LA  UNIVERSIDAD Y  LA CULTURA  DE  LA  PAZ

 

 

Faustino Corchuelo A OP

 

 

Las Universidades, como instituciones de educación superior, son sistemas (Un sistema es un concepto que nos permite describir un conjunto de actividades relacionadas sinérgicamente para llevar a cabo un propósito previamente acordado. En este caso, por ejemplo, la capacitación profesional y la formación integral del joven universitario.) complejos y pruridimensionales, con misiones específicas y que interactuan con otras instituciones  y sistemas de su entorno, como son los de orden político, económico, cultural, religioso y social. Están condicionadas por ese entorno local, nacional e internacional, pero a su vez pueden y deben influir en los diferentes tipos de entorno. Entre esos contextos de entorno que vive hoy día la Universidad colombiana no podemos eludir el hecho  de que ella está inserta en una cultura de la muerte, de la violencia y de la guerra.

 

 En 1997 la Asamblea General de la Naciones Unidas declaró el año 2000 como Año Internacional de la Cultura de la Paz.  Por eso surge como imperiosa la necesidad de construir  nuevos paradigmas para cultivar en la mente de los hombres la paz. “Desde que las guerras comienzan en las mentes de los hombres, es la mente de los hombres que la paz debe ser construida”, nos recordaba la carta de la UNESCO del año 1981.

 

La Universidad no es simplemente un escenario donde se brinda una capacitación profesional, sino algo más, un espacio en donde se aprende a pensar, donde se comparten y articulan los distintos saberes, en donde se reflexiona sobre los fenómenos sociales, políticos, culturales y científicos, en donde se discute y se confronta, se sistematiza y se valida el conocimiento producido,   y en donde se interactua con el entorno social. El propósito más alto de la educación consiste en transmitir a las nuevas generaciones las virtudes y los valores esenciales de la Humanidad, y entre estos el de paz ocupa un lugar preponderante. La universidad, como la conciencia pensante, analítica y crítica de la sociedad, debe  participar  activamente en la educación para el desarme, la solución de conflictos, el fomento de una cultura para la paz y para un desarrollo económico y humano sostenible.

 

La UNESCO define la cultura de la paz como “un conjunto de valores, actitudes y conductas, que plasman y suscitan a la vez interacciones e intercambios sociales basados en principios de libertad, justicia, democracia, tolerancia y solidaridad; que rechazan la violencia y procuran prevenir los conflictos tratando de atacar sus causas; que solucionan los problemas mediante el diálogo y la negociación; y que no sólo garantizan a todas las personas el pleno ejercicio de todos los derechos sino que también les proporcionan los medios para participar plenamente en el desarrollo endógeno de sus sociedades”.

 

Ahora, que apenas estamos asomándonos a las puertas del siglo XXI, el principal desafío que tenemos es el iniciar la transición de una cultura de la guerra y de la violencia hacia una cultura del respeto por la vida y la  convivencia pacífica de los ciudadanos, una cultura de la armonía social y del compartir, basada en los principios enunciados en la Carta de las Naciones Unidas y en el respeto de los derechos humanos, una cultura fundada en los principios universales de justicia y equidad, de solidaridad y reciprocidad, de libertad y democracia participativa, una cultura que rechace cualquier forma de violencia y procure prevenir las causas de los conflictos en sus raíces y dar solución a los problemas sociales mediante el diálogo y la negociación.

 

¿Cuál será el papel que tiene que jugar la Universidad y dentro de ella cada disciplina o Facultad en la transición de una cultura de la muerte y la violencia hacia una cultura del respeto por la vida y de la convivencia pacífica? ¿Cómo echar los cimientos de una cultura de la paz en la mente de los hombres, sobre todo, en la de las nuevas generaciones? ¿Cómo puede impartirse una educación para la paz de la manera más eficaz? ¿Pueden ciertas disciplinas académicas tomar la delantera en el fomento de la educación para la paz, o debe ésta impartirse de manera multidisciplinaria? Una respuesta simplista pero valedera es la de afirmar que la Universidad debe tener una actitud proactiva, de fomentar una educación en valores, de consolidar una ética de lo público, de propiciar una investigación interdisciplinar y transdisciplinar de las posibles causas que generan  tanta violencia,  desequilibrios sociales,  pobreza crítica, marginamiento y exclusión a las que se ven sometidas millones de personas.

