus. Si enim aliquis operetur quod dicit esse malum, plus provocat exemplo quam deterreat verbo [...] Quando ergo sermones alicuius dissonant ab operibus sensibiliter in ipso apparentibus, tales sermones contemnuntur. Et per consequens interimitur verum quod per eos dicitur (Santo Tomás, In X Ethic. lect.1, n.8-9).

[27] Eodem modo docens alium ad scientiam ignotorum deducit sicuti aliquis inveniendo deducit seipsum in cognitionem ignoti (Santo Tomás, De Veritate q.11, a.1 in c).

[28] In his autem quae fiunt a natura et arte, eodem modo ars operatur, et per eadem media, quibus et natura. Sicut enim natura in eo qui ex frigida causa laborat, calefaciendo induceret sanitatem, ita et medicus; unde et ars dicitur imitari naturam (Santo Tomás, De Veritate q.11, a.1 in c).

[29] Quicumque ad huiusmodi opera rationis habitus speculativi ordinantur, dicuntur per quandam similitudinem artes, sed liberales (Santo Tomás, Summa Theologiae I-II, q.57, a.3 ad 3).

[30] Homo dicitur causare scientiam in alio operatione rationis naturalis illius: et hoc est docere; unde unus homo alium docere dicitur, et eius esse magister (Santo Tomás, De Veritate q.11, a.1 in c).

[31] Huius autem disciplinae fit homo particeps non statim, sed successive, secundum modum suae naturae. Omnis autem talis addiscens oportet quod credat, ad hoc quod ad perfectam scientiam perveniat, sicut etiam Philosophus dicit quod oportet addiscentem credere (Santo Tomás, Summa Theologiae II-II, q.2, a.3 in c).

[32] Cfr. Santo Tomás, Summa Theologiae I, q.117, a.1 in c; Summa contra gentiles II, c.75.

[33] Sed prudentia, cum sit praeceptiva, magis videtur ad magistros pertinere (Santo Tomás, Summa Theologiae II-II, q.49, a.3 obi.3).

[34] Sal 126, 1.

[35] Tocco, "Hystoria beati Thomae", en Fontes Vitae Sancti Thomae Aquinate, Toulouse, suplemento de la Revue Thomiste, 1911-34, c.34 (Fontes 108).

[36] Sal 117, 22.

[37] Ultima et perfecta beatitudo non potest esse nisi in visione divinae essentiae (Santo Tomás, Summa Theologiae I-II, q.3, a.8 in c).

[38] Sal 103, 13.

[39] Cfr. James A. Weisheipl, op.cit., pp.126-135; Abelardo Lobato, "Santo Tomás, Magister in Sacra Theologia. El Principium de su Magisterio", Communio (Sevilla) 21, 1, 1988, pp.49-70, y "El Maestro en teología en el proyecto de Santo Tomás", Sapientia 42, 1987, pp.177-198.

[40] Cfr. Santo Tomás, Summa Theologiae I, q.1, a.5.

[41] Juan Pablo II, Fides et ratio 106 b.

[42] "¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: 'Tu Dios es Rey' " (Is 52, 7).

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