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Desde
hace algún tiempo, los temas de la ética gozan de especial
interés. Hoy día se habla de ética de casi todos
los sectores y componentes integrales de la vida humana: desde lo biológico
, lo sexual y familiar hasta el ámbito de lo ecológico,
de la política y de la economía, etc. Pareciera que el término
ética se hubiera convertido en una palabra de moda y medio mágica,
que a diario se emplea en discursos políticos y artículos
periodísticos para exorcizar la turbia y traumática realidad
social que vivimos, pero con el gran riesgo que de tanto usarla termine
por desgastarse y no decir nada.
Muchas personas conciben la ética como un saber medio esotérico propio de filósofos y de clérigos; para otros la moral tiene una connotación negativa porque se concibe como un cúmulo de normas, mandatos y prohibiciones que se aceptan de mala gana porque van en contravía de nuestros gustos y tendencias naturales; para no poca gente, la ética se reducen a la esfera de lo estrictamente personal, sobre todo de la vida sexual y con escasa incidencia en otros ámbitos y actividades humanas tales como la investigación científica, la gestión empresarial, la política, la economía de mercado , lo ecológico.
La reflexión ética parte de un hecho simple: en todo grupo humano siempre existen y existirán problemas de distinta índole - relacionales, económicos, políticos, religiosos, etc. - que invitan a sus integrantes a reflexionar en torno a la problemática vivida y a buscar vías de solución, fijando "a posteriori" pautas de comportamiento. Así, pues, allí donde conviven personas hay problemas , surgiendo, entonces, como imperiosa la necesidad de ordenar dicha convivencia humana. Poner orden significa establecer las pautas y la totalidad de reglas que posibiliten la creación y el funcionamiento de las instituciones necesarias para lograr una mejor calidad de vida, la satisfacción de las necesidades vitales del ser humano y una armónica y sana convivencia en el seno de cualquier comunidad humana.
ETICA, ¿PARA QUÉ?
Con miras a entendernos, conviene aclarar desde un comienzo el significado que queremos dar a los términos. Las palabras tienen su historia: alguien comenzó alguna vez utilizándolas con un sentido preciso, pero con el fluir de los años y de los siglos sus usuarios las han ido enriqueciendo con matices nuevos y diferentes. De una definición etimológica pronto se pasa a una definición conceptual. Habrá tantas definiciones conceptuales cuantas escuelas ideológicas existan, porque éstas dependen. en gran parte, de los condicionantes del contexto vital e ideológico del usuario.
Entre tantas definiciones que se dan de la ética, una de las que más me convence es aquella que hace de ella un tipo de saber teórico-práctico que busca orientar al ser humano en el conjunto de su vida, de suerte, que conociendo los secretos de la naturaleza y las leyes del comportamiento humano, sepa actuar racionalmente, vivir bien y convivir bien con sus hermanos y con la misma naturaleza.
¿Qué es eso de "Obrar racionalmente" ? En principio, significa saber deliberar bien antes de tomar una decisión con el propósito de realizar la elección más adecuada y actuar en conformidad con lo que hayamos elegido. La elección no debe ser arbitraria ni dejarse al azar . Quien no reflexiona antes de actuar y no mide las consecuencias de sus acciones se expone a cometer errores, a hacerse daño o hacerle daño a los demás; quien no calibra qué es lo más conveniente hacer en determinadas circunstancias , o actúa en contra de sus convicciones personales o en contra de una decisión que él mismo reflexivamente ha tomado, se puede decir que no obra racionalmente. Y cuando no se obra racionalmente surge, entonces, el caos y el desorden. Obrar racionalmente significa, pues, obrar conforme con la lógica interna que tienen las cosas y los acontecimientos percibidas por el pensamiento reflexivo. Lo propio de la razón es percibir el lazo existente entre un medio y un fin, y una actividad razonable es la que se adecúa al fin que se persigue. Es lo opuesto al azar y al capricho.
