Reforma del Estado y Paz
Javier Sanín S.I.

 

Del bloqueo a la reforma
Tanto el título de esta conferencia en el programa, como la primera parte del trabajo, sugieren que lo que el Estado necesita en Colombia es una reforma. Pero lo urgente es recrear el Estado. A ello se dedica la segunda parte.


Primera premisa
El Estado se constituye fundamentalmente para evitar que unos maten a otros, para acordar unas reglas del juego de la vida en sociedad, para determinar una autoridad a la que todos respeten. Es el producto de un pacto colectivo. A partir del acuerdo sobre lo fundamental se estructura el Estado, sus instituciones y su forma de gobierno.
Todo acuerdo de paz es en cierto sentido una refundación del Estado, puesto que el pacto de paz recrea al nuevo Estado, fija sus instituciones y sus formas, sus métodos de elección de la autoridad, sus maneras de juzgar, sus maneras de resolver los conflictos, de castigo, de mantenimiento de la hegemonía de las armas. El acuerdo de paz se transcribe en una Constitución que es Ley de Leyes, norma fundamental, guía de la acción.
La consecución de un acuerdo entre el gobierno y las FARC, o entre el actual Estado y los grupos insurgentes, equivaldría a un pacto de paz que necesariamente sería una refundación del Estado, que debe transparentarse en una nueva Constitución con unas nuevas instituciones y nuevas formas de gobierno, aceptadas por las partes que se comprometen a mantenerlas, respetarlas e imponerlas.


Segunda premisa
En un mundo en vías de globalización – lo que exige amoldarse a ciertas pautas políticas y económicas -, es imposible escapar a la constitución de un Estado sin obedecer a las imposiciones y tendencias de la historia, la región y el mundo Occidental. La única forma de gobierno aceptada en el contexto continental es la democracia política, acompañada económicamente del libre mercado. Es imposible escapar al modelo vigente, sin correr con el riesgo de ser aislados internacionalmente, imposibilitando así el desarrollo económico y social.
Colombia se halla en una situación de extrema debilidad en el plano internacional por sus problemas en todas las prioridades de la agenda internacional: narcotráfico, destrucción ambiental, Derechos Humanos, migración y desplazamiento interno, integración subregional, regional y mundial, pobreza, inclusión, competirividad.
Un pacto de paz y la subsiguiente recreación del Estado debe estar influida necesariamente por el interés de integrar al país en el democracia política, en el entorno internacional y en las grandes preocupaciones de la agenda internacional.


Tercera premisa
En el plano interno, es innegable que en Colombia, el actual Estado no tiene una aceptación generalizada de los habitantes, que no existe un pacto social que cimente el Estado. Y que hay una lucha armada para sustituirlo.
El Estado es contestado tanto en sus instituciones básicas como en la forma de ejercicio del gobierno derivado de su Constitución. Tradicionalmente se considera que el Estado se basa en la existencia, separación y mutuo control de tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial; en el monopolio de las armas por el Estado; en la actuación de las instituciones del Estado en todo el territorio; en un método de representación, elección y periodos fijos de los elegidos; en un aparato electoral autónomo. Todo para la debida garantía de los Derechos Humanos y políticos de la población.
Colombia tiene un Estado débil en todo lo anterior. El presidencialismo, la primacía del ejecutivo, se resiente en el legislativo y el judicial. El método de elección del legislativo no transparenta proporcionalmente al país en los órganos de representación, ni tiene mecanismos apropiados para su cabal funcionamiento. El poder judicial no rinde los frutos esperados. El control político es casi inexistente. La corrupción afecta desde el meollo hasta los últimos eslabones del Estado. El Estado es ineficiente e incapaz de actuar a favor de los excluidos. No actúa en la totalidad del territorio ni ostenta el monopolio de las armas. El aparato electoral, con ser el menos repudiado, tiene visibles grietas en cuanto a defectos estructurales que afectan la representación, dominio de los partidos en su cúpula, mecanismos para el mantenimiento del clientelismo y presiones armadas de la subversión para manipular los resultados electorales.
Los Derechos Humanos, cuya garantía es la razón de ser del Estado, son violados como casi en ningún país del mundo. Lo cual evidencia el fracaso del actual Estado y la urgencia de refundarlo, de recrearlo, a partir de un nuevo pacto social.
Por tanto es necesario substituir al Estado actual, por disfuncional a la democracia plena, por ineficaz para el cumplimiento de sus deberes básicos, por la corrupción que lo invade y por su incapacidad para ganar la guerra.