 

No podrá garantizarse un desarrollo humano sostenible sin la existencia de una cultura de la paz en estos tiempos y lugares donde las guerras y las violencias dentro de las naciones, las matanzas y oleadas de desplazados han ido “in crecendo”, donde los atentados, disturbios y descontentos generalizados minan la economía, generan precariedad e intensifican los desequilibrios. “Vivir precisamente ahora cuando nos tocado vivir sin paz, en la amargura de la violencia, del desprecio y de la pobreza calamitosa. Si es verdad. Pero también sabemos de alguna manera que sólo cuando ha oscurecido bastante se pueden ver las estrellas... Es verdad que aún es de noche. Por eso se pueden ver las estrellas... Sus estrellas”, palabras pronunciadas  por Martín Luther King en abril de 1968 y que perfectamente encajan en el contexto social actual que vivimos en Colombia. Pareciera que se estuviera difundiendo una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como una verdadera “cultura de muerte”. Por no hablar de las tremendas dificultades por aceptar al otro simplemente porque es distinto, incómodo, extranjero, enfermo, minusválido, porque piensa diferente, porque es de otra confesión religiosa o partido político.

 

Frente a los numerosos desafíos del porvenir y  a la expansión de una cultura necrófila y nihilista que empobrece el sentido de la existencia humana y que llega a relativizar en el campo ético los derechos fundamentales de la persona humana y del respeto a la vida, sin ninguna duda la educación en todos sus niveles constituye un instrumento indispensable para esos cambios de paradigmas, para fomentar una cultura biofílica, es decir, de amor y respeto a la vida en cualquiera de sus manifestaciones en la naturaleza, pero de manera especial en la sede privilegiada de la vida como son los seres humanos. Entonces así sí la humanidad puede progresar hacia los ideales de una cultura de solidaridad, de paz, libertad, equidad y justicia social.

 

 Contribuir a la conservación, construcción y difusión del saber humano, a  la formación integral de la persona  humana y al desarrollo sostenible y continuo de la sociedad,  constituyen la misión suprema de la educación en su nivel superior. Sobre ella recae la tremenda responsabilidad de proponer y asumir programas y modelos educativos que propicien la formación de las jóvenes generaciones en los nuevos valores de la civilidad y la convivencia pacífica, la autonomía y la capacidad de decisión, la responsabilidad social y un profundo sentido de solidaridad, en fin, el sentido de lo humano; así mismo, está llamada a contribuir decisivamente a abrir nuevos derroteros hacia un porvenir mejor para la sociedad y el ser humano, así como a orientar y configurar ese porvenir que garantice un mundo más vivible y más justo, participando activamente en la solución de los problemas más apremiantes tanto a nivel local, como regional y nacional. Será como una vía, ciertamente entre otras pero más que otras, al servicio de un desarrollo humano más armonioso, más genuino, más plenificador, que haga retroceder  tantas situaciones de pobreza y  miseria, el mantenimiento de las desigualdades y el fenómeno de la exclusión y la rivalidad causantes de  guerras y  violencia.                  

 

En concreto, se podría uno preguntar cuál ha de ser el papel fundamental que la Universidad debe jugar en ese cambio de paradigmas. Me parece que se podría simplificar la respuesta diciendo que él se desprende de su misión institucional. Tradicionalmente se ha admitido que la Universidad está centrada en una triada de sustantivos: la persona humana, la ciencia  y la sociedad y que sus funciones dicen relación a tres verbos claves: educar, investigar y servir.

 

Educar:  Se suele decir que la educación es “la fuerza del futuro” porque ella constituye uno de los instrumentos más poderosos para realizar un cambio de paradigmas que marquen nuestros estilos de vida y de comportamiento de suerte que se pase de una cultura de la muerte y la violencia hacia una cultura de la paz, de la mutua cooperación, de las soluciones concertadas en el surgimiento de conflictos, de la reconstrucción del país en donde se incluya a los excluidos y en donde todo el mundo tenga oportunidad de participar.