Así, pues, la primera tarea que la ética impone es la de atreverse a pensar ("Aude sapere" ) a reflexionar y deliberar bien con miras a hacer buenas elecciones y evitar, en la medida de lo posible, el cometer errores que conduzcan a fracasar o arruinar la vida. No se trata de elegir bien solamente en un caso concreto y aislado , sino a lo largo de toda la vida. Para ello es preciso saber cuál es esa orientación básica que se le quiere dar a la vida (opción fundamental), orientación que vaya imprimiendo ese carácter en cada una de las opciones particulares. Precisamente, la moral comienza cuando se trata de elegir un sentido susceptible de realizar al ser humano en su línea propia, un sentido capaz de desarrollar en plenitud sus posibilidades. Existen como dos modelos éticos que han penetrado profundamente la historia de la moral en occidente. El primero designaría una ética pendiente ante todo de conformar el obrar humano con un código, entendido como un conjunto de valores y reglas de acción que le son propuestas o impuestas a los individuos y a los grupos humanos por medio de diversos instrumentos prescriptivos, como la familia, las instituciones educativas, las Iglesias, etc. (La ética heterómana). El segundo modelo presentaría la ética como la "ética de la construcción de uno mismo". Con ello hay que entender la conciencia reflexiva mediante la cual los hombres no sólo se fijan reglas de conducta, sino que buscan la forma de transformarse a sí mismos y hacer de su vida una obra que contenga altos valores y metas significativas. (ética autónoma)
La ética, como reflexión crítica del quehacer humano, estudia al hombre como ser en crecimiento y en proyecto, e intenta precisar cuál debe ser esa orientación básica para el mejor futuro del hombre. Esta exigencia de dirigirse con la mira puesta en un futuro mejor por construir, en progreso constante día a día, significa que el hombre es un ser finalista, que su vida tiene una orientación teleológica, es decir, que mira a lo lejos en donde terminará su proceso de realización o de degradación. Es que el hombre, como ser vivo específico es, se mueve necesariamente en una dialéctica contínua de crecimiento - que a veces puede ser regresivo -, llamado a alcanzar grados superiores de ser. Nunca se puede decir que haya llegado a su término.
La ética, en un primer sentido, tiene por tarea mostrarnos cómo deliberar bien con el propósito de hacer buenas elecciones. Y para hacer buenas elecciones es necesario forjarse un buen carácter, tal como lo indica el significado etimológico del término "ética". En efecto , la palabra "ética" viene del término griego "êthos", que significa fundamentalmente "carácter" o "modo de ser". [1] La palabra ética parece derivar de las palabras griegas eqos (ethos, escrito con epsilón) que significaría costumbre y haría referencia especialmente a los usos, ritos, costumbres que son parte del patrimonio de un grupo humano y que se imponen al individuo, y hqos (ethos, escrito con eta) que significaría morada o domicilio habitual y que , por extención y en sentido, figurado significaría carácter, modo de ser personal.
Un modo de ser que se configura con el fin que deseamos perseguir en el conjunto de nuestra vida. Este trasfondo de toda decisión particular constituye lo que se llama la "opción fundamental ", elección que estructura la personalidad y le imprime como una especie de carácter e introduce una auténtica continuidad entre las diversas decisiones tomadas a lo largo de la existencia, una especie de continuidad entre el pasado y el presente, como preparación del futuro.
Una vez tomada esa opción fundamental que marca el curso de la vida, vamos fijando los modos de actuar y creando hábitos de comportamiento que nos permiten caracterizar lo que somos, alcanzar las metas intermedias y los objetivos que nos proponemos y, en cierta manera, preconizar nuestro futuro. Básicamente nuestro carácter, nuestro modo de ser está compuesto por nuestros hábitos. Por su propia acción , el hombre condiciona su futuro, ninguna acción cae en el vacio sino que deja detrás de sí unas huellas, que van marcando el propio destino. "Siembra un pensamiento, cosecha una acción; siembra una acción, cosecha un hábito; siembra un hábito, cosecha un carácter; siembra un carácter, cosecha un destino", reza un proverbio americano.
Los habitos, ya sean positivos o negativos, son esas disposiciones innatas o adquiridas que nos llevan a obrar pronta, facil y placenteramente, y sin hacer grandes esfuerzos para conseguir esas metas y encarnar esos valores que consideramos vitales para la consecución de ese gran objetivo: la felicidad. A esos modos de actuar ya asumidos, que nos predisponen a obrar en el sentido deseado y que hemos ido incorporando en el curso de la vida y que configuran nuestra personalidad ética (somos honrados, veraces, justos, leales, etc. o, todo lo contrario) , tradicionalmente se les ha llamado hábitos. Cuando están bien orientados y predisponen a la práctica del bien reciben el nombre de virtudes; cuando no nos predisponen a alcanzar la meta y lo que consiguen es degradarnos, se les llaman vicios.
La ética se propone, pues, ayudar al hombre, tomado en su realidad concreta y existencial, en su proyecto de realización, de llegar a ser plenamente hombre .e intenta precisarle cuál debe ser esa orientación fundamental que debe darle a su vida para lograr un mejor futuro y un desarrollo lo más armonioso posible de si mismo y de todos los hombres, sus hermanos. Por eso tiene en cuenta las grandes posibilidades y las limitaciones propias de la condición humana. El zoo humano es un ser radicalmente limitado o, para emplear términos más filosóficos, el hombre está fundamentalmente marcado por la finitud. Limitado por condicionamientos de carácter biológico, somático, psíquico, social, cultural e ideológico, y herido por el pecado, capaz de lo mejor pero también de lo peor, el hombre guarda siempre una "zona de libertad" que le permite ser dueño de la construcción de su propio proyecto de realización y de crecer cada día más en humanidad, o, por el contrario, del deterioro de su propio ser y de la deshumanización de la vida
ETICA DE LAS ORGANIZACIONES
Ciertamente la ética, como reflexión crítica de la praxis humana , es una ciencia que se ocupa del quehacer humano en todo el abanico de sus manifestaciones. No obstante, conviene hacer una distinción entre la ética de las personas y la ética de las organizaciones, ya se llamen instituciones, empresas, profesiones, colectivos, etc. En lo que se refiere a las personas, ese saber ético les permite orientar la propia vida , forjando un "carácter", es decir, una forma de ser y de actuar, de suerte que poco a poco y en forma gradual alcancen la felicidad. Pero en lo que se refiere a las organizaciones - en este caso a la Universidad - el fin que persigue la ética no es la felicidad, porque felices deben ser las personas no las organizaciones.
