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QUIÉN ELEGIR COMO SUPERIOR?Faustino Corchuelo Alfaro, O.P
Es normal que surja espontáneamente en la mente de los electores, sobre todo de aquellos que representan a las comunidades locales y que tendrán participación activa con un voto decisivo, la pregunta: ¿A quién elegir como Superior? ¿Quién podrá ser esa persona ideal que nos deba gobernar? Con relación al gobernante, ya desde Platón, las respuestas tradicionales han sido: "el mejor", "el más sabio", "el prudente", "el que tenga madera de líder", "el que escoja la mayoría", "la misma comunidad", etc. La pregunta parece mal formulada y su respuesta no deja de encerrar ambigüedades. Esta pregunta debe sustituirse por una cuestión totalmente diferente y más modesta: ¿Cómo podemos organizar la Provincia, nuestras comunidades o instituciones de forma que quienes la presiden (Superiores, Rectores, etc.), no resulten incompetentes o indeseables? Y, si esto llega a pasar, lo cual, por supuesto, hay que intentar evitar a toda costa, de suerte que causen a las instituciones y a las personas sólo un mínimo de daño.
Por eso, creo que hay que cambiar el modo de llevar a cabo un Capítulo Provincial. Por ejemplo, no hay que apresurarse al acto de la elección del Provincial, ni estar pensando en tal o cual persona para desempeñar dicho oficio, sino, mas bien, estar más preocupados por definir la misión de la Provincia de cara al futuro y contar con un proyecto común que sirva de orientación para este próximo cuatrienio, tal como lo pide el Maestro de la Orden en su reciente visita a la Provincia. Luego, sí tratar de definir el perfil del cargo de Provincial y analizar quién se aproxima más a ese perfil ideal, sin dejar de olvidar que no existen ni existirán personas ni superiores ideales e infalibles, y que lo mejor es enemigo de lo bueno.
Creo que es legítimo preguntarse ¿cuáles son esos criterios valederos que deben primar en la mente y el corazón de los electores en el momento crucial de dar el voto por equis persona que deba regir los destinos de la Provincia y animar la vida de la comunidad en el próximo cuatrienio? A este propósito, me llamó poderosamente la atención el número 446 del libro de las Constituciones cuando señala un criterio, que me parece fundamental: "el derecho de elegir es sobre todo en orden al bien común (público) de la Orden". Es decir, que el bien público de la Orden y de la comunidad Provincial es el que debe estar en la mente y en el corazón de los electores. "Votar en un Capítulo es completamente diferente a votar en un parlamento o senado. El voto, como el debate, forma parte del proceso por el cual intentamos discernir lo que pide el "bien común". La finalidad de la votación no está en decidir si triunfará mi voluntad o la de los demás hermanos, sino en descubrir qué exige la construcción de la comunidad y la misión de la Orden". Cuando prevalecen otros criterios, se puede presagiar, sin ser profeta de desgracias, que La Provincia puede ir de mal en peor.
Porque sucede, no pocas veces, que cuando llegan esos momentos decisivos de elegir a un prior, ya sea de un Convento o de la Provincia, otros criterios e intereses personales o de grupo prevalecen, en detrimento del bien común de la Provincia y de la Orden. Es posible que en estos momentos ya algunos aspirantes al cargo estén lanzando su candidatura, porque -como anotaba Voltaire- "debe ser muy grande el placer que proporciona el gobernar, puesto que son tantos los que aspiran a hacerlo", o que los electoreros de turno estén haciendo sus rondas por la Provincia o vía telefónica, tratando de influir sobre los electores para que voten por el candidato de sus preferencias. "Cuando de elecciones se trata –apunta el P. Sedano- en realidad muchas veces no se elige. Unos pocos, a veces uno sólo, son quienes imponen el candidato con base a conciliabulos secretos y conquista de votos. Y cuando se trata de otros puestos importantes por nombramiento, el montaje de las presiones, de los halagos y promesas siguen su funcionamiento." Entonces comienza a desplegarse toda una campaña de publicidad en favor del candidato, exaltado sus virtudes y cualidades de líder, y haciendo ver que es la persona ideal para el "mejor bien" de la Provincia y de la Orden. Por otra parte, se comienza también con una campaña de desprestigio de los otros candidatos del sonajero. Se les descalifica de tajo, se exageran sus defectos, cuando no se recurre al chisme y la calumnia.
Ojalá me equivoque, pero no pocas veces, uno tiene la impresión de que se llega a los Capítulos Provinciales con todo pre-montado, con base a componendas y acuerdos previos: el Provincial, los Consejeros de Provincia, el Síndico y los demás puestos claves ya aparecen asignados de antemano, dejando esa sensación de manipulación y de intereses creados. No obstante, se invoca la asistencia del Espíritu Santo para que los ilumine en el momento de escoger las personas para dichos oficios. Unos pocos, los interesados, mueven y calculan todo con táctica maquiavélica, hacia el fin premeditado; los otros, quizá la mayoría, ingenuamente creen en la bondad del derrotero y la finalidad perseguida: "el mejor bien de la Provincia". Claro que muchas veces se identifica "el bien de la Provincia y de la Orden" con los intereses personales o del pequeño grupo de simpatizantes.