 

 No se puede olvidar que su tarea no se reduce a la mera transmisión de conocimientos y a la capacitación profesional, mediante la docencia y la investigación, por más que éstas sean de alta calidad, sino que fundamentalmente tiene que velar por la formación integral del joven universitario, en donde el componente ético aparece como algo imperioso. Esa educación integral abarca toda la vida humana en sus distintas dimensiones de orden biológico, sensible, intelectual, moral, espiritual, individual y social. Al mismo tiempo que lo capacita para el ejercicio competente de una profesión y le proporciona una amplia cultura, le enseña a descubrir que el saber está conectado con la vida y que toda profesión cumple una función social, a ser solidario y  respetuoso con cualquier ser humano, a cooperar con los demás en la solución de problemas, a interesarse y trabajar a favor de la paz, de la justicia social, del respeto de los derechos fundamentales de la persona humana.

 

Uno de los objetivos prioritarios de la educación superior en este momento histórico es contribuir a la construcción de una sociedad pacífica, es decir, debe educar para la paz. Y para que ella sea duradera debe cambiar los paradigmas mentales. Por eso, algunas universidades están considerando cómo incluir en sus currículos un módulo o programa especial para implementar una cultura de la paz y enseñar métodos de resolución de conflictos en forma no violenta, en donde la empatía, la negociación, el diálogo, el reconocimiento del otro, la tolerancia, la participación, los derechos humanos y constitucionales serán la base para la construcción de esa cultura de la paz.

Una de las bases más seguras para aclimatar la paz consiste en enseñar a las nuevas generaciones la importancia de la comprensión mutua entre los seres  humanos y de llegar a acuerdos sobre bases racionales. Comprender incluye necesariamente un proceso de empatía, de apertura a los demás, al mismo tiempo que la superación  a dejarnos guiar por los prejuicios, la mentira, la hipertrofia del yo, puesta de manifiesto en la tendencia a la autojustificación y la autoglorificación y en adjudicar a los demás, extraños o no, la causa de todos los males.

Así mismo, la necesidad de estudiar la incomprensión desde sus raíces, sus modalidades y sus efectos, de suerte que ese análisis no se quede en lo meros síntomas, sino vaya a las causas de todos los racismos, xenofobias, exclusiones, prejuicios, y el por qué se da el desprecio de algunos seres humanos(Cfr. “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro” Edgar Morin, texto publicado por la UNESCO y editado por el Ministerio de Educación, Febrero del 2000.). La incomprensión destroza las relaciones de los seres humanos y se expande como un cáncer en la vida cotidiana suscitando calumnias, agresiones, homicidios síquicos, el imperativo de la venganza y de la ley del talión.

Igualmente, se debe fomentar una cultura de la participación que conduzca al consenso en la solución de los problemas y a la solidaridad necesaria para el logro del bien común. Es muy difícil concebir un país en paz sin que se de una verdadera democracia participativa. Educar para la paz significa abrir las mentes y los corazones para acoger los valores básicos para una sociedad pacifica: la verdad, la justicia, el amor, la libertad, la solidaridad, el sentido de responsabilidad. Se trata de un proyecto educativo que abarca y dura toda la vida. Hace de la persona un ser responsable de sí mismo y de los demás, capaz de promover, con valentía e inteligencia, el bien de todo el hombre y de todos los hombres. Esta formación para la paz será tanto más eficaz, cuanto más convergente sea la acción de quienes, por razones diversas, comparten responsabilidades educativas y sociales. El tiempo dedicado a la educación es el mejor empleado, porque es decisivo para el futuro de la persona y, por consiguiente, de la familia y de la sociedad entera.

 

Esa cultura de la paz debe estar cimentada sobre dos pilares sólidos y duraderos que son: el reconocimiento del valor de la persona humana y la conciencia clara de la preeminencia del bien común por encima de los intereses particulares. Cuando se ignoran o se desprecian estos dos principios básicos, se siembran inevitablemente los gérmenes de la inestabilidad, la rebelión y la violencia (“La historia contemporánea ha puesto de relieve de manera trágica el peligro que comporta el olvido de la verdad sobre la persona humana. Están a la vista los frutos de ideologías como el marxismo, el nazismo y el fascismo, así como también los mitos de la superioridad racial, del nacionalismo y del particularismo étnico. Igualmente perniciosos son los efectos del consumismo materialista, en el cual la exaltación del individuo y la satisfacción egocéntrica de las  aspiraciones personales se convierten en el objetivo último de la vida”. Mensaje de Juan Pablo II para la celebración de la jornada mundial de la paz, 1º enero 1999). En efecto, el reconocimiento del valor de la persona humana y más concretamente de todas las personas humanas, sin excepción alguna,  es el fundamento básico para construir una cultura de la paz. Es necesario reafirmarlo con fuerza: una verdadera paz no es posible si no se promueve, a todos los niveles, el  reconocimiento de la dignidad de la persona humana, ofreciendo a cada individuo la posibilidad de vivir de acuerdo con esta dignidad.