El fin que persiguen estas es, sin duda, un fin social, porque toda organización se crea o se instituye para proporcionar a la sociedad unos bienes específicos, en virtud de los cuales queda legitimada su existencia ante la sociedad. Por otra parte, como en todas las demás actividades humanas, se consiguen también otra clase de bienes, que llamamos externos o secundarios, porque no son los que le dan sentido ni identidad a la organización, sino que son comunes a la mayor parte de las actividades, y deben contribuir a llevar a cabo ese bien primario y específico de los colectivos.Tales bienes secundarios son, por ejemplo, el dinero, el prestigio o el poder. Algunas de las ideas aquí desarrolladas están inspiradas en el libro de Adela Cortina "Etica de la Empresa", claves para una nueva cultura empresarial. edit. Trotta, Valladolid, 1994
Cada organización debe producir los bienes que le son propios y no sustituirlos por los ajenos o invertir los bienes secundarios por los primarios : por ejemplo, que la Universidad se dedique más a hacer política que a educar e investigar; que esté más interesada en la conquista y distribución del poder o se fije como mira únicamente el afán de lucro y de adquirir prestigio; que en la designación de sus directivas y personal administrativo prime el favoritismo, como paga por favores recibidos o respuesta a cuotas clientelistas; que los puestos de responsabilidad se asignen no a quienes mejor cumplen los fines de la institución sino a los ambiciosos e intrigantes.
Ciertamente, lo mismo que ocurre en cualquier otra actividad (política, económica, sanitaria, deportiva), la actividad docente sirve también como un medio para ganar dinero, para obtener prestigio y alcanzar cierto status social. No obstante, su bien interno es aquel que le señala su misión específica: investigar, transmitir conocimientos, formar personas autónomas, críticas y éticas, lo mismo que prestar un servicio social a la comunidad en aquellas áreas concretas de las disciplinas que enseña. Cuando esto no se da o se da mediocremente , se va abriendo camino a la corrupción.
¿Qué es la corrupción? En el sentido amplio de la palabra, corrupción significa "cambiar la naturaleza de una cosa volviéndola mala". Es decir, que cuando una cosa o una actividad humana se corrompen, pierden su naturaleza y, a través de un proceso de descomposición, se convierten en otra cosa distinta. Por ejemplo, un alimento o una fruta se corrompen cuando empiezan a descomponerse y se tornan en algo dañino. Actualmente se habla mucho de la corrupción que existe en la clase política y en los funcionarios públicos, haciéndoles acusaciones muy puntuales: enriquecimiento ilícito, sobornos, malversación de fondos, peculados por distracción, o sea, la asignación del herario para uso privado, el clientelismo y tráfico de influencia, el nepotismo o concesión de empleos y beneficios sobre la base del parentesco y de la amistad, y no del mérito.
Tales vicios no se dan en forma exclusiva en el mundo de la política y de la administración pública, sino también en otro tipo de actividades humanas y en la empresa privada.
Si la corrupción consiste fundamentalmente en cambiar la naturaleza de una cosa o de una actividad humana, pervirtiéndola por lo mismo, la corrupción de la institución universitaria se daría cuando aquellos que participan en ella no valoran ni se interesan por el bien propio e interno que la misma institución debe producir, es decir, la conservación del patrimonio y acrecentamiento del saber, a través de la investigación y la enseñanza, quehacer propio que le da sentido, especificidad y legitimidad social y, por el contrario, se está más preocupado por la rentabilidad económica y las ventajas sociales , políticas y de prestigio que de ella se derivan, o cuando otros objetivos extraños a su misión empiezan a primar.
El problema de la corrupción no reside tanto en que se dé en casos aislados y concretos, porque esto siempre se ha dado y se dará. Lo preocupante es que se convierta en un mal endémico y estructural que impregne y contagie la mentalidad de los integrantes de la organización o colectivo, de tal modo que resulta difícil de erradicar. Y el signo más alarmante de esta descomposición se da cuando las personas honestas empiecen a envidiar a quienes practican la corrupción y quisieran estar en su lugar: "Ojalá pudiera hacer yo lo mismo". Sería el cumplimiento del famoso adagio latino: "Corruptio optimi pessima" , "la corrupción de lo mejor es la peor".