Otras veces, se cuece en el ánimo de los frailes y de los electores el deseo que el Superior a elegir ha de ser de corte más bien bonachón y permisivo, que viva el lema del "dejar hacer" ("laissez-faire"), alguien que no moleste tanto ni se meta en "mi vida privada" o se oponga a "mis proyectos y planes personales". Mas que estar pensando en alguien que promueva el bien de la Provincia, se puede estar pensando en alguien que favorezca los intereses personales o de grupo. En el otro extremo, estaría el superior impositivo y autoritario, que para imponerse recurre a la lógica de la obediencia y la sumisión callada, más que a la lógica de una misión y responsabilidad compartida. Se apoya, entonces, en el poder coercitivo y pretende imponerse a la brava y con mano dura. A nadie le gusta este tipo de autoridad y siempre se procura sacarle el cuerpo, dado que genera espontáneamente un descontento general y una actitud reactiva.
Por otra parte, es normal que cada quien tenga "in pectore" su propio candidato, como también es plausible que no se tenga claro quién podría ser esa persona ideal que deba asumir las riendas de la Provincia. Si deba ser un joven, lleno de vigor y de entusiasmo apostólico, o una persona cargada de años y de experiencia, que sepa lidiar a los frailes en el difícil arte de gobernar una comunidad; si debe ser un hombre de estudio que estimule a los religiosos a ser una presencia significativa en la Iglesia y la sociedad, o alguien con madera de líder, una especie de ejecutivo que dinamice a la comunidad, a la manera de un gran gerente en una empresa. Si del teólogo -decía Lacordaire- "es un hombre imposible", porque requiere de un saber complejo que implica muchas ciencias, lo mismo se podría decir de un superior ideal que debe conjugar en su persona de todo un poco. El libro de las Constituciones, cuando habla del fraile que se haya de elegir, señala una serie de cualidades de las cuales ha de estar revestido, y que han de servir como criterio a los electores: "Ha de ser prudente, caritativo, celoso de la observancia regular y del apostolado" (LCO 459, paragr. 1). Es decir, que en el fondo está indicando cuatro cualidades básicas que se han de tener en cuenta en el momento de elegir a equis persona para el oficio de Prior Provincial.
Si la prudencia es una virtud imprescindible en la vida de cualquier persona, lo es con mayor razón para quien debe gobernar a otros, se llame padre de familia, gerente de una empresa, director de un grupo, jefe de estado, superior de una comunidad eclesiástica o religiosa. Por eso, en la jerga clerical se suele decir esto: "El santo que nos ayude a ser más santos; el sabio que nos enseñe; el prudente que nos gobierne".
La prudencia, como la virtud de la mesura, debe mantenerse en el justo medio ("virtus est in medio") entre dos extremos: la temeridad e insensatez y la cautela medrosa e irresoluta. En el ejercicio del gobierno, tanto las actitudes caprichosas e irreflexivas como la falta de previsión, es decir, de esa capacidad de medir las consecuencias de las decisiones u omisiones asumidas, lo mismo que la precipitación o la negligencia en tomar decisiones resulta desastrosa para la comunidad gobernada. El superior prudente sabe que, en determinadas circunstancias, tiene que tomar decisiones y dar órdenes y encargos, pero tiene que cerciorarse de que se cumplan y así dar muestras que realmente tiene autoridad. Por otra parte, debe saber distinguir entre lo que es urgente y lo que en verdad es importante. Cuando se pone el acento en cosas secundarias es un signo claro de cierta debilidad espiritual.
Si la prudencia es, en el plano de la vida humana, la "auriga virtutum", la caridad es, en el plano de la vida cristiana, la "regina virtutum", tal como lo ha enseñado la teología tradicional, la virtud que preside e informa el resto de las virtudes. Una comunidad religiosa no es una empresa y, por lo mismo, no puede ser dirigida ni gobernada al estilo y con los criterios como se maneja una empresa comercial o de servicios. Ella tiene una misión, con unos objetivos y un estilo de vida diferentes, de otro orden, espiritual y apostólico. Además, cada miembro de la comunidad tiene una vocación propia, con sus carismas, sus talentos, su personalidad. En una comunidad, necesariamente compleja, el ritmo de cada miembro es diferente. Los hay lentos, impetuosos, en crisis, fuertemente tentados , etc. Esto coloca al superior en una situación nada fácil. He ahí el misterio y el gran patrimonio con que cuenta la comunidad religiosa, pero, al mismo tiempo, la tarea delicada y compleja que tiene un superior de integrar esa riqueza en el engranaje de ese gran todo que es la comunidad.