Cuarta premisa
La subversión ha probado hasta la saciedad su incapacidad de pasar de la crítica de las armas a las armas de la crítica. Lo importante para ella es la guerra, no la revolución. Su única dinámica es la guerrera, de copamiento de territorios y cercamiento de poblaciones, de victorias militares y escaladas guerreras. Presa de las armas y de la lógica militar, su cotidianidad es sostener, cualificar y acelerar victorias parciales, sin mucha posibilidad de conseguir a corto plazo la victoria final. Lo que la desgasta, porque guerrilla que no obtiene rápidamente la victoria, cae en la delincuencia y la violación indiscriminada de los Derechos Humanos de la población. En aras del sostenimiento de la guerra se mezcla con el narcotráfico, el secuestro, la extorsión y la delincuencia común hasta bordear el bandidaje.
Las guerrillas no ofrecen hoy un modelo alternativo de Estado, un discurso por fuera del ataque repetido a las lacras del Estado actual. El paradigma del Estado socialista ha perdido toda vigencia y no encuentran un modelo de recambio. La pobreza ideológica, paradigmática y política de las guerrillas es lamentable. Igualmente, la ausencia de una clase política que la represente, que ofrezca un personal político alternativo al del sistema. Sin teoría política, sin horizonte económico y sin credibilidad como representante del pueblo o los excluidos, la guerrilla gira alrededor de sí misma y de su proyecto militar. Mientras suscita una contraguerrilla, de semejantes métodos y sin urgencia de modelo alternativo puesto que su ideología es la defensa del sistema actual, que le disputa su territorialidad y sus posibilidades militares.


Quinta premisa
El temario de la Agenda común por el cambio hacia una nueva Colombia, acordado entre el gobierno Pastrana y las Farc, enuncia someramente los lineamentos de un nuevo Estado en tres bloques: desarrollo económico y social, Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario y Reformas políticas. Son puntos críticos, de los cuales el primer conjunto establece un marco para el desarrollo económico, el segundo un método para desactivar la guerra por medio del cumplimiento del DIH y el respeto a los DD.HH. y el tercero unas reformas políticas que harían factible el cumplimiento de los dos primeros. Sin embargo, no se indica hasta dónde iría la reforma: si desde una refundación total del Estado o unas reformas al actualmente existente. Por los enunciados de la Agenda Común, la tercera parte, de reforma política, del Estado y de la justicia no se infiere que la reforma vaya más allá de la que ha estado sobre el tapete en la discusión de los últimos años, es decir, después de la Constitución de 1991.
De las tres partes de la agenda, la que refiere a la reforma del Estado como vinculada a un pacto de paz, comprende los siguientes aspectos:
6.- Reforma de la justicia
6.1 Sistema judicial
6.2. Organos de control
6.3. Instrumentos de lucha contra la corrupción
6.4. Narcotráfico.
7. – Reforma política para la ampliación de la Democracia
7.1. Reforma a los partidos y movimientos políticos
7.2. Reformas electorales
7.3. Garantías a la oposición
7.4. Garantías para las minorías
7.5. Mecanismos de la participación ciudadana
8.- Reformas del Estado
8.1. Reformas al Congreso
8.2. Reforma admnistrativa para lograr una mayor eficiencia en la administración pública
8.3. Descentralización y poder local
8.4. Servicios públicos
8.5. Sectores estratégicos

