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CARLOS CARRETO
Qué criticable eres, Iglesia! sin embargo, ¡ cuanto te amo ! ¡ cuanto me has hecho sufrir ! pero como ¡cuanto te debo! quisiera verte demolida; pero necesito de tu presencia ¡ me has dado tantos escándalos! y, sin embargo me has hecho entender la santidad. Nada por una parte, he visto en el mundo más oscurantista, más comprometido y más falso; pero nada, por otra parte he tocado más puro, más generoso y más bello.
¡ Cuantas veces he sentido deseos de estrellarte contra la puerta de mi alma ! ¡ y cuantísimas otras veces he pedido morir en tus brazos, los únicos seguros ! no, no puedo liberarme de ti, porque soy tuyo, aunque sin serlo por entero. Además, ¿a donde iría? ¿a fundar otra iglesia? El caso es que no sabría fundarla sino con los mismísimos defectos, ya que son los míos los que llevo dentro. Por otra parte sería mi Iglesia y no la de Cristo. Soy lo bastante viejo como para comprender que no soy mejor que los demás.
Hace poco escribió una amigo una carta a un periódico: " Dejo la Iglesia porque, con su compromiso con los ricos no es ya digna de crédito. " Me causa pena. Porque o es un sentimental sin experiencia, y entonces lo excuso; o es un orgulloso que se cree mejor que los demás. Nadie de entre nosotros es digno de crédito mientras viva en este mundo. San Francisco exclamaba: " Tu me crees santo, sin pensar que puedo todavía tener hijos con una prostituta sino me sostiene la gracia de Cristo. " Lo propio de los hombres es la flaqueza; y, a lo sumo, la buena voluntad de hacer algo bueno con la ayuda de la gracia que corre por las invisibles venas de la Iglesia invisible.
¿ Era mejor la Iglesia de ayer que la de hoy? ¿ O es más digna de crédito la Iglesia de Jerusalén que la de Roma?. A llegar a Jerusalén, con su corazón sediento de universalidad, bajo su poderoso espíritu carismático, ¿ llegaron a suscitarle a San Pablo dudas sobre la verdadera Iglesia, que Cristo acababa de fundar, o a sugerirle la fundación de otra Iglesia en Antioquía, o en Tarso los discursos de Santiago sobre la circuncisión o la flaqueza de Pedro con sus contactos con los ricos de entonces ( los hijos de Abraham) y con el escándalo que diera de comer solo con los "puros" ?.
Al ver cómo el Papa hacia tan sucia política contra sus ciudad, la ciudad de su corazón, ¿ pasó por la cabeza de Santa Catalina de Siena la idea de ir a las colinas de su patria chica, transparentes como el cielo, y crear otra Iglesia más diáfana que la de Roma, tan contaminada, tan pecadora, tan politiquera?.
Claro que no. Porque tanto Pablo como Catalina sabían distinguir entre las personas que forman la iglesia " o el personal de la Iglesia" -- Como diría Maritain -- y esta sociedad humana llamada iglesia, que, a diferencia de las demás sociedades humanas, " recibiera de Dios una personalidad sobrenatural, santa, inmaculada, pura, indefectible, infalible, amada como esposa de Cristo y merecedora de todo mi amor de hijo para con su dulcísima madre ".
Tal es el misterio de la Iglesia de Cristo: verdadero e impenetrable misterio. La Iglesia tiene el poder de darme la santidad, aún compuesta toda ella, desde el primero hasta el último, sólo de pecadores, ¡ y qué pecadores!. Posee la fe omnipotente e invisible en la renovación del misterio eucarístico, aún integrada para hombres débiles, que caminan a tientas en medio de la oscuridad y que cada día han de luchar contra la tentación de perder la fe. Es portadora de un mensaje nítido y transparente, aún encarnada ella en una masa sucia, como sucio es el mundo. Habla de la dulzura del maestro, de su no-violencia, a pesar de haber ella capitaneado ejércitos contra infieles y herejes. Transmite un mensaje de pobreza evangélica, aun dentro de su misma búsqueda de dineros y alianza con los poderosos.
