SANTO TOMAS

Quién pudiera apropiarse las palabras del conocido teólogo dominico, el P. Ives Marie Congar, ante la pregunta que le formulara un periodista sobre qué le ha aportado Santo Tomás a su espíritu, y poder responder: “Amo , en primer lugar, su rigor y claridad en las ideas. Santo Tomás ha puesto claridad en mi espíritu. Me encanta la manera como él aborda las cuestiones. Busca siempre percibir en todas las cosas, el principio y la conclusión, la causa y el efecto. La verdad es en él arquitectura, como lo es un árbol con su tronco, con grandes y pequeñas ramas... Debo a Santo Tomás una estructura de espíritu por lo que le estoy infinitamente agradecido” .

En segundo lugar, como fraile predicador, como dominico que era, tenía un verdadero culto y pasión por la verdad. La voluntad de ser servidor de la verdad animó por completo la vida de Tomás de Aquino. Consagró toda su vida a la búsqueda de la verdad y se desposó con ella (“Veritas domina mea”). El amaba la verdad como se tiene amor por una persona . Pero no era esa verdad fría y abstracta, sino la verdad encarnada en lo real, con su carácter histórico, en su estado concreto de devenir en el tiempo. Pero sobre toda la verdad absoluta que es Dios, ese misterio insondable que se dio a conocer sobre todo a través de Jesucristo La verdad que se hace y se verifica, que no se deja encontrar fácilmente, sino que incita a buscarla, y cuyo resultado produce ese gozo de la verdad (“gaudium de veritate”) y anhelos de seguir buscando más y darla a conocer a los demás. “Veo claramente para mi, como tarea principal de mi vida, que me debo a Dios de tal modo que toda palabra o sentimiento que salga de mí debe expresarlo a El” escribió en la Suma Contra Gentiles, apropiándose unas palabras de San Hilario.

Otra característica que explica esa atracción que ejerce el maestro y que llegará a ser uno de los rasgos más sobresalientes de su pensamiento: la búsqueda del aspecto formal en cada una de las cuestiones que trata. El Cardenal Cayetano, hablando del rigor carácter intelectual de Santo Tomás, decía en términos muy expresivos: “Semper formalissime loquitur”, esto es, “siempre habla de manera precisa y clara”. Hablar de una cuestión formalmente es hablar de ella bajo un aspecto preciso. Nuestro conocimiento siempre es en perspectiva, y las cosas y las ideas siempre las abordamos desde nuestro ángulo de visión muy particular. Esto debería a conducirnos a relativizar nuestros puntos de vista, a respetar y tener en cuenta la opinión y la verdad de los demás. “Non veritas mea, sed veritas”. La mayoría de discusiones dan vueltas y revueltas para llegar casi siempre a un callejón sin salida. Y esto porque muchas personas al abordar un tema, no siempre lo tratan bajo el mismo aspecto. Leyendo las obras del Doctor Angélico, uno se da cuenta de que su raciocinio siempre es riguroso. Nada de afirmaciones gratuitas, es decir, sin dar razones y sin una argumentación seria. En su manera de discurrir todo aparece bien articulado, bien ensamblado y construido, como las catedrales góticas de su época.

Se podría añadir una característica más a su condición de pensador: es ese sentido de apertura a los demás y al diálogo, de respeto a las ideas ajenas. Porque Santo Tomás, con esa fuerza increíble de dialéctico que poseía, pasó toda su vida buscando la verdad, acerca de Dios, del Hombre y su historia, y del mismo cosmos. Para ello escudriño nuevos textos, pidió que le hicieran nuevas traducciones de los griegos o de lo árabes, no escatimó esfuerzos en discutir con toda la gente de su época: judíos, musulmanes, averroistas, agustinianos, herejes, con todos los que no pensaban como él, de fuera y de dentro de la Iglesia.

Era excesivamente respetuoso con la razón humana y sus exigencias de claridad, profundidad y verdad. Tomás es sinónimo de apertura a lo real, la voluntad de ver las cosas como son y de acoger cualquier migaja de verdad en cualquier persona o ideología que se manifieste, convencido como estaba que la verdad no puede ser contraria a sí misma y que toda verdad parcial tiene que encontrar su lugar en una visión integral. Siempre “jugó limpio” con la inteligencia, sin caer nunca en una intransigencia a toda costa o en una ideología barata, reconociendo al mismo tiempo los limites que puede tener la razón humana.

