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A Somos testigos de que está naciendo un nuevo humanismo, en el que el hombre se define por su sentido de responsabilidad hacia sus hermanos y hacia la historia, reza uno de los documentos del Vaticano II (GS No 55).
Este nuevo humanismo que se siente palpitar en la agitada masa humana, matizado por un sentimiento religioso, modela un nuevo tipo de espiritualidad. Por todas partes se percibe hoy día una reacción contra una religiosidad ajena al mundo e indiferente ante el progreso, la técnica y de más aspiraciones terrenas del hombre. Con frecuencia, la gran objeción que se le hace a la religión es la sospecha de que convierte a sus fieles en unos desertores, evadidos hacia una inexistente trascendencia. Abandonando la causa del hombre se afanan, para disimular su deserción, en la búsqueda de un dios.
Surge, entonces, desafiante el humanismo ateo con la clásica afirmación de que A El hombre es para el hombre el ser supremo y para quien la religión no es más que el opio del pueblo, una especie de sostén psiquico-moral, un poco al modo como otros tienen necesidad de narcóticos.
La conclusión del humanismo ateo es lógica: A hay que matar a Dios para salvar al hombre A; hay que recuperar toda la energía humana, desperdiciarla vanamente en un dios que es la nada, pura proyección de nuestra nostalgia, sueño de nuestras insuficiencias; hay que liberar al hombre, un A alienado A (del latín Alienus : que pertenece a otro) de su alienación religiosa, dándole el sentido de su grandeza del valor y posibilidades del esfuerzo humano para construir un mundo mejor y más digno del hombre.
Por eso, el ateísmo contemporáneo no se preocupa tanto de la no existencia de Dios cuanto de la existencia de la humanidad en este mundo, y la responsabilidad que ellos suponen. Para la crítica atea, la fe cristiana sigue siendo una falta de fe en la vida y, como decía Albert Camus, único pecado contra la vida no es, quizá tanto, desesperar de ella, como esperar otra vida, hurtarse a la implacable grandeza de ésta.
Es preciso reconocer que, junto a ciertas observaciones penetrantes y valederas, encontramos caricaturas de la actitud religiosa que parecen proceder de la ignorancia y de la mala fe. Si la religión fuera tal como la describe la crítica atea su rebelión sería grandiosa y habría que unirnos a ella. Pero también nosotros los creyentes no aceptamos un Dios y una religión hostil al hombre.
En este tiempo en que se despierta legítimamente en la humanidad la conciencia de su fuerza y de sus posibilidades el respeto de sus valores y aspiraciones humanas la Iglesia a procurado mostrar cómo un Cristiano no es menos humano que sus hermanos ateos y cómo lo que cuenta para ella es el hombre, cada hombre en particular, convencida como está de que A para conocer a Dios es necesario conocer al hombre A.
Si el ateo pretende ser humano, más lo somos nosotros, pues el núcleo de la esencia de nuestro humanismo esta en el misterio de la encarnación humana del amor redentor de Dios: Cristo que se hace hombre para humanizar a Dios y divinizar al hombre. Por eso, Pablo VI, dirigiéndose a los humanistas modernos les decía ...también nosotros, y más que nadie, somos promotores del hombre A y del hombre tal como es, en su noble y cruda realidad.
El error del humanismo ateo consiste en imaginarse que el hombre no puede realizarse sino yendo contra Dios. En cambio, para el Cristiano la verdad es todo lo contrario. A la falsa ecuación marxista: religión = alienación, responde: religión = promoción. Busca la promoción y desarrollo integral de todos los hombres y de todo el hombre, materia orgánica y espíritu. por eso, su humanismo es trascendente, no se detiene en el mismo hombre ni en su realidad terrena. Sería un humanismo incompleto, incluso inhumano. Ciertamente el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre (Populorum Progressio No 42).
La religión del Dios que se ha hecho hombre provoca el procesos de ascensión del hombre y su realidad cósmica hacia la perfección, hasta que A Dios sea todo en todas las cosas A una sentencia de esta nueva espiritualidad que se está plasmando es la Teilhard de Chardín: A para ser absolutamente cristianos es preciso ser apasionadamente humanos.
FAUSTINO CORCHUELO O.P.