UNIVERSIDAD UNA EMPRESA "SUI GENERIS "
Indudablemente la Universidad es una empresa, pero una empresa que tiene un modo peculiar de serlo . Entendemos por empresa todo aquello que el hombre acomete, por lo general en forma asociada y corporativa, estructurada y sistemática, que procura sostener de manera estable y dinámica para alcanzar beneficios de orden personal y social. O también, como una entidad integrada por el capital y el trabajo, dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios con fines lucrativos y con la consiguiente responsabilidad social.
La Universidad es una empresa "sui géneris" que se diferencia palmariamente de cualquier otro tipo de empresas por múltiples razones: por la misión que tiene, por los objetivos que persigue, por las funciones que cumple y por la manera peculiar de llevar a cabo su propósito. Tradicionalmente se ha admitido que la Universidad tiene una misión centrada en una triada de sustantivos: el hombre, la ciencia y la sociedad; que sus funciones dicen relación a tres verbos claves: educar, investigar y servir; que cuatro notas califican su vida y su actividad: que se trata de una institución corporativa, científica, universal y autónoma; que tres modos adverbiales acompañan su quehacer: que debe llevarlo a cabo de manera crítica , social y cultural.
En esa triada de destinatarios (hombre, ciencia y sociedad) de su misión , la formación del hombre debe ocupar un lugar cimero ("primum inter pares"), sin soslayar la ciencia y los beneficios que de ella se derivan para la sociedad.
Otra función que tiene el ente educativo universitario es acoger, conservar y transmitir la ciencia y los conocimientos ya adquiridos como patrimonio legado por las generaciones pasadas, para luego incrementarlos, hacerlos progresar y utilizarlos en beneficio de la sociedad. Por vocación , la "Universitas magistrorum et scholarium" debe dedicarse , de modo riguroso y crítico, a la tutela e incremento del saber humano en el seno de cada disciplina académica mediante la investigación y la enseñanza, de tal modo que se logre ese gozo de la verdad ("gaudium de veritate"), en buscarla, en descubrirla y transmitirla desinteresadamente a los jóvenes y a todos aquellos que estén sedientos de verdad.
Una tercera función que debe cumplir la institución universitaria es su proyección social a la comunidad local, regional y nacional, de tal modo que la formación humana y la capacitación profesional , lo mismo que la investigación científica que allí se promueve debe redundar en el progreso y mejor calidad de vida del entorno social.
Esta trilogía de funciones determinan claramente que ese es su fin específico y el bien interno que corresponde a su actividad y por el que cobra su legitimidad social. Ahora bien, en su reflexión crítica deberá fijar cuáles son los medios adecuados -recursos humanos y materiales- para producir ese bien y qué valores es preciso inculcar e incorporar para alcanzarlo, lo mismo que los hábitos positivos (virtudes) que deben ir adquiriendo los diversos miembros que integran el ente universitario.
ETICA Y DIRECTIVOS
No hay ninguna duda que una empresa logra alcanzar altos niveles de acreditación gracias a la capacidad de gestión demostrada por sus directivos. El directivo se ha convertido en uno de los personajes más significativos de la cultura de fin de siglo, ya que por su capacidad de liderazgo y de gestión administrativa , por su modo de actuar y las actitudes asumidas logran imprimir un "ethos" (carácter) cualitativo que impregna a las organizaciones y les otorga un sello de identidad empresarial, permitiendo calificarlas como excelentes, buenas, mediocres o del montón y, por lo mismo, llamadas a desaparecer. (Cfr. "Nueva concepción de la gestión" del art. "Organizaciones que aprenden" pg. 199ss del tomo 2 Informes de comisionados 1 de la Comisión de sabios, Imprenta Nacional , 1995)
El problema de fondo está en la forma como se prepara, se escoge o se elige a las directivas y en la manera como éstas ejercen su oficio. Ciertamente todas las instituciones preven en su legislación interna la forma de elección y nombramiento de sus directivas. No obstante, esto no siempre se cumple y se respeta, y otros criterios e intereses empiezan a prevalecer.
La gran pregunta del millón es : ¿qué tipo de directivos hay que preparar y educar para dirigir y gerenciar esta empresa "sui generis" que es la Universidad? Se da por hecho que tiene que ser alguien con vocación de educador, con el carisma y conocimientos necesarios para que la institución cumpla a cabalidad las tareas específicas que se desprenden de su misión, de los objetivos y metas que se ha propuesto. Además tendrá que ser alguien con capacidad de liderazgo y competencia profesional, con dedicación exclusiva y pleno conocimiento de su oficio, con un alto sentido de responsabilidad, es decir, con la capacidad de asumir las consecuencias que se derivan de su gestión, bien o mal lograda. Un indicador de falta de ética profesional sería el asumir otras tareas distractoras de sus funciones específicas como directivo, lo mismo que el asignar oficios (por ejemplo, decanos, jefes de departamento, profesores, etc., bajo el criterio de la amistad o como paga por algún favor recibido, y el concentrar varios cargos a la vez en una sola persona. Sobra decir que lo que más se le exige es la transparencia y probidad de su vida tanto privada como social que le den peso y respaldo a su labor de directivo.
