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LA FE DEL CARBONERO
Al Sacerdote, más que a nadie, le preocupa por qué hoy un buen número de nuestros contemporáneos se deja arrastrar por esa pasión desenfrenada e irreflexiva de recurrir con fe ciega a las absurdas prediciones de los horóscopos, las pitonisas, los amuletos y los espíritus A aun más, le preocupa el por qué a veces la religión degenera en superstición. Los mismos cristianos recurren a la magia, al fetichismo a prácticas devocionales que los dispense del trabajo lento de la adquisición normal. Es una vieja tentación humana el buscar y adquirir por un atajo pseudo-religioso lo que en rigor debe ser el fruto de un trabajo de normal maduración. Anhelamos probar los frutos del árbol que nos de el conocimiento del bien y del mal . Toda esa mezcla de horóscopos, de pitonisas, amuletos, ese enorme atractivo por lo raro e insólito, ese gusto por lo mórbido, demuestran lo universal y profundo de ese mal dañino que es la superstición, desviación del sentimiento religioso que lleva a crearse obligaciones falsas, temores infundados o confianza en cosas vanas. En el origen de la superstición suele encontrarse el miedo: al sufrimiento, a la enfermedad, a la soledad, a lo desconocido y, sobre todo, a la muerte. Una de las raíces de la superstición es la ignorancia, o si se prefiere la falta de reflexión lógica y, añadiría, la misma fe del carbonero que usted trata de defender. La fe del carbonero puede ser buena para el carbonero, y eso para un carbonero de años atrás; ciertamente no sirve para un hombre a las puertas del siglo XXI, enfrentado a un mundo en el que es preciso ser adulto no sólo para ganarse la vida sino también para creer. Hay demasiados católicos que permanecen con la fe de su infancia, que se conforman con observar ciertas prácticas - por no decir ciertas supersticiones- pero en realidad no son creyentes en toda la extensión de la palabra; no han hecho una vez llegados a la edad adulta una elección personal y comprometida de su fe. Es preciso que nuestro catolicismo se haga adulto; que se adapte al ritmo y a las preocupaciones de la civilización actual. Hoy día los fieles necesitan tener una fe ilustrada y no la simple fe del carbonero. Yo creo lo que dice mi párroco se decía con mucha complacencia no hace mucho. Pero en el contexto actual se hace más incisiva la sentencia de Santo Tomás: "El que resuelve las cuestiones de fe sólo por medio de autoridades posee ciertamente la verdad, pero en una cabeza vacía". Porque una cierta simplicidad de la fe, dentro de una sumisión demasiado fácil, corre el peligro de que si uno se descuida, se convierta pronto en simplismo, esa autoridad en clericalismo y esa docilidad de los hijos de Dios en infantilismo. Hay mucho que hacer todavía para curar a los laicos de su manía de buscar ciertas determinaciones que los dispensen de pensar por si mismos, incluso en cuestiones de fe, y a los clérigos de su costumbre de prever, decidir y prescribirlo todo. La fe, como don, no debe ser recibida en una forma inconsciente e irreflexiva, sino dada la condición del ser humano de estar dotado de libertad y pensamiento reflexivo, hace que nazca en él espontáneamente el deseo y el esfuerzo por comprender de alguna manera los misterios que se le proponen, a pesar de las dudas que le sobrevengan. Una fe que no duda es un fe muerta ha dicho acertadamente Miguel de Unamuno. Entonces, ¿que hacemos con la fe del carbonero? ¿ La acabamos de matar o tratamos de resucitarla?. Lastima no poder resumir en unas pocas líneas las respuestas a sus demás interrogantes, pero se trata de problemas demasiados complejos para darles soluciones simplistas y baratas. FAUSTINO CORCHUELO O.P.
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