Como es fácilmente perceptible los anteriores enunciados, en su absoluta simpleza, están despojados de cualquier indicación sobre la dirección, contenido o propósito de las reformas. Pero la escogencia de los enunciados, por qué estos y no otros, determina el rumbo sin comprometerse en contenidos específicos o en doctrinas que serían concretadas bajo los titulares.
El apartado sobre Reforma Política sugiere que se tratarán los mismos temas de la Comisión para la reforma política convocada por el presidente Samper y presidida por el ministro Serpa, con el añadido de la participación ciudadana que lo único que justifica el volver a ser considerado es la aplicación total de la ley del embudo a la participación: mientras la Constitución del 91 fijó ampliamente los mecanismos de la participación, la ley los redujo al poner unas condiciones tales para su ejercicio que hace imposibles fundamentales maneras de participar. Se trataría entonces de corregir la ley para permitir la participación constitucional.
En las Reformas del Estado, no se considera – por ejemplo – una reforma al presidencialismo, sino al Congreso, sin indicar lo que se pretende. El congreso de Colombia es uno de los más anticuados en su estructura, no se ha modernizado como los del resto del continente, y las reformas introducidas en la Constitución del 91 no parecen haberlo hecho más representativo, ni más eficiente. La reforma administrativa no parece superar la llamada modernización del Estado. La descentralización y el fortalecimiento del poder local, que sería la base de una reforma total del mapa político administrativo y la oportunidad para reformar completamente la incipiente descentralización actual, si nos atenemos a la última discusión parlamentaria no pasaría de ajustes fiscales. Respecto a los servicios públicos, ni la participación ciudadana en sus juntas, ni la inversión estatal, ni la privatización parecen haber causado el vuelco necesario para que la población tenga más y mejores servicios de educación, seguridad, agua potable o electricidad. La definición de sectores estratégicos sugiere que se seguirá con la discusión sobre sectores estatizados o privatizados, de grande o pequeña inversión pública, de sectores víctimas de la voladura por parte de las guerrillas y de sectores nacionalizados, regionalizados o municipalizados.
El reto está en no dejar que los enunciados pactados por el gobierno Pastrana y las Farc se queden en la discusión ancestral sino que sean llenados los moldes con pautas y contenidos nuevos, que le marquen al país nuevas metas, verdaderas revoluciones que hagan sostenible la paz y el desarrollo en un puntilloso cumplimiento de los Derechos Humanos. Lo peor que podría pasar es que la reforma fuera tan insignificante que volviéramos al ciclo decimonónico de hace una guerra para obtener una constitución y otra guerra sucesiva para tumbarla.

De la reforma a la refundación
El Estado colombiano no debe ser reformado sino refundado. Darle una nueva legitimación, construirlo sobre nuevas bases, orientarlo en otra forma, crearle unas instituciones diferentes. En esta visión proponemos unas rutas.

Primera ruta: la división y organización de los poderes
Segunda ruta: la descentralización como “autonomías” y la división político administrativa.
Tercera ruta: la simplificación jurídica y la aplicación de justicia
Cuarta ruta: la profundización de la democracia
Quita ruta: la inserción en la globalización
Sexta ruta: el esquema político y electoral
Séptima ruta: armas para la seguridad democrática
Octava ruta: Estado social para la inclusión y la superación de la pobreza

Primera ruta: la división y organización de los poderes
En consonancia con los demás países latinoamericanos, la característica del sistema colombiano es el presidencialismo. A los grandes enunciados constitucionales sigue siempre una letra menuda o una tradición que confiere el poder al presidente. La personalización del poder en el mundo contemporáneo y la necesidad de mediación a través de los medios de comunicación, hace que el poder presidencial entre hasta los dominios más nimios. La globalización de la economía, con su urgencia de decisiones rápidas, grandes negocios y privatizaciones ha aumentado el ancestral clientelismo a disposición de los presidentes, mientras el debilitamiento del poder legislativo ha creado vacíos rápidamente ocupados por el ejecutivo, poseedor además de lo instrumentos de planeación, de las estadísticas y de los aparatos ejecutores.
El parlamento, al no tener función de gobierno – como en los regímenes parlamentarios – y al ser elegido por el sistema de representación proporcional, que favorece la expresión de intereses, se ha convertido en un sitio para el consenso y el cabildeo, del cual no necesita el gobierno sino para la aprobación del presupuesto y de ciertas iniciativas. Su composición, por la distribución censal y la tradición, dista mucho de representar al país: la elección de senado por listas nacionales ha sido torpedeada por la operación avispa y se quedan sin representación los departamentos pequeños y en general todo el sur del país; la elección de Cámara tampoco es acertada. No se diferencia el campo de la ciudad y las circunscripciones departamentales son demasiado grandes; la elección por listas se ha vuelto formalista y la realidad es una elección uninominal del cabeza de lista; el sistema favorece los partidos tradicionales y la mitad de los votos se pierden en pequeñas aventuras.
La repetida práctica política de constituir mayorías al interior del Congreso con base en “colaboracionistas”o “lentejos”, que lo único que indican es la urgencia de los parlamentarios de mantenerse cerca del Ejecutivo para sostener sus prerrogativas regionales o burocráticas, señala que el sistema al no propiciar la oposición ni el recambio alternativo, está viciado. En estas condiciones el Congreso no se justifica en sus objetivos fundamentales y es solamente un vehículo de apropiación clientelista, de fortalecimiento del Ejecutivo – del presidencialismo -. Por eso es necesario diseñarlo completamente diferente.
Los cuerpos colegiados departamentales son inútiles y causan un desangre desaforado a las arcas departamentales. Tienen demasiados miembros, a demasiado costo. También deben rediseñarse completamente. Al igual que los consejos municipales. Toda la rama legislativa del poder público es obsoleta, corruptora, ineficiente; está desprestigiada y apenas sirve para la preparación del personal político.
El poder judicial está completamente bloqueado, a pesar de las reformas de 1991 y de hecho no procesa sino pocos de los casos llevados a su consideración, haciendo de la impunidad su principal escollo. Para percibir su ineficiencia basta pensar que Colombia ostenta los más altos índices de homicidios del planeta por cada cien mil habitantes, pero de los más bajos en número de presos; es el mayor productor y exportador mundial de alucinógenos, pero ni siquiera tiene un sistema expedito de extradición o de castigo al interior del país – sino cárceles de privilegiados de “alta seguridad” de las cuales se escapan a voluntad. Es de los países con menor gasto militar por cada cien mil habitantes, pero cada soldado en acción requiere de ocho de apoyo y apenas si una tercera parte permanece en operaciones. Tiene el campeonato de secuestros por año y número de habitantes, pero a poquísimos se les condena por tan execrabe crimen. Y así sucesivamente. El sistema judicial tiene que ser recreado desde las raíces.
Es necesario repensar la división de poderes haciéndola real: para ello es urgente repensar la composición y forma de elección de los parlamentarios y magistrados y delinear las instituciones para que cumplan los fines de la democracia, separar los poderes de manera que no se interfieran y funcionen y reducir el presidencialismo. El sistema electoral debe servir para separar los poderes, dar representación equilibrada a las regiones y representar el poder nacional, suscitar la participación y evitar los trucos electorales, fraudes y abusos clientelistas.