Quienquiera que sueñe otra realidad distinta no hace más que perder tiempo o volver a comenzar siempre desde cero. Y demostraría, además, no haber comprendido al hombre. Porque ese es el hombre, incluso tal y como lo visibiliza la misma Iglesia, con su maldad, y al mismo tiempo con toda esa fuerza invencible que le viene de la fe en Cristo y de la caridad de Cristo. Siendo joven, no acaba de comprender por qué Jesús, a pesar de sus negociaciones, quiso tener a Pedro como cabeza, sucesor suyo y primer Papa. Hoy no es ya problema para mi. Y comprendo cada vez mejor que hubiera fundado su Iglesia sobre la tumba de un traidor, de un hombre que se amedrentara ante las palabras de una criada. Una como continua advertencia a cada uno de nosotros para mantenernos en la humanidad y con la conciencia de nuestra propia fragilidad.
No , no abandonaré esta Iglesia fundada sobre una piedra tan quebradiza. ¿ Para simplemente fundar otra sobre una piedra todavía más frágil? Porque eso soy yo. Pero, además: ¿ qué cuentan las piedras? Lo que verdaderamente cuenta es la promesa de Cristo, el cemento que une las piedras, es decir, el Espíritu Santo. Sólo el Espíritu Santo es capaz de edificar la Iglesia con unas piedras mal talladas como lo somos nosotros. Sólo el Espíritu Santo puede mantenernos unidos, a pesar de la fuerza centrífuga y disgregadora de nuestro ilimitado orgullo.
Aquí está realmente el mayor misterio de la Iglesia que yo rechazaría al cerrar mi corazón al hermano enemigo o al dirigirme en juez de la asamblea de los hijos de Dios. Y aquí está el misterio: en el fondo, soy yo esta masa de bien y del mal, de grandes y de miseria, de santidad y de pecado que define a la Iglesia.
Y, si nadie de cuantos viven o están en la Iglesia puede proclamarse "Iglesia" , puesto que la persona-Iglesia le trasciende siempre, cada uno de nosotros puede, sin embargo, experimentar con temblor y con gozo infinito que todo cuanto tiene lugar en la relación Dios-Iglesia es algo es algo que nos pertenece íntimamente. En cada uno de nosotros encuentran eco las amenazas y la dulzura con que trata Dios a su pueblo Israel y a la Iglesia. A cada uno de nosotros nos dice Dios, como a la Iglesia: "Yo te desposaré conmigo para siempre" (Os 2.21); pero recordándonos al mismo tiempo nuestra realidad: "Ni por el fuego se va la herrumbre de la que está roñosa. De la mancha de tu inmoralidad he querido purificarte, pero tú no te has dejado purificar. No serás, pues, purificada hasta que no se desahogue mi furor contra ti" (Ex 24,12-13). Basta leer a los profetas para experimentar cómo todo cuanto dice Dios a su pueblo de Israel nos lo dice a cada uno.
Pero, si muchas son las amenazas y grande la violencia del castigo, más son las palabras de amor y mayor su misericordia. Diría, incluso, pensando en la Iglesia y en mi pobre alma, que Dios es más grande, infinitamente más grande que nuestra debilidad. Y hay todavía algo más hermoso. El Espíritu Santo, que es el Amor personal, es capaz de vernos santos, inmaculados, bellos, aun siendo ruines y adúlteros. El perdón de Dios, al tocarlos, torna transparente a Zaqueo, el publicano, e inmaculada a Magdalena, la pecadora. Es como si el mal no hubiese podido afectar a la profundidad metafísica del hombre. Es como si el Amor hubiera impedido el dejarse corromper el alma alejada del amor "Yo he echado tus pecados a mis espaldas ", dice Dios a cada uno de nosotros en el perdón, y continúa: "Con amor eterno te he amado; por eso he reservado gracia para ti. Volveré a edificarte y serás reedificada, virgen de Israel" (Jer 31,3-4).
He aquí que nos llama "vírgenes", incluso después del retorno de la enésima prostitución en el cuerpo, en el espíritu y en el corazón.
Aquí es donde Dios es verdaderamente Dios, es decir, el único capaz de hacer "nuevas las cosas ". Porque lo importante no es que cree los nuevos cielos y la nueva tierra más necesario es que haga "nuevos" nuestros corazones.
Y ésta es tarea de Cristo. Este es el ambiente divino de la Iglesia ¿impediréis este "hacer nuevos los corazones", separándoos alguien de la asamblea del pueblo de Dios? ¿Os expondréis, buscando otro lugar más seguro, al peligro de perder al Espíritu?.