"En toda convivencia humana bien ordenada y provechosa hay que establecer como fundamento el principio de que todo ser humano es persona, esto es, naturaleza dotada de inteligencia y de libre albedrío, y que, por tanto, el hombre tiene por sí mismo derechos y deberes, que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables y no pueden renunciarse por ningún concepto” había dicho sabiamente Juan XXIII, en la Encíclica  “Pacem in terris”.

 

Recordemos que el concepto de persona surgió precisamente en la reflexión  de la teología cristiana sobre el misterio de la Trinidad y constituye el gran aporte del cristianismo a las culturas. La visión cristiana del ser humano como imagen de Dios implica que se imponga a la sociedad el respeto de los derechos de la persona, que no los crea sino que simplemente los reconoce.

 

“La Declaración universal de los Derechos Humanos” (1948) tiene como premisa básica  la afirmación de que el reconocimiento de la dignidad innata de todos los miembros de la familia humana, así como la igualdad e inalienabilidad de sus derechos, es el fundamento de la libertad, de la justicia y de la paz. La defensa de la universalidad y de la inalienabilidad de los derechos humanos es esencial para la construcción de una sociedad pacífica.

 

Entre todos los derechos humanos, el primero es el derecho fundamental a la vida. Hacer tomar conciencia a las nuevas generaciones y que cale en lo más hondo de su conciencia moral el amor y respeto por cualquier forma de vida y que la eliminación directa y voluntaria de cualquier ser humano inocente, en cualquiera de sus fases, es y será siempre gravemente inmoral. Optar por la vida conlleva al rechazo de toda forma de violencia, de la pobreza y del hambre que aflige a tantos seres humanos,  de los conflictos armados, de la difusión criminal de la droga y del tráfico de armas.

 

El otro principio básico es la conciencia clara de la preeminencia del bien común sobre los intereses particulares de las personas o de grupos. El sentido de lo público y de la preeminencia del bien común se ha venido diluyendo en una sociedad en crisis. A la universidad le compete rescatar el sentido de lo público, con su interés de utilidad común, con sus propósitos de buscar la equidad social y la igualdad de oportunidades, y con su carácter solidario.

 

Investigar: Esa es una de las tareas fundamentales que tiene el ente universitario. El rasgo distintivo de las instituciones llamadas Universidades será su labor investigativa traducida en equipos interdisciplinares activos, líneas y proyectos de investigación que contribuyen a la comprensión y a aportar soluciones a los problemas más agudos que hoy padece nuestra sociedad colombiana, como pueden ser las múltiples formas de violencia existente, la pobreza endémica, el narcotráfico, la corrupción administrativa, la impunidad, la ineficiencia de la justicia, la inestabilidad de los instituciones, etc.

 

Dentro de la Universidad son muchas las disciplinas, sobre todo las de las ciencias humanas y sociales que tienen que ponerse en la tarea de pensar la paz, de ir tras los vestigios (Investigar: “in vestigium ire”) del fenómeno de la violencia difusa, de las causas de los conflictos armados entre  los  naciones o grupos étnicos, de las guerras civiles, de la agresión entre los seres humanos. En el caso concreto de Colombia, los elevados índices de violencia política y común (el país cuenta con el indicador más alto de muertes, no de muerte natural sino violenta por asesinato, cerca de treinta mil al año, cifra, por demás, escalofriante) obliga a que las Universidades y el conjunto del sistema educativo se conviertan en actores de los debates en asuntos de paz.

 

Ciertamente son muchas y complejas las causas que han generado este clima de violencia y que a menudo hacen que sea difícil y desalentador el camino hacia la paz. En la raíz de tanto sufrimiento hay una lógica de violencia, alimentada por el deseo de dominar y explotar a  los demás, por ideologías de poder, por antiguos odios políticos, por estructuras sociales y económicas inequitativas. El problema de la violencia y de la guerra en Colombia tiene raíces profundas y se alimenta en una larga tradición de pobreza, injusticia, inequidad, profundas desigualdades económicas, exclusión de muchísimos compatriotas de los beneficios de la sociedad, disparidad en la distribución de los bienes comunes, etc., hay que aceptar que el camino hacia la paz es largo y exige una transformación política, económica y social radical, lo mismo que un cambio de mentalidad y de paradigmas que hagan ver la paz como algo posible y la convivencia pacífica entre los colombianos como algo rentable.

