LAS IDEAS MAESTRAS EN TORNO A LA EDUCACION
SUBYACENTES EN EL PENSAMIENTO DE SANTO TOMÁS

    Faustino Corchuelo A. OP

LAS IDEAS MAESTRAS EN TORNO A LA EDUCACION

SUBYACENTES EN EL PENSAMIENTO DE SANTO TOMÁS


Faustino Corchuelo A. OP

En el pensamiento filosófico de Santo Tomás aparecen toda una serie de ideas interesantes que nos facilitan comprender todo lo que significa el proceso educativo. No es que encontremos en sus obras un tratado sistemático dedicado a la educación. Se trata de reflexiones densas dispersas en diversos tratados de su producción intelectual. Por ejemplo, encontramos textos que tratan de la educación intelectual, tanto para mostrar el papel o causalidad del maestro (“De veritate” q. 11, más conocido como “De Magistro”), como para mostrar el papel o causalidad del discípulo (Summa Theologiae, I, q. 117, a. 1 y 2; Summa contra gentiles, II, c. 75). Así mismo en las cuestiones que dedica en la suma teológica a la virtud de la estudiosidad y al vicio de la curiosidad (S. Th. II-II q. 166 y 167). Hay infinidad de textos referidos a la educación de la fe, al papel de los padres en el cuidado de la prole (Summa contra gentiles III, c. 122-127 y paralelos). Su carta a un joven estudiante y su discurso o lectio inaugural como nuevo magister in Sacra Pagina en la Universidad de Paris, contienen ideas y pensamientos brillantes acerca de la educación.


¿Qué es educar?

Ya desde los tiempos de Aristóteles se apuntaba como un principio básico para lograr la comprensión de la naturaleza de una cosa o de una acción que lo primero que tendríamos que hacer es lograr descubrir el origen etimológico y el sentido que tienen las palabras con las cuales pretendemos significar algo. Por ejemplo, la palabra “educar” posee una gama de significados, algunos de los cuales son imprecisos, vagos o reduccionistas. En el lenguaje coloquial solemos decir o escuchar que tal persona es muy educada dando a entender con ello que es de buenos modales o que intelectualmente es muy cultivada. Resulta muy interesante hacer una excursión etimológica del término “educar” para ir descubriendo su primigenio y real significado. Deriva del latín “educare”, es decir, conducir (“duco”, en latín) y “ex” = “desde”, significando el compuesto “extraer”, “conducir hacia fuera y hacia arriba, elevando” Se trata de un proceso dinámico que debe conducir a extraer del adentro del individuo todo ese cúmulo de virtualidades y posibilidades que el ser humano posee en estado germinal y que debe sacar a flote para su proceso de realización personal y elevarse así a la plenitud de su ser.

La esencia del quehacer educativo, en la filosofía de la educación en Santo Tomás radica en la cuestión acerca de su causa final. En el método de análisis de las causas, que habitualmente privilegia para comprender la naturaleza de una cosa o de una acción, la causa final es la primera en un orden de prioridades. Antes que pensar, pues, en cuestiones acerca de los medios y agentes del proceso educativo, cosa que se estila mucho entre nosotros, conviene tener claridad acerca del fin que se persigue. Así, pues, la pregunta clave que debería siempre plantearse sería: educar, ¿para qué? Lo que necesitamos no es tanto el preguntarnos el cómo educar sino el por qué y el para qué educamos, tener el coraje de plantearnos grandes preguntas que afectan a los fines y no a los medios. Haber olvidado esta regla fundamental, invirtiendo la relación entre medios y fines es lo que denuncia con vigor Paul Ricoeur cuando habla de la hipertrofia de los medios y la atrofia de los fines que caracteriza nuestra sociedad. Una sociedad que olvida los fines y se vuelca sobre los medios hipervalorándolos corre el riesgo de perder su brújula y no saber hacia donde se dirige.
Es, pues, la pregunta sobre el por qué y el para qué que nos induce a analizar distintos escenarios y a meditar acerca del sentido de la actividad educativa. Si se educa para la competitividad, la productividad y el rendimiento económico exclusivamente, con un enfoque puramente profesionalizante, o si se educa para la vida, para que el joven asuma con responsabilidad su proyecto de vida, para crear en él el habito del estudio y para reafirmar su voluntad de seguir aprendiendo durante toda la vida, para saber afrontar la complejidad, las exigencias y los cambios de la comunidad en donde vive, incidiendo así positivamente en el desarrollo humano armónico, justo, justo y solidario de la misma sociedad.