Sucede que muchas veces hay personas con ansias de poder y ganas de ocupar puestos de dirección, no tanto por vocación de servicio, sino movidos por otro tipo de motivaciones, a veces un tanto espurias, como pueden ser el obtener toda una serie de prebendas: la necesidad de tener preeminencia en un grupo, la exaltación del ego y las ganas de "darse vitrina", el mejoramiento del status social, la exacerbación de la "libido dominandi" o poder de decisión sobre los demás, la oportunidad de verse favorecido con beneficios económicos y posibilidades de viajes , etc, etc. Entonces los interesados se valen de todas las mañas y artimañas para lograr su propósito: tráfico de influencias, ofrecimiento de dádivas e invitaciones, promesas burocráticas y padrinazgo para distintas causas, etc. etc. A la hora de la verdad logran lo que anhelan: tener el cargo y la autoridad que el confiere , aunque muchas veces les falta el peso de la autoridad real: profesional, intelectual y moral.
En el fondo se trata de saber si ese directivo realmente tiene autoridad, porque alguien puede acceder a un cargo directivo sin cumplir los requisitos que él exige y sin tener el peso de la autoridad real l que él demanda . Aquí conviene hacer una serie de disquisiciones: qué es la autoridad, de cuál tipo de autoridad se está hablando , y si el directivo la tiene y cómo la ejerce.
Auctoritas es un sustantivo que viene del supino "autum" del verbo latino "augeo", (de donde se derivan auge = elevación grande en dignidad o fortuna y aupar =levantar o subir a una persona) y significa la potestad o preeminencia que tiene alguien, que lo distingue y lo eleva sobre los demás(superioridad de mérito, de ciencia, o de función) e implica confianza, respeto y acatamiento.
Alguien puede tener autoridad simplemente porque se le designó o se le nombró para un cargo administrativo con su ámbito de jurisdicción y funciones precisas (autoridad deontológica= del deber ser) y, a lo mejor sin tener el carisma o sin estar provisto de otro tipo de autoridad que le dé peso a las decisiones y orientaciones que pretende inculcar, es decir sin la autoridad del hombre que tiene el saber y conoce su oficio(autoridad epistemológica = sabe más y mejor: por eso tiene autoridad). Cfr. Bochenski J.M. OP . "Qué es la autoridad?" , Biblioteca Herder, Barcelona, l979) Muchas veces se puede tener la autoridad administrativa por nombramiento o un acto electivo legítimo, lo mismo que la autoridad propia del hombre que sabe y conoce su oficio y, sin embargo, no aparecen respaldadas ni por una vida ejemplar ni por la coherencia entre lo que se piensa, se dice, se decide y lo que, a la hora de la verdad, se hace (autoridad moral = transparencia de vida). La tan cacareada crisis de gobernabilidad, en el fondo, es una crisis de autoridad moral que tiene su fundamento en la incoherencia y vulnerabilidad de los representantes de la autoridad, que no pocas veces defraudan con su deficiente competencia y por sus continuas manifestaciones de apego y abuso del poder.
Los actos de la autoridad deontológica suelen llamarse decisiones que contienen órdenes, mandatos, reglamentos, pautas de conducta que están ligados a los objetivos y al cumplimiento de los fines específicos de la institución. Tales decisiones presuponen todos los procesos previos de participación, diálogo, reflexión, consultas, consensos y gran respeto por los destinatarios. Los actos de la autoridad epistemológica se manifiestan en análisis, aseveraciones, proposiciones, creaciones, juicios de valor, actos propios de quien es poseedor de conocimientos y de una alta dosis de sabiduría.
Si la autoridad epistemológica corre el riesgo de ceder a la tentación del orgullo despreciativo de quien siempre quiere sentar cátedra en todo menospreciando al que no sabe, la autoridad deontológica puede verse viciada en su ejercicio por una doble tendencia: ya sea por "el dejar hacer" ("laissez-faire") que pronto degenera en anarquía y caos, o bien, movido por cierto afan protagónico y ganas de intervenir en todo, que raya en el autoritarismo. Todo se decide desde arriba y en forma autocrática , sin la más mínima participación y diálogo de los implicados en la decisión, fomentando la sumisión ciega y servil. Cuando la autoridad es suplantada por el ansia del poder se empieza, entonces, a hacer ostentaciones de poder para marginar e incluso humillar a quien se atreva a criticar o cuestionar su ejercicio, o bien se utiliza para provecho propio, apelando casi siempre a un comportamiento arbitrario . Naturalmente las instituciones sometidas al vaivén del arbitrio del directivo de turno, a la larga, se ven afectadas negativamente.