Segunda ruta: la división político administrativa y la descentralización
La división por departamentos se ha mostrado incapaz de gerenciar el desarrollo, representar las regiones y conseguir un progreso armónico del país. Lo que se ha creado, en correspondencia con el centralismo, es una capital enorme e ingobernable, rodeada de departamentos débiles y municipios incipientes. Lo que se repite en cada departamento: crece la capital, el departamento es incapaz de manejar las cosas convenientemente y los municipios se debilitan. El esquema de descentralización es un fracaso, cuesta demasiado – porque se roban buena parte de la plata entre la asignación del situado fiscal y otras rentas y el usuario -, descuadra las cuentas nacionales, hace a los municipios dependientes del poder central – por ello los alcaldes viven en Bogotá consiguiendo dinero -, impide las alianzas para obras comunes, no alimenta una sana interrelación entre la capital departamental y los municipios del departamento.
Sería bueno buscar un esquema completamente diferente: cuatro o cinco regiones fuertes – Atlántica, Pacífica, Centro, Sur - , con gobernador y gobierno regional, provincias y parroquias; crecer el tamaño de los municipios y rebajar el número; reducir el número de empleados públicos; regionalizar los servicios públicos; poner policías regionales y parlamentos regionales; posibilitar el cobro de impuestos regionales y locales; diversificar el precio de la gasolina y otros productos según producción regional, cercanía y necesidades; acabar con las regalías repartidas desde Bogotá; crear entes regionales de obras publicas; regionalizar los partidos políticosy volver las asambleas unos organismos técnico-políticos con representación de las provincias y municipios; regionalizar las loterías e impuestos de juegos, licores etc.; desmantelar los ministerios nacionales, los institutos descentralizados y las empresas nacionales del estado y dar a cada región la posibilidad de organizar sus servicios a su manera; repartir el ejército en las regiones según situación de orden público.
Sobretodo es urgente dar posibilidad a todos los mecanismos de participación y control ciudadano a nivel regional y local para que controlen a sus gobernantes. No más sindicatos nacionales, institutos nacionales, maestros nacionales o funcionarios nacionales.

Tercera ruta: simplificación jurídica y aplicación de justicia
Colombia es un país sobrejudicializado, saturado de leyes, códigos y procedimientos; con legislaciones que se entrecruzan y un santanderismo desaforado. Para nada: para impunidad. La población vive en la informalidad económica, laboral, jurídica y social. Es necesario sacarla de la informalidad y volverla a la formalidad, reduciendo drásticamente lo jurídico a lo fundamental, castigando al infractor y dejando a los tribunales solamente lo que les compete, pasando el resto a jueces de paz, componedores, tribunales de vecinos. Ir a lo fundamental en el respeto a la vida y los bienes; privilegiar los Derechos Humanos, crecer la Tutela; acabar con las vagabunderías. Hacer una amnistía para que los ciudadanos normalicen la propiedad, las rentas etc. Crear seguridad jurídica y dejar de estar cambiando cada día por sentencias más políticas que jurídicas.