 

Las exigencias contemporáneas de la investigación científica implican una formación en la complejidad que integre el aporte tanto de las ciencias naturales como de las humanas y sociales en la comprensión de fenómenos también complejos.( Los innumerables estudios existentes que tratan el fenómeno de la violencia en Colombia están dedicados a estudiar la violencia originada en la confrontación armada que azota el país desde hace una cincuentena de años. Ahora bien, no es la única ni exclusiva forma de violencia que padecemos, que nos haya hecho acreedores  al título de ser uno de los países más violentos del planeta tierra. Poco se habla de las otras formas de violencia: la misma originada por los conflictos armados y el narcotráfico, la que se ejerce sobre los desplazados de sus tierras, sobre los llamados “desechables”, sobre los niños y las mujeres, la violencia callejera, la que produce el fenómeno del desempleo y subempleo, etc.)  Uno de los desafíos más difíciles será el de modificar nuestro pensamiento de manera que enfrente y comprenda la complejidad humana creciente, la rapidez de los cambios y lo imprevisible que caracteriza nuestro mundo.

 

Esos esfuerzos investigativos interdisciplinares no han de quedar reducidos a un puñado de especialistas, sino que en ellos se han de incorporar a todos los estudiantes y profesores de suerte que vaya calando en la mente de todos el sentido de una responsabilidad compartida por adentrarse en el complejo mundo de analizar las causas de las múltiples formas de violencia  y de comprometerse a buscar nuevos métodos y soluciones no violentas a los conflictos sociales o relacionales existentes en el seno de las diferentes formas de comunidad. Así poco a poco se irá aprendiendo gradualmente a resolver por concertación y acuerdos aquellos conflictos que nos hemos acostumbrado inveteradamente a resolver con violencia y guerras, que a menudo son causas de otras, que no resuelven los problemas que las originan y, por tanto, resultan inútiles.

 

Servir: La extensión y la proyección social constituyen el tercer componente de la misión institucional de la Universidad. Cada uno de los espacios de contacto de la Universidad con su entorno social puede ser convertido en un espacio educativo conscientemente asumido como tal. Las necesidades sociales necesitan ser convertidas en problemas académicos para la Institución, contribuyendo a dar respuesta y solución a los problemas de la comunidad a nivel local, regional y nacional. Las prácticas profesionales, los consultorios, la misma elaboración de trabajos de grados deberían tener este cariz como respuestas a los problemas y necesidades reales del entorno social. Este servicio convertirá a la educación superior en una promotora eficaz de una cultura de paz, sobre la base de un desarrollo humano sostenible, fundado en la equidad,  la justicia y la solidaridad.

 

Esto tiene que ver con la pertinencia de la educación superior. Ella apunta a responder a dos preguntas básicas: ¿Qué espera la sociedad del sistema de educación superior y de sus instituciones? Y ¿cuál es la respuesta que la Universidad da a estos requerimientos y a las exigencias y necesidades de su localidad, región y país? La Universidad, mediante un planteamiento interdisciplinario y transdisciplinario para analizar los problemas y las cuestiones planteados, debe reforzar sus funciones de servicio a la sociedad y, más concretamente fomentar actividades encaminadas a erradicar la pobreza, la violencia, la intolerancia, las enfermedades, el analfabetismo, el deterioro de las relaciones entre los seres humanos y con el  medio ambiente, etc.

 

La educación superior debería apuntar a formar hombres íntegros y cultos, con autonomía de pensamiento, con voluntad constante y capacidad de criterio para participar y decidir en la construcción de una sociedad  no violenta, más justa, solidaria y equitativa, respetuosa de los derechos humanos, con un alto grado de sensibilidad por el respeto por la vida y por el logro de una paz duradera. Este carácter de “durabilidad” debe ser la base de nuestra manera de pensar la paz , de vivir en paz , de interactuar, de dirigir las empresas y las comunidades en un clima de paz.