Un directivo que necesite acudir a sentar autoridad y hacer alardes de poder, escudándose en interpretaciones sesgadas o amañadas de los estatutos y reglamentos, en esa precisa medida su autoridad se irá tornando más despótica, más autoritaria y, por lo mismo encontrará más resistencia y oposición. Para imponerse, entonces, recurrirá a la lógica de la obediencia y de la sumisión callada más que a la lógica de una responsabilidad compartida. El directivo autoritario tiende a apoyarse en el poder coercitivo cuando teme que no obtendrá sumisión. Entonces, controla a los demás por medio del miedo y el enfoque de la "mano dura", que pocos defienden en público pero muchos están dispuestos a usar cuando se sienten amenazados y lo juzgan conveniente y parece funcionar en determinados momentos. Pero su eficacia es mera ilusión. Pronto descubrirán que su control es reactivo y temporal, porque el poder coercitivo impone una carga psicológica y emocional tanto a los líderes como a sus seguidores: alienta la sospecha, la adulación, la mentira, la deshonestidad y, a largo plazo, la disolución. El directivo autoritario crea, entonces, un descontento que frecuentemente no sale a la superficie del grupo, pero si provoca malestar y cierta agresividad latente y represada.
En el otro extremo está el directivo permisivo y blandengue que vive su liderazgo del "laissez-faire" (dejar hacer). Mucha gente prefiere este estilo de autoridad porque les resulta más conveniente y útil pasa sus intereses personales ; pero para las instituciones y colectivos viene a ser fatal para la realización de sus propósitos y el cumplimiento de sus objetivos. Cada vez se reconoce más que las relaciones basadas en el poder utilitario conducen a menudo al individualismo y no al trabajo en equipo y a la eficacia del grupo.Y como la virtud está en el medio , entre esos dos extremos de concebir y encarnar la autoridad debe haber un tercero, que es el poder centrado en principios, (Las causas por las cuales se sigue a los líderes son varias y complejas, pero las podemos examinar desde tres prespectivas diferentes, cada una de las cuales tiene distintas raices motivacionales y psicológicas. En un nivel las personas siguen a los líderes por miedo: temen lo que les pueda ocurrir si no hace lo que se les pide. A esto se le puede llamar poder coercitivo. Un segundo nivel de respuesta indica que se sigue a los líderes por los beneficios que se pueden obtener de ellos. Este podría llamarse poder utilitario. Hay un tercer nivel de respuesta, diferente en calidad y grado a los dos anteriores: el que se basa en el poder que algunas personas ejercen sobre otras porque estas últimas tienden a creer en ellas y en lo que están tratando de llevar a cabo. Son personas en los cuales se confía y a las cuales se respeta y se honra. Es el poder centrado en principios. Cfr. Stephen R. Covey, "Liderazgo centrado en principios", pp. 131-141, de. Paidos, Barcelona, 1995. Cfr etiam Santo Tomás " Regimine principum I, 1) la autoridad concebida como un servicio a una causa común y una responsabilidad compartida con los integrantes de dicha comunidad. Ejerce el liderazgo promoviendo el sentido de responsabilidad compartida o corresponsabilidad del grupo, haciéndolo partícipe tanto en el análisis de las situaciones y de los problemas como en las decisiones que se juzguen conveniente tomar, a sabiendas de que el bien aceptado por todos se obtiene con mayor rapidez y facilidad.
Tendrán más autoridad quienes estén más a la disposición de los demás, tengan vocación de servicio y el respaldo del saber y de una vida honesta. Lo ideal en un grupo humano - en este caso la Universidad - es que la autoridad administrativa y de gestión (autoridad deontológica) coincida con la autoridad epistemológica (la del saber) y con la autoridad moral (la de la probidad y transparencia de vida), y así lograr una autoridad real y no puramente nominal.
ETICA Y DOCENTES
Sin ninguna duda, el estudiante es el centro y el eje fundamental del sistema educativo. No obstante, el docente juega un papel vital en dicho sistema, no sólo como agente que contribuye en la tutela y desarrollo del patrimonio científico, cultural y humanístico mediante la investigación y la enseñanza, sino también, porque él es quien, a la hora de la verdad, está en contacto directo con el educando , quien más puede influir y dejar una huella significativa en la vida del estudiante, sobre todo, si no se ha contentado con ser un simple profesor sino que ha llegado a ser realmente un maestro. Es inevitable que en el proceso enseñanza-aprendizaje los estudiantes se vayan identificando con alguno o algunos de sus docentes. Se sentirán particularmente atraidos por su personalidad o por sus dotes morales e intelectuales o por su éxito profesional.