Para Santo Tomás, la educación es un proceso dinámico en el que se pretende promover al niño o al joven hasta “el estado perfecto del hombre en cuanto hombre”. No se trata de cualquier estado, sino al que le corresponde en tanto que hombre, el estado perfecto de la virtud, es decir, el estado de un hombre dispuesto permanentemente a obrar bien. Hablando de los tres fines del matrimonio, dice que uno de ellos se refiere no simplemente a la procreación sino también a la educación de la prole: “La naturaleza no tiende solamente a la generación de la prole, sino también a su conducción y promoción (tradutio et promotio) al estado perfecto del hombre en cuanto hombre, esto es, al estado de virtud” ” (In IV Sent. D. 26, q. 1, a. 1 in c) Nos encontramos ante un pensamiento denso, de una riqueza conceptual increíble

Así, pues, la primera finalidad de la educación es, ante todo, la conducción y promoción del hombre a un estado perfecto, que es el de la virtud, es decir, ayudarle a formarse a sí mismo como hombre. Formarse significa ascender en humanidad, llegar a ser en plenitud, dar forma a las disposiciones y capacidades naturales que subyacen en estado germinal. Educar es, en cierta medida, acudir en ayuda para que él asuma y tome en serio el hecho de construir su propio destino y de llegar a ser material y espiritualmente útil a los demás. En los designios de Dios el hombre está llamado a alcanzar mayores grados de ser, a lograr la plenitud de su ser. La plenitud humana responde a una articulación y a un desarrollo dinámico de todas las dimensiones del ser humano que van desde lo biológico, pasando por lo estético, social, intelectual, moral hasta lo espiritual, y que deben conducirlo normalmente a un comportamiento racional, autónomo, responsable de su propia vida, al mismo tiempo que solidario y solícito con los demás seres de la especie humana.

¿Qué querrá decir Santo Tomás cuando dice que la educación consiste en conducir y promover al hombre a su estado perfecto en cuanto hombre? Llegar a ese estado perfecto en cuanto hombre no es algo que se logra de la noche a la mañana, sino que se trata de una empresa una empresa que abarca toda la vida, de un proceso de lenta maduración, de laboriosa y constante disciplina, que no se agota con una meta u objetivo conseguidos. El espíritu humano es “devenir”, vocación de “llegar a ser”. Por ejemplo, en la perspectiva cristiana, “llegar a ser hijos de Dios en plenitud”. Como no hay coincidencia entre el “ser” y el “deber ser”, se puede afirmar que el hombre no es por naturaleza lo que debe ser, y justamente, por ello es que necesita de la formación. Además, el hombre, por su carácter de espíritu encarnado, está en cierto modo inacabado, imperfecto aunque perfectible. Siempre está y estará insatisfecho con lo que es, con lo que sabe y con lo que tiene, y andará a la búsqueda de algo nuevo, de algo más perfecto, más plenificante. La satisfacción de cualquier necesidad, lejos de apaciguar, crea una tensión hacia otra cosa; cada necesidad saciada hace brotar otra. Por eso, su vida requiere un nuevo tipo de perfección, que no sea ya substancial sino accidental, que no sea el simple “esse” (el ser) sino el “bene esse” (el ser bueno), la plenitud de su ser.

Por eso la educación debe procurar habilitar y perfeccionar todas las potencias o facultades del ser humano que lo disponen para lograr su plenitud humana, su “bene esse” y que Santo Tomás llama “el estado de virtud”. La virtud (“dynamis” en griego) la define el Doctor Angélico como un hábito operativo del bien, es decir, una disposición estable que ayuda a obrar pronto, fácil y placenteramente (prompte, faciliter, delectabiliter”) lo debido. Así como, por ejemplo, al virtuoso del violín o de cualquier otro instrumento musical le costaba trabajo tocar cuando apenas era un principiante y, además, lo hacía mal, con el tiempo y un trabajo constante (disciplina) adquiere la virtud de tocar con facilidad y con gusto, de suerte que el hecho de ejecutar o componer una pieza musical se convierte para él en algo connatural y gratificante, de la misma manera, mediante un trabajo disciplinar y con la ayuda del tiempo, cualquier ser humano puede adquirir cualquier virtud tanto en orden intelectual como moral. La plenitud de lo humano está en la adquisición de los hábitos buenos o virtudes. El hombre que es capaz de hacer sonar una flauta, el arte lo llevará a hacerla sonar con maestría; el hombre capaz de practicar la justicia, la virtud lo llevará a hacerlo de modo connatural; el hombre que es capaz de conocer los secretos de las cosas, los hábitos intelectuales lo llevarán a la adquisición y ejercicio de la ciencia y la sabiduría.