Cuarta ruta: profundizar la democracia
Del abismo no se sale destruyendo la democracia sino profundizándola. Para ello es necesario empezar por el nivel local, escolar, vecinal. Haciendo que las decisiones que afectan a la comunidad sean tomadas electoralmente por mayoría; dando poder a los cuerpos colegiados y control a los ciudadanos, volviendo al municipio la célula primigenia de la democracia. Luego pasando al nivel regional y de allí al nacional, dando siempre más poder a los cuerpos colegiados que a los funcionarios del ejecutivo. Que haya verdadera representación en todos los niveles, para lo cual es urgente renovar el sistema electoral y el de partidos.
La reforma política no se puede reducir a ajustes nimios que solo garanticen ventajas para los partidos tradicionales, oposiciones de opereta y códigos morales insubstanciales y fácilmente desechables. Es imprescindible crear un sistema político completamente nuevo, representativo, escalonado, transparente y simple.

Quinta ruta: la inserción en la globalización
La globalización supone el fortalecimiento regional y nacional, pero no en los conceptos superados del Estado-Nación, en el aislacionismo y la baja tasa de democracia. Si se piensa en Colombia como una nación de fronteras, donde cada región las tendría como reto para las exportaciones y el crecimiento económico y cultural, se podría diseñar un país donde la zona Atlántica se dedicara a mirar al Caribe y al Atlántico, a explotar sabanas, aguas, tierras de agricultura industrial, industrias para esos mercados; la zona Pacífica se arrimara al fin al Mar del Milenio y a los países del litoral; el Oriente se integrara con Venezuela y el cuerno de sudamérica; el Sur fuera el mar verde del oxigeno y la ecología del futuro. Cada región participando en los organismos binacionales o multilaterales de integración y sumando en lo subregional e internacional.
Con paz y reglas del juego claras y permanentes, se podría soñar un país que en vez de ser una amenaza, una caldera del diablo, para el vecindario, fuera un emporio de riqueza y bienestar. Para ello hace falta optar por no ser un país de delincuentes y narcotraficantes, de guerrilleros y secuestradores, de violadores empecinados de los Derechos Humanos, de autoritarios anacrónicos. Hace falta optar por vencer la pobreza y la ignorancia, por distribuir el poder y el dinero, por imponer normas de competitividad, por no gastar tanto en defensa, por ampliar los servicios básicos y sobretodo por educar. A Colombia la constituye casi una mitad de jóvenes, pero la educación en ves de crecer y mejorar, decrece. Y en el mundo de hoy la competitividad nacional surge del conocimiento. Que es en lo que menos se invierte como investigación y tecnología. Estamos empantanados en una discusión estéril entre educación pública y privada, entre educación para pobres y ricos, entre educación primaria o bachillerato, que es necesario superar y empezar un gran propósito nacional de educar a la juventud, con todo el gasto concentrado en ello.
La globalización es un cambio de mente de lo parroquial a lo universal, pero Colombia sigue aislada, mirando su propio ombligo, detenida en el tiempo y el espacio, víctima de su inmenso dolor diario, de su guerra, de sus masacres, de su conquista del territorio por mercenarios de todos los horizontes; vuelta su cabeza hacia atrás, como en el principio de la constitución de la nación, sin poder salir del siglo XIX a pesar de haberle transcurrido el XX y sin darse cuenta que entramos en el XXI.
La globalización son medios de comunicación, información instantánea, tecnología, productos internacionales, política y economía mundial: en todo ello estamos en el principio, en la creación del mundo.

Sexta ruta: el esquema político y electoral
Un tratado de paz conlleva un esquema político que incluya a los actuales contendores, les permita acceder al poder, representar a sus partidarios. En un sistema democrático, porque el absolutismo, el autoritarismo o la dictadura – así se pretenda del proletariado – no tienen cabida. El actual sistema político es excluyente. Por lo tanto es necesario abrirlo, extenderlo, reconstruirlo, hacerlo a la medida de las circunstancias. Sea creando circunscripciones especiales para ciertos grupos políticos, étnicos o de género. Sea organizando “acciones positivas” para favorecer e impulsar expresiones políticas hoy sin posibilidad de representación. Sea distribuyendo los puestos públicos entre los pactantes. Sea redistribuyendo el poder en los órganos colegiados. Sea permitiendo estructuras políticas y administrativas diferentes en ciertas zonas del país. Sea con la creación de regímenes diferentes en zonas determinadas. Todo dependerá de las condiciones del pacto y de la sostenibilidad de la paz.
El esquema electoral debe adaptarse a las características del pacto de paz y ser el aval de la sostenibilidad. Por eso es necesario estar abiertos a reconsiderar el valor de la representación por listas, el cociente electoral, la distribución de circunscripciones, el valor del voto etc. etc.