Con toda razón , los lineamientos para la acreditación de la educación superior insisten en que, para el logro de los objetivos de la institución y de los programas, se cuente con el número adecuado de profesores, con niveles de formación apropiados y con la dedicación de tiempo suficiente que garantice la calidad de la formación que se imparte. La excelencia académica de un programa hace referencia directa al perfil profesional buscado, a la pertinencia y relevancia de las estructuras curriculares, a la calidad de la relación docente-estudiante, al nivel de capacitación y pericia pedagógica del profesor, a la coherencia y alto grado de eticidad entre lo que se enseña y se vive. Un profesor de X facultad no podrá garantizar su calidad como docente mientras no posea el propósito de la excelencia, de sobresalir en el dominio en de su especialización, la mística de la disciplina que enseña, el hábito del estudio , el amor por la ciencia y la investigación y un sentido agudo de justicia y objetividad al evaluar el proceso de aprendizaje de sus alumnos. Por esta razón, institución universitaria que se respete debe tener criterios serios y objetivos de selección de sus docentes y procedimientos de capacitación y mejoramiento.
No se debe olvidar que la primera tarea que tiene el docente ha de ser la de educar. Educar (del latín educere = sacar desde dentro) significa contribuir a sacar de adentro, a extraer del adentro del individuo todo ese cúmulo de virtualidades y posibilidades que el ser humano posee en estado germinal. Por eso, no se puede confundir educación con instrucción. A veces, damos por aceptado el hecho de que la educación es simplemente un proceso de transmisión de conocimientos , y nada más. Lo cierto es que ya desde los griegos presocráticos la educación hacía referencia a dos fenómenos diferentes pero correlativos: el primero, el básico, era la formación integral del hombre, la formación de su carácter, la consolidación de su estructura personal, de suerte que el formando adquiriera una personalidad armoniosa e hiciera crecer en él todo ese cúmulo de posibilidades que posee en estado germinal, que fuera capaz de asumir en forma responsable la construcción de su propio destino y supiera resolver los problemas que el diario vivir le va presentado; el segundo, menos importante que el primero, se refería a la transmisión de los conocimientos técnicos, pragmáticos , científicos y filosóficos, que hacían de ese hombre un ser capaz de producir bienes y servicios en favor de la comunidad. Por ello la educación no puede medirse por la sola acción de informar, de poner en conocimiento algo (de instruir) sino por la capacidad de despertar y liberar (persuadiendo, convenciendo, dando razones) la gran potencialidad y diversidad de facultades que le permitan al educando crear y descubrir valores y metas significativas que le permitan darle una dirección y un sentido a su vida , hacer un proyecto vital, encarar los problemas y contratiempos de la existencia humana, valorar las cosas, especialmente con aquellos de quienes han recibido realizarse plenamente interactuando con los demás, con la sociedad, con la misma naturaleza. (Cfr. Ricardo Zornosa, anexo 1. "Colombia educadora", de "Educación para la democracia y las competencias" del tomo 2 de "educación para el desarrollo" de los Informes de comisionados II . Imprenta Nacional, 1995.)
El excesivo culto al valor de la racionalidad, derivado de la filosofía cartesiana, ha llevado a privilegiar en el sistema educativo la formación del intelecto mediante la instrucción, descuidando o dándole escasa relevancia a la formación de la voluntad (entendida como la facultad que permite al hombre orientar deliberadamente su vida hacia fines buenos para sí y para la sociedad) mediante la ética, y a la formación de su sensibilidad (sentimientos y emociones) que también es educable en la estética. Cfr. el interesante libro de Daniel Goleman "La inteligencia emocional", de. Javier Vergara, Buenos Aires, 1996, en donde demuestra que la inteligencia emocional nos permite tomar conciencia de nuestras emociones, comprender los sentimientos de los demás, tolerar las presiones y frustraciones que soportamos en el trabajo, acentuar nuestra capacidad de trabajar en equipo y adoptar una actitud empática y social.
El proyecto educativo institucional ciertamente tiene que diseñar un plan curricular de estudios , ajustado a lo fundamental de los programas que ofrece, que implica una articulación armónica y dosificada de asignaturas y contenidos que los alumnos han de adquirir mediante un trabajo disciplinar y metódico para su formación intelectual , de tal forma que se le enseñe al jóven a apropiarse de un saber determinado, a descubrir que el conocimiento debe ser fundamentalmente útil . Por lo mismo, no debe ponerse énfasis en una apropiación memorística del saber, sino que hay que enseñar a pensar, que el muchacho "se atreva a pensar" ("aude sapere"), a ser crítico y creativo, a discernir y juzgar a decidir y asumir responsabilidades, que no se extinga en él la capacidad de admiración, de intuición, de contemplación, de curiosidad, de resolver problemas. Aquí es donde el maestro aparece como imprescindible.
Pero también habrá que diseñar un plan para ese otro curriculum invisible que propicie su formación estética y su talante ético. No cabe duda que el cultivo del sentido y de los valores estéticos lleva al ser humano al mejoramiento de su vida y de su entorno y a la exaltación de su dignidad. Sabemos que la belleza es un valor trascendental y una necesidad fundamental del alma humana que, al mismo tiempo, abre los ojos y el camino a valores más altos: los éticos y religiosos.