Puesto que la virtud perfecciona la naturaleza, con razón se le ha llamado una “segunda naturaleza”. En efecto, por la forma sustancial (el alma) la materia corpórea llega al “esse”, es decir, a “ser hombre”, y por la práctica de la virtud se llega al “bene esse”, vale decir, se logra un valor agregado al ser simplemente un hombre: ser un hombre sabio, bueno, honrado, honesto, justo, prudente, solidario, etc. etc.

Así, pues, al interrogante educar ¿para qué? Se podría responder, visto desde esta óptica, que su objetivo fundamental será lograr mejores seres humanos y una mejor sociedad. Para formar mejores seres humanos se adopta el enfoque de una formación integral, cuya idea maestra consiste en desarrollar de manera armónica y equilibrada todas las potencialidades físicas, artísticas, intelectuales, morales y espirituales inscritas en la naturaleza y que configuran la personalidad de los individuos.

Se abre, pues, ante nuestros ojos un vasto horizonte de virtudes propias del ser racional que pueden y deben ser objetos de educación, pero que fundamentalmente podemos agrupar en dos: las virtudes intelectuales, que perfeccionan el entendimiento en su capacidad de conocer y descubrir la verdad, y la virtudes morales, que perfeccionan la voluntad y habilitan al hombre para ser un hombre bueno y honesto. Son las dos facultades eminentemente humanas que nos distancian de los seres vivos infra-humanos, que tienen una existencia cuyo sentido está pre-determinado, pues les viene impuesto por la naturaleza o por instinto, es decir, su vida tiene para cada uno de ellos un sentido monovalente, bien programado desde el comienzo de su existencia.

En cambio, el ser humano es el único en el mundo que tiene la capacidad de reflexión, que es capacidad de interrogarse y de pensar sobre sí mismo, sobre su existencia y el sentido de su vida. Dotado de un pensamiento reflexivo y de una voluntad libre que le permite abrirse a una extraordinaria multiplicidad de sentidos y de orientaciones diversas, ser dueño de labrar su propio destino. Dar un sentido a su vida significa asumir la propia vida, poner orden y hacer las opciones fundamentales que polaricen y marquen el derrotero de su existencia. La libertad humana nace de la confluencia del pensamiento reflexivo que conoce y juzga y la voluntad que desea quiere y ama espontáneamente el bien. Claro que el privilegio de la libertad corre el gran riesgo de hacer un indebido o mal uso de la misma al asumir opciones o buscar fines que pueden ser destructores o degradantes, tanto para el individuo como para la comunidad.

Volvamos al tema de las virtudes que perfeccionan el entendimiento en orden a ayudar a ser, a llevarlo a su plenitud. Las virtudes intelectuales que pueden adquirirse, por la vía de la infusión, de la invención y por la vía de la enseñanza, son de dos órdenes: o bien, especulativas, esto es ordenadas al conocimiento de la verdad; o bien, prácticas, esto es, ordenadas a la realización de una acción o al obrar propiamente humano. Las virtudes intelectuales especulativas son dos: la ciencia, o sea, el conocimiento científico que perfecciona el raciocinio que discurre a partir de principios universales o principios particulares en tal o cual campo de los seres cognoscibles: las ciencias exactas, económicas, sociales, de la salud, humanas, etc., y de las cuales se pretende desentrañar la verdad que contienen con miras a una finalidad puramente teórica u ordenadas o una finalidad de carácter práctico.