Séptima ruta: armas para la seguridad democrática
El peor problema de la pos paz es el armamento que queda disponible para la delincuencia. La recolección y control del armamento se verá obstaculizada por la necesidad de proteger la vida de los pactantes. Aunque el modelo ideal sería la suspensión de acciones armadas simultánea por parte de las guerrillas, el ejército y los paramilitares, es difícil concebirlo en los actuales momentos. Y es aún más complicado pensar en un programa de desarme con los intereses del narcotráfico, la tendencia a armarse de la población, la magnitud de la delincuencia común, la dificultad para desactivar el negocio de armas y la cadena de venganzas que seguiría a un pacto de paz. Más los grupos de recalcitrantes, desconfiados y convencidos de la continuidad de la guerra. Más las manos que solo saben disparar y continuarán al servicio mercenario o en la organización de nuevos grupos de muerte.
Por lo anterior es indispensable que el pacto de paz considere al menos una tregua indefinida o un tiempo que haga obsoleto el armamento e impida la renovación. Y que la autoridad decomise, destruya e inutilice las armas de la guerra, prohiba y haga cumplir la prohibición de introducir o fabricar armamento. Con legislación de emergencia absolutamente radical. Y que el Estado tenga la hegemonía de las armas, sin permitir ninguna calistenia jurídica o política. De lo contrario es imposible poner las armas al servicio de la paz y la seguridad democrática.
A la democracia hay que defenderla y defenderla con las armas. El país no puede volver a caer en la tontería de creer que la democracia se defiende sola. La experiencia ha sido demasiado aleccionadora, cruel y sangrienta como para repetirla. Por ello el esquema político debe ser tan democrático y abierto que permita la lucha política total, pero prohiba también totalmente el recurso a las armas.
Para Colombia será muy difícil salir del actual estado de cosas donde cada acción política supone un grupo armado detrás, sea para buscar los votos, para que se permita hacer campaña, para atajar al contradictor, para dejar en el territorio únicamente a los amigos o para imponer a sus candidatos. Hoy la política está armada hasta los dientes. Hacer política sin armas será el gran desafío de la pos paz. Y para poder hacerla es imprescindible que el monopolio de las armas recaiga exclusivamente en el Estado.

Octava ruta: Estado social para la inclusión y la superación de la pobreza
El Estado actual es excluyente, no tiene como divisa y propósito la inclusión de la enorme parte de la población que vive por fuera de la juridicidad, la economía, la cultura, la política y la sociedad. La mitad de la población colombiana urbana sobrevive en la pobreza o la miseria, mientras en el campo las estadísticas son aún peores. El empobrecimiento se acrecienta cada día, mientras la desnutrición y la ausencia de educación se multiplican. La guerra no permite superar la inversión pública en defensa por inversión en redención social, ni permite la inversión privada o la extensión del empleo, la baja en corrupción o la industrialización. Todo está bloqueado por la guerra y no hay futuro sino en la paz; ya se acabó la época “de la economía va mal pero el país va bien”; ahora economía y país se condicionan mutuamente y no habrá recuperación económica sin paz.
La pos paz se debe caracterizar por hacer un país inclusivo donde la inversión se vuelque a seguridad, inversión pública y privada, servicios básicos y programas de inclusión de marginados, desplazados y campesinos. Un Estado para pagar la enorme deuda social que ha significado la guerra; un Estado para beneficiar a las víctimas, un Estado pedagógico que fije las prioridades en lo social y defienda con las armas el esquema de la negociación y de los acuerdos, que obligue al cumplimiento sin esguinces de lo pactado.
Para salir del bloqueo es necesaria la paz. Para reconstruir o refundar el Estado es imprescindible la paz. Para tener futuro, y no solo un pasado tenebroso, es urgente la paz.

E-mail: faustoc@cable.net.co


Indice General de la Provincia de San Luis Bertrán de Colombia O.P.
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