Esa confusión que existe de reducir la educación a la mera transmisión de conocimientos (intrucción = formación de su intelecto) quizás explique el fenómeno de la corrupción, tan en boga hoy en día en las élites profesionales y en los diversos campos de la actividad humana. Quienes han recibido una educación superior para lo superior, en no pocas ocasiones dejan mucho qué desear en el ejercicio de su vida profesional al ser protagonistas de escandalosas actitudes antiéticas. Por eso, la educación debe ser ante todo de la voluntad, para que ésta se ejercite y se empeñe en hacer el bien y practicar la virtud. Educar es formar, y formar es dar una forma, una estructura sólida y estable, de suerte que dure toda la vida y cuyas características más evidentes son la libertad y serenidad de espíritu, la facilidad y el gusto para hacer el bien, el sentido agudo de justicia y equidad, de solidaridad, de moderación en todo y una buena dosis de sabiduría. Con toda razón se ha dicho que la ética es la estética del espíritu, la belleza espiritual de una persona.
Por otra parte, la educación, en su función socializadora, debe reforzar las actitudes que le permitan al individuo vivir en comunidad, transmitir y propiciar los valores que creen un clima social deseable y reavivar la conciencia de que "lo social " prima sobre "lo individual" y de que todo lo que se puede calificar de tener (bienes materiales, morales, intelectuales, espirituales) , debe estar siempre al servicio de los demás, tiene una función eminentemente social.( El editorial del ESPECTADOR del 13 de enero de 1997, "Hay que desentrañar la Universidad", hace un juicio critico del papel de la Universidad en el prospecto político de la nación, casi como si hubiera un deliberado propósito de mantenrla de espaldas al pais : "Hoy nuestra Universidad, la pública y la privada, - escribe el editorialista - hay que decirlo sin temor al escándalo, se aleja cada día más del país, y los universitarios son cada vez más ajenos a la suerte de la nación. Y la Universidad no hace nada, tampoco, por atraerlos hacia el conocimiento exacto y deliberante del país... Del manejo del Estado, en su acepción ideológica y moral, nuestros jóvenes universitarios parecen vegetar fuera de Colombia. Nada en ese aspecto les interesa, nada los convoca, nada los mueve ni mucho menos los preocupa")
El empeño educativo ha de cifrarse fundamentalmente en el aprendizaje para ser persona: aprender a ser, en gestión contínua y siempre inacabada. La elaboración del ser sólo termina con la vida misma: siempre habrá algo que aprender, valores que descubrir, principios y conocimientos que espigar. Aprender a hacerse, que conlleva y exige el aprender a crear: educar para despertar la capacidad de invención, de creativa y de recrear las cosas, de ser parte más de la solución que del problema. Aprender a comprender, a ponerse "en el pellejo" de la otra persona y a. ver las cosas y los acontecimientos en su contexto vital. Aprender a adaptarse, en la plasticidad necesaria de las situaciones variables del diario vivir. El cambio es un valor, y la educación para el cambio es educación para vivir en él. Aprender a convivir, esto es, tomar conciencia que la educación no puede ser enseñanza para vivir el individuo sólo en su propia e intima individualidad , carente de todo nexo con la sintaxis colectiva. Aprender a "con-vivir", a "con-versar" que significa "estar unidos". La paradoja de nuestros tiempos, tan ricos en congresos, foros, asambleas, simposios, mesas redondas, reuniones: ¡vivimos "re-unidos", pero muy poco unidos!. (Cfr. ALFONSO BORRERO CABAL "Mas allá del curriculo", Conferencia XXIII del Simposi o Permanente sobre la Universidad. Ver sobre todo los "aprenderes" del Curriculo oculto.)
En conclusión, el quehacer universitario debe estar centrado fundamentalmente en la producción de conocimientos y en la formación integral de los educandos, de tal suerte que su labor redunde en beneficio de la comunidad y de su entorno social . Para ello es necesario imprimir en todos ese talante ético , porque la experiencia demuestra que sin normas éticas universalmente obligantes, las naciones se ven abocadas, por acumulación de problemas , a una crisis colapsante, es decir, a la ruina económica y desmoramiento social y político; que la política, sin ese talante ético engendra, por generación espontánea, corrupción, anarquía o represión; que un manejo de la economía sin principios éticos produce miseria y atraso y, por lo mismo, injusticia, para las grandes mayorías; que una sexualidad vivida sin ética deshumaniza al ser humano y lo torna esclavo de sus instintos ; que si las universidades se limitan a enseñar ciencia y tecnología corren el riesgo de formar bárbaros científicamente competentes que, formados sin principios éticos, constituyen los tipos más peligrosos de la especie humana, ya que pueden prestar su inteligencia y su preparación científica al servicio de causas innobles y deshumanizantes.
Faustino Corchuelo Alfaro O.P.