La otra virtud intelectual es la sabiduría, que a partir de los principios universales últimos y con una mirada abarcadora juzga y ordena la vida y cualquier conocimiento científico, tanto en sus principios como en sus conclusiones. La sabiduría juzga y ordena todo otro conocimiento científico, tanto en sus principios como en sus conclusiones, de suerte que puede afirmarse que la sabiduría es el principal hábito intelectivo. Sin esa visión globalizante que proporciona la sabiduría, la educación puramente científica del intelecto no sólo permanecerá incompleta, sin norte ni brújula, con el grave peligro de perderse en el laberinto de las ciencias, las cuales a veces tienden a pontificar desde su punto de vista o a sustituir el vacío dejado por la enseñanza y la adquisición de la sabiduría, pretendiendo ser guía de la vida y de las demás ciencias, partiendo desde principios particulares o reduciendo su enfoque a lo mero práctico y, sobre todo, técnico.

En el seno de la familia se puede adquirir, en cierto modo, cierta sabiduría espontánea que llevará al niño y al joven a descubrir un rico depósito de verdades fundamentales y de carácter trascendental y que, en el curso de su misma existencia, le servirán de luz y de criterio para descifrar y juzgar rectamente la realidad. Verdades acerca del sentido de su propia vida, del sufrimiento, de la muerte, del misterio del mal y, sobre todo, de ese misterio insondable que es Dios, que afectan todo lo que pasa en el amplio mundo de la historia o en su pequeña historia personal. Sabiduría espontánea que en la edad madura se debe reforzar y consolidar con argumentos más profundos y convincentes.


Según Santo Tomás, junto a las virtudes especulativas encontramos otras dos virtudes intelectuales ordenadas ahora a lo práctico, que son el arte y la prudencia. Se diferencian entre sí, en que la primera será aquella disposición innata o adquirida ordenada más a perfeccionar las habilidades fácticas o estéticas del ser humano; mientras que la segunda se trata de un saber orientado a cómo obrar responsablemente en una situación concreta. Siendo una virtud intelectiva busca más ayudar al entendimiento a razonar de un modo adecuado y constructivo, de tal suerte que también es una virtud moral, la primera de las virtudes cardinales, aquella debe tomar las riendas de las demás virtudes humanas (“Auriga virtutum”, la llamaban los filósofos romanos), de suerte que favorezca la plena realización del hombre. De ella dice Santo Tomás, con una hermosa expresión, es “la sabiduría acerca de las cosas humanas” (S. Th. II-II, q. 47, a. 2, ad 1), una especie de genio para la vida práctica.

Pero las virtudes que perfeccionan al entendimiento humano en orden a conocer mejor la verdad de las cosas, no son las únicas que son perfectibles y educables, sino que existen aquellas que perfeccionan la voluntad, entendida como la facultad que inclina espontáneamente al hombre a la búsqueda y realización del bien universal, por lo que los escolásticos la denominaban “el apetito espiritual cuyo objeto es el bien universal conocido por la razón”. Esa inclinación espontánea de la voluntad hacia el bien universal se encuentra en estado de indeterminación, es decir, que requiere el cultivo de virtudes o hábitos operativos que la determinen convenientemente a querer, buscar y realizar ese bien universal. Las principales virtudes que perfeccionan y habilitan la voluntad para que el hombre sea bueno y transforme todo lo que hace en una operación buena son las virtudes morales. La clasificación de las virtudes morales que tradicionalmente se ha hecho las reduce a las llamadas virtudes cardinales, porque en torno a ellas giran todas las demás como si fueran sus quicios, se encuentran aquellas que dicen relación a la sensibilidad y al mundo pasional como son la templanza y la fortaleza, que van a poner orden y moderar las tendencias innatas hacia lo fácil y placentero y templar el espíritu para las dificultades de la vida. El hombre no es simplemente un ser espiritual o angelical. Ante todo es un animal y descuidar la educación en el ámbito de las pasiones implica dejar a la voluntad desamparada a la hora de realizar sus operaciones, pues las pasiones desordenadas pueden ennubilar la mente e impedir el recto ejercicio de una acción buena. Un adecuado cultivo y práctica de estas dos virtudes cardinales conseguirá una beneficiosa armonía entre la voluntad y la sensibilidad que corresponden a su condición animal.