Este ha sido siempre el método de los grandes espíritus que, movidos por un incondicional culto a la verdad, han buscado por todas partes, incluso en sus más declarados adversarios, la intención de verdad, en la que podían estar de acuerdo. La razón depende, a menudo, de una conceptualización defectuosa, de un mal uso de categorías conceptuales, de una excesiva precipitación en el juicio, de un aferrarse a un punto de vista parcial, que muchas veces conduce a que el otro se desvie de su propia intención de verdad. El error de las personas y de los sistemas está generalmente menos en lo que afirman que en lo que descuidan. El error se reduce casi siempre a no afirmar sino un aspecto de lo real, sin ver que hay además otros aspectos también importantes.

Tomás de Aquino sobresalió en este método, puesto que durante toda su vida practicó el diálogo con los grandes pensadores que sostenían posiciones muy distintas a las suyas, incluso situados muy lejos de la frontera de la ortodoxia: los filósofos paganos de la Antigüedad, los pensadores árabes o judíos, etc. Siempre los trató con respeto y, frecuentemente, para descubrir la intención de verdad de su pensamiento en las tesis que examina, se esfuerza por encontrar las razones por las que han dicho tal cosa o tal otra. Tenía, pues, un enorme respeto por la opinión de cualquier persona, aún de su adversario.

En cuanto a las diversas teorías que podía suscitar cualquier problema, decía que no se debía prestar atención a las personas (Quién lo dice) sino a las verdades (Qué es lo que dice) . Refuta a su adversario como quien instruye a un discípulo, con compresión y caridad. En las discusiones en vez de derrotarlo demostrándolo lo equivocado que estaba, se esforzaba por reconocer lo poquito de verdad que en el oponente había. Y si este sostenía algo completamente absurdo, procuraba encontrar en lo que decía alguna migaja de verdad que diera pie para seguir dilucidando la verdad. A él se le pueden aplicar las palabras de Lacordaire: “No pretendo convencer a mi adversario del error sino llegar con él a una verdad más alta”. En sus disputas aplicaba aquel viejo aforismo, que es como una regla de oro: “Nunca afirmes, nunca niegues, siempre distingue”.

Dos anécdotas de su vida nos pueden servir para descubrir a este propósito del gran aprecio que tenía santo Tomás por la razón en su uso teológico. El primer episodio es el de una sesión pública de controversia en París en 1271. Alguien defendía una fe pura, exenta de argumentación y únicamente basada en las autoridades. Tomás se levanta para responder: “Sí, de esa manera nos quedaremos con la verdad, pero en una cabeza vacía” (Quod. IV, art. 18).

El segundo episodio ocurrió también en una sesión pública. Un colega suyo, San Buenaventura, denunció el recurso que hacían sus contemporáneos de la razón filosófica a favor de la teología. Decía: “Es como mezclar el agua de la razón con el vino puro de la Palabra de Dios”. Santo Tomás sintiéndose aludido, recordó el milagro de Caná y le respondió: “Un momento, eso no es mezclar agua con vino sino transformar el agua en vino”.

Se podría concluir diciendo que nada es mas cierto que la gente siempre gana cuando aprende a medirse con los grandes espíritus. Gana en inteligencia y también en humildad. Vayamos, pues, a los grandes maestros. Creo que en cualquier materia el primer paso serio consiste en informarse de lo que ha sido pensado y creado antes de nosotros. ¿Qué músico no comenzará por el estudio de Mozart o de Bach? ¿Qué teólogo razonable no se dedicará en primer lugar al estudio de san Agustín o Santo Tomás? Cada materia tiene sus clásicos. No son un término, pero sí un punto de partida y una base. Si queremos crecer luchemos, pues, con los gigantes y no con los pigneos. ¿Qué mejor maestro de lealtad y de rigor intelectual, de intensa atención a los problemas concretos de los hombres, de apertura a lo real y al pensamiento ajeno, de acogida a cualquier partícula de verdad, podemos encontrar que Tomás de Aquino?

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