DOS MANERAS DE VER LA IGLESIA

Nuestro conocimiento humano es siempre perspectivista, es decir, es siempre contemplación de la verdad desde una posición determinada, de modo que cada manera de entender debe crecer y ser completada. Así, podemos decir que existen dos maneras de ver a la Iglesia: la de quien la considera pura, incontaminada sin mancha ni arruga, infalible, totalmente divina; y la de quien se detiene a contemplar únicamente su aspecto humano, y a veces demasiado humano. Ambas perspectivas tienen su fondo de verdad, pero deben complementarse mutuamente.

Existe un aspecto real según el cual la iglesia que vive en el tiempo se puede y debe decirse inmaculada, indefectible, santa. Y otro aspecto, no menos real, según el cual, la Iglesia, como institución histórica está llena de deficiencias y miserias, de mediocridades y defecciones, de lentitud e incomprensión. Es la dimensión divino-humana de la Iglesia.

Divina: Por su institución, por el torrente de vida que circula a través de los sacramentos, por la continua asistencia del Espíritu; humana: porque esta compuesta por hombres, y hombres falibles y pecadores que tienen necesidad de ser cotidianamente rescatados de sus miserias morales.

La iglesia vive en el tiempo su verdadero drama que nace, como todos los dramas de la oposición de las voluntades libres, de la resistencia de la carne al Espíritu de los límites, ignorancia y a veces necedad de los hombres. Así es normal encontrar en la Iglesia tensiones, luchas, tácticas y procedimientos que revelan lo humano y defectible. Basta echarle una ojeada a la historia y constatar sus equivocaciones, sus yerros históricos, su lentitud y falta de sensibilidad ante los signos de los tiempos, sus siglos de hierro.

La Iglesia ha vivida épocas sombrías, ha conocido cismas y herejías, la injerencia de los poderes terrenos en sus gobiernos, la corrupción de sus líderes y el surgimiento de falsos reformistas con sus oleadas de fanatismos mesiánicos. Constantemente esta expuesta a la tentación de instalarse caseramente en el mundo; a reputar sus éxitos mundanos como advenimiento del reino de Dios; a la terrible tentación de servirse de los medios temporales para obligar al mundo a protegerla, utilizar los medios espirituales para obtener una ventaja temporal; a identificarse con determinados sistemas, políticas o civilizaciones.

Que la Iglesia existe y vive en un contexto histórico significa también que no puede eximirse del tiempo, de su peso y densidad de las demoras y lentitudes que ello impone. Ella ha vivido mucho y se ha sobrecargado de todo género de aportaciones históricas y a pactado con muchas realidades humanas que no pertenecen a su realidad esencial. De ahí que una de sus tareas principales consiste en eliminar la carga de elementos extraños que se han venido acumulando en el curso del tiempo y que siempre, sin que ella lo advierta, tenderán a adherírsele, para devolverle su pureza a la imagen original.

Y, precisamente esta es la Iglesia que ha sido puesta como signo de salvación, en la que es necesario confiar y siempre amar. Pero no se puede amar ni comprender el verdadero rostro de la Iglesia sino de su mismo seno, así como no podemos apreciar la belleza del vitral de un templo sino dentro del recinto. Y para amarla y comprenderla es indispensable mirarla con los ojos de la fe. Eso no quiere decir que haya que cerrar los ojos, hacer como el avestruz, negarse a ver los defectos, lo humano, y a veces demasiado humano.

La fe del creyente tiene que ser lúcida, viril, adulta. Y una fe adulta no se ofusca ni se escandaliza porque sabe que ha habido y hay deficiencias, estrecheces en la Iglesia, lo mismo que no nos ofuscamos al descubrir las pequeñeces o debilidades de nuestros padres. Si tenemos el corazón bien dispuesto, nuestra consideración o nuestro afecto por ellos no disminuye, simplemente sabemos que no son esa especie de dios infalible y todo poderoso que imaginábamos cuando niños; que son seres humanos, pero son nuestros padres. Igualmente, esta Iglesia santa pero con retrasos y faltas históricas, con las miserias que conlleva la condición humana es la madre que hay que amar en la medida que uno ama a la Iglesia de Cristo posee el Espíritu Santo (San Agustín).

 

FAUSTINO CORCHUELO O.P.

E-mail: faustoc@cable.net.co


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