Como el ser humano es un ser relación, existe otra virtud cardinal clave que va a regular la red de relaciones íntimas y profundas que el ser humano teje con los demás congéneres para la construcción de su propio proyecto de realización personal. Se trata de la justicia la cual tiene como objeto regular las operaciones de la voluntad en orden a dar a cada uno lo que le es debido y que permite al hombre ser constructor de un orden justo en las relaciones humanas.

Por último existe una virtud moral mucho más cerca de la razón que la templanza, la fortaleza y aún que la misma justicia. Es la ya mencionada virtud de la prudencia, disposición que le servirá para valerse por sí mismo y saber por donde caminar. Es esa especie de “sabiduría acerca de las cosas humanas” que invita a prever el futuro y a tomar en serio la vida. Como se puede deducir, el cultivo de estas cuatro virtudes goznes, que llevan implícitas otras tantas, constituye la trama de la educación moral integral, tan fundamental para la sana y positiva convivencia en la sociedad humana, pero tan descuidada o relegada a un segundo plano en el proceso educativo del niño y del joven. La pedagogía de la antigüedad se preocupaba más en la formación del hombre, en el cultivo de las virtudes morales y luego despertaban las cualidades y habilidades de cada uno. Las escuelas modernas han invertido el orden y han relegado a segundo plano la educación del hombre cívico y moral para interesarse más en el hombre científico, artesano o artista.

El excesivo culto al valor de la racionalidad, derivado de la filosofía cartesiana y un enfoque unidimensional de la educación ha llevado a privilegiar en el sistema educativo la formación del intelecto mediante la instrucción, descuidando o dando escasa relevancia a la formación moral o al cultivo de las virtudes que perfeccionan la facultad de la voluntad en orden que el hombre sea un animal ético. Incluso ya en tiempos de Sócrates se pensaba que para que el hombre fuera bueno y tuviera un comportamiento ético aceptable bastaba con sacarlo de la ignorancia instruyéndolo. Mas la experiencia ha comprobado que es insuficiente la mera instrucción o educación del intelecto; hoy día diríamos que la mera capacitación profesional, sin cultivar las otras facultades y dimensiones del ser humano, no basta para sacar adelante los proyectos de la realización personal de cada individuo, que en última instancia redundarán en beneficio o perjuicio para la comunidad humana.

Responsables del proceso educativo:

Según la concepción filosófica de la educación subyacente en el pensamiento de Santo Tomás, varios agentes concurren en llevar a feliz término la noble tarea de educar a alguien. Como se trata de un proceso que normalmente dura toda la vida y es de lenta y progresiva maduración, el mismo individuo surge como el principal agente responsable de su proyecto de vida (Cfr. S. Th. I, q. 117, a. 1 y 2; Suma Contra Gentiles II, c. 75), de tal suerte que no puede endosar en la conciencia de los demás agentes todo el peso de responsabilidad cuando dicho proyecto termina en un fracaso. La responsabilidad es, ante todo, personal e intransferible.

No obstante, otros agentes, instancias y factores tienen su incidencia en este proceso, sobre todo en sus etapas iniciales. En la ética de la responsabilidad existen distintos tipos y grados de responsabilidad. En primer lugar, la responsabilidad personal y luego la responsabilidad compartida o corresponsabilidad, que se da en grados diversos y en las líneas tanto horizontal como vertical, es decir, la de una responsabilidad compartida tanto con los coetáneos y con quienes se comparte la vida como con las futuras generaciones.

Entre todos los agentes responsables del hecho educativo, Santo Tomás asigna un papel primordial a los padres. Para él, el ambiente hogareño es el lugar propio y privilegiado para la educación del ser humano. En él es engendrado el hijo, dándosele el ser y todo el patrimonio genético; en él recibe la crianza adecuada; y en él es educado, es decir, ayudado a adquirir las virtudes que más tarde necesitará para caminar por la vida y hacerle frente a las vicisitudes de la misma. El Doctor Angélico sitúa la educación como una prolongación de la generación. No basta con engendrar o tener hijos, para lo cual no es necesario el matrimonio, sino que al hecho de engendrar conlleva la responsabilidad de criar y educar. Si bien es materialmente posible procrear sin la unión en el amor que supone el matrimonio, sin ésta resulta imposible educar (Cfr. Summa contra gentiles III, c. 122, n. 6). Para él, uno de los fines fundamentales del matrimonio es el bien de la prole, y ese bien no se logra sino con una buena crianza y educación de los hijos, hasta que logren alcanzar la edad adulta, es decir, la de personas ya hechas, capaces de valerse con plena autonomía por sí mismas.


El “estado de virtud” que propone el Aquinate como meta y fin de la educación lo podemos calificar ahora, en consecuencia, como la llegada a la mayoría de edad. Esta mayoría de edad no se reduce a la mera madurez biológica sino que implica y abarca e implica los demás componentes y dimensiones del ser humano: lo afectivo, lo intelectual, lo moral y lo espiritual, en los cuales debe crecer hasta alcanzar su plenitud. Se trata, pues, de favorecer y promover el crecimiento integral de la persona humana. Entre todos los animales, el animal racional es el que nace y dura un más tiempo en estado de precariedad e indigencia total. Para lograr el fin para el cual fue creado, requiere del concurso indispensable tanto del padre como de la madre desde las primeras etapas de la vida . Si falta uno de ellos o no concurren debidamente en el cumplimiento de este deber, la tarea o bien quedará trunca, o bien se cumplirá a medias. El estado de indigencia de la prole en cuanto prole debe ser satisfecha tanto por la crianza como por la educación; la crianza terminará cuando el niño ya se valga por sí mismo en el orden físico y la educación cuando ya se valga por sí mismo en el orden intelectual y moral.

En la antropología y sicología evolutiva del hombre medieval el crecimiento psíquico-biológico del hombre se clasificaba por etapas y casi siempre se medía por septenios. El primer estadio abarca desde el nacimiento hasta los siete años y se denomina infancia y, es la etapa del desarrollo psicomotor, del desarrollo del lenguaje no verbal y verbal, del desarrollo intelectual o sea la capacidad para resolver pequeños problemas, el desarrollo afectivo, cuyos dos primeros ingredientes son la risa y el llanto. En una palabra, es la etapa de la crianza. De los siete a los catorce va la segunda etapa y se denomina puericia o pubertad, en la que la condición corpórea permite al niño el uso de la razón más explícito y echar las bases para saciar su sed de conocer y de saber, eso sí dependiendo de la disciplina y enseñanza por medio de otro, que es el maestro. Es la etapa de la vida en donde la personalidad va adquiriendo ya un perfil bastante definido. La tercera etapa o adolescencia se inicia a los catorce y en ella el adolescente va adquiriendo gradualmente una relativa autonomía que le permite adquirir ciertos compromisos. La cuarta etapa denominada juventud arranca a partir de los veintiun años, que supone el alejamiento definitivo de la niñez. Esta entrada en la edad adulta, por la que el hombre deja de estar bajo la tutela de los padres, supone una madurez que se traduce en la disminución de su educabilidad. Las demás etapas de la vida corresponden a la edad adulta temprana, la edad adulta media, la edad adulta tardía, el climaterio, la vejez o tercera edad y…, hasta la cuarta edad a partir de los setenta y siete, todas ellas susceptibles de una formación permanente.

Así, pues, la labor educativa de los padres va desde el nacimiento, pasando por la crianza en las primeras etapas de la vida hasta que los hijos se valgan por sí mismos en la edad adulta, y se caracteriza por la profundidad e intimidad necesarias para el crecimiento de sus hijos, condiciones favorables que no las brindan ni en la escuela, ni en la vida social. Santo Tomás lo expresa bellamente cuando afirma que “el hijo una vez que ha salido del útero materno estará bajo el cuidado de sus padres, como contenido en un útero espiritual” (Cfr. S.Th. I-II, q. 58,a.2).

A este carácter primordial de responsabilidad educativa de los padres, sigue la de aquellos que suplen la indigencia e incapacidad de brindar una educación integral tanto a los niños como a los jóvenes, tarea que recae en las instituciones educativas, en los maestros y gobernantes. Después de la familia vendrán la escuela y sus maestros que complementarán la educación que el niño ha estado recibiendo en la familia, tanto en lo intelectual como en lo moral. No puede centrarse esta tarea en la mera formación intelectual, pues el niño y el adolescente no siendo aún adultos, apenas están forjando su personalidad moral, intelectual y espiritual, necesitan de esa consolidación en valores brindada por sus padres y ambiente familiar.

La siguiente instancia, la etapa de la juventud y de la entrada a la edad adulta, que hoy en día coinciden con el ingreso y permanencia en la universidad no tiene la misma función, pues se supone que el joven que ingresa en ella ya debe haber alcanzado una cierta autonomía y madurez moral, aunque en verdad no se da sino en un relativo grado. Es por ello que la universidad se dedicará más a su capacitación profesional, al cultivo de las virtudes intelectuales mediante la enseñanza y la investigación. Ello no significa que haya que relegar al olvido la educación de las otras dimensiones fundamentales de la vida. La formación científica de la universidad tampoco deberá perder de vista el ideal último de saber especulativo, concretado en la virtud de la sabiduría. Si la familia es el lugar propio de la sabiduría espontánea, la universidad es el de la sabiduría científica, que conocemos con el nombre de metafísica o saber sapiencial, en donde los logros científicos o tecnológicos están acompañados de una visión ética y filosófica de los mismos. “El estudio de la sabiduría –afirma Santo Tomás- es el más perfecto, sublime, provechoso y alegre de todos los estudios humanos” (Summa contra gentiles I, c. 2, n. 1)

Al educador, en cualquiera de sus niveles, le corresponde la educatividad, es decir, la capacidad para ejercer influencias positivas en el educando para contribuir así al desarrollo integral del ser humano en su fase de crecimiento. Ejercer influencias positivas en el educando conlleva implícito la voluntad de guiarse por unos principios pedagógicos que iluminen la gestión educativa. En primer lugar, tener clara conciencia que el maestro en el proceso educativo no juega más que un papel subsidiario, ministerial en el pleno sentido de la palabra , es decir, que se trata de alguien que ayuda o sirve desde fuera para que el educando se realice vitalmente, desde dentro, y logre así el despliegue de sus capacidades germinales. El maestro es como el médico. Este ayuda a los procesos naturales del enfermo, evita lo nocivo y corrobora lo que le favorece. Lo mismo ha de hacer el maestro.

El maestro logra promover la plenitud del discípulo de dos modos: con la doctrina, que debe poseer en grado sumo, para poderla transmitir de modo convincente y una voluntad firme de estar al servicio de la promoción integral de sus alumnos. Quien se dedica a enseñar debe tener esa vocación de servicio, buscando siempre que el estudiante saque el mayor provecho de aquello que se le enseña, de tal forma que propicie su crecimiento integral. Esto supone algo que, aunque parezca evidente no siempre de da, el maestro debe saber y tener un dominio sobre aquello que enseña. Mejor dicho, debe tener autoridad, una autoridad epistemológica propia del hombre que se ha apropiado un saber específico, lo ha actualizado y enriquecido y, además, lo sabe transmitir con arte a quienes están ávidos por aprender. De esta verdad se desprende, como un corolario, que el docente debe ser claro y didáctico , utilizando adecuadamente los términos, preparando convenientemente el razonamiento de, tal forma que no genere confusión en sus alumnos, sino todo lo contrario, claridad y provocar el gusto por el estudio y los hábitos científicos.

Pero no solamente debe tener autoridad epistemológica, propia del hombre que sabe, sino también autoridad moral, por que también se enseña con actitudes una filosofía de la vida. Para inclinar a los hombres a la búsqueda y realización de su plenitud personal, la vía más eficaz, que no excluye sino que integra la doctrina, es el ejemplo. Santo Tomás reconoce que se cree menos en las palabras que en las obras. Las palabras persuaden, los ejemplos arrastran. Con su lenguaje actitudinal, el docente debe poner de manifiesto que ante todo busca el bien de sus alumnos y que, por encima de todo, el educando se sienta tratado como persona, es decir, tratado con consideración y respeto, con un profundo sentido de justicia.

El profesor debe ser un servidor de la verdad, debe haber experimentado en algún momento de su vida esa pasión por conocer la verdad, haber sentido hambre y sed de la verdad, de estar en comunión con ella, de escudriñarla y sacarle todos sus secretos, de transmitirla a las nuevas generaciones. Esta diaconía de la verdad se traduce en exigencias bien precisas en la vida universitaria.

E-mail: faustoc@cable.net.co


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