Un superior caritativo trata a los frailes de su comunidad con respeto y consideración, está dispuesto al diálogo y a meterse en el pellejo de cada quien para comprender de modo empático los proyectos y carismas personales, los temores y preocupaciones, los miedos y limitaciones que cada quien siente en lo más íntimo de su propio yo. Los escucha caritativamente y procura integrar el proyecto personal de cada uno en el gran proyecto comunitario. Se trata de suministrar un medio fraternal en el que se ayude a todos, asumiendo en común las lentitudes, los retrocesos, los pasos de gigante y los entusiasmos de sus miembros. Evidentemente, el prior Provincial no debe plegarse a los caprichos de los religiosos, como tampoco sacrificarlos en aras de la colectividad, sino discernir la manera típica como cada religioso debe vivir la vocación común. Amén de la caridad, aquí vuelve y aparece la virtud de la prudencia, en el sentido propuesto por santo Tomás, como la virtud que debe brillar en un superior.
La caridad, con todo ese cortejo de virtudes que han de acompañarla (I Cor. 13, 4-7), debe expresarse y acuñarse en las acciones más humildes de la vida ordinaria: actitud exterior, pero que debe ser un reflejo de la disposición interior; amor auténtico, sincero, pero que precisamente por serlo debe expresarse en acciones concretas. Y un superior ha de hacer gala de ella. Si una comunidad religiosa pretende vivir su vida fraterna al estilo puramente humano ("Psíquico") y no de un modo espiritual ("Pneumático) es explicable que surjan los conflictos y rivalidades, amén de que se pongan de manifiesto los centros de interés: ansias de poder y de perpetuarse en él, la búsqueda de puesto o cosas que representan un valor material, porque ellos dan status, dinero, posibilidades de viajes y otras prebendas. Un superior no puede hacer el juego a esta manera de concebir la vida religiosa.
Quizás, hoy día, por influjo del mundo empresarial y de la mentalidad pragmática se conciba al superior como una especie de gerente y su "modus operandi" se asimile al de un gran ejecutivo. No se puede olvidar, como ya se ha dicho, que una comunidad religiosa es una cosa distinta a una empresa comercial o de servicios. Ciertamente el superior debe ser un "líder". Me parece que el equivalente latino de este término anglosajón es "prior", es decir, el primero, el que está a la cabeza, el guía. Por algo entre nosotros al superior se le llama prior. El debe ser el primero en todo, el que anima "verbo et exemplo" en la vivencia de la consagración religiosa, de la vida común fraterna, de la observancia regular y de la vida apostólica. Debe ser alguien que impulse la realización de proyectos comunes o la solución inteligente y pacífica de los inevitables conflictos de la vida fraterna, gracias justamente a esta comprensión de que las relaciones de interdependencia son cada vez mayores y a un análisis compartido de los problemas, de los riesgos y retos del futuro. Puede parecer una utopía, pero una utopía necesaria para salir del peligroso círculo alimentado por el cinismo o el conformismo y la resignación.
Cuando el Maestro de la Orden insta a definir la misión de la Provincia de cara al futuro, me parece que dicha misión tiene, como una moneda, una doble cara: una que mira hacia adentro ("ad intra") a la construcción y consolidación de la vida común fraterna, a crear un clima propicio que favorezca las relaciones fraterna y la vivencia de la consagración religiosa y se reavive así el fervor primero; la otra, que se proyecta hacia fuera ("ad extra"), el anuncio del Evangelio a toda criatura en los distintos frentes apostólicos que tiene o debe asumir la Provincia y realizar sacramentalmente la obra de la salvación que proclama de palabra. Casi siempre que se habla de la misión de un Convento o de la Provincia estamos tentados a mirar sólo un aspecto, el de su proyección hacia fuera (la misión "ad extra") a través de las distintas clases de ministerios, el del trabajo apostólico, dejando en la penumbra la otra cara de la moneda, aquello para la cual nos congregamos en comunidad. Hay muchas vocaciones que se han perdido por falta de esas condiciones propicias que favorecen la vida común fraterna y la vivencia de la consagración religiosa.
Por esta razón, un Prior Provincial debe estar atento a esta doble dimensión de la misión, con la seguridad que si vela por la segunda (la misión "ad intra") redundará con creces en beneficio de la primera (la misión "ad extra).
Debe ser alguien que tenga autoridad, no solamente por vía de encargo porque fue nombrado para ese oficio, sino que tenga autoridad real, que despierte espontáneamente confianza y credibilidad. Es la autoridad moral que le confiere la probidad y transparencia de vida, que le da peso y consistencia a la autoridad entendida como encargo y que los entendidos llaman "autoridad deontológica". De ahí la importancia de elegir a alguien de una vida intachable, que no tenga mucho "rabo de paja" ni actitudes dudosas que den pie para habladurías y comentarios "non sanctos", que desdigan de la dignidad del cargo que pesa sobre sus hombros y le resten confianza y credibilidad.
Se podría añadir muchas cosas más: por ejemplo, que sea una persona sencilla, abordable, fraterno, de mucho temple y fortaleza espiritual, porque la tarea no es nada fácil. Es deseable, así mismo, que sea alguien representativo, que proyecte una buena imagen de la comunidad, ya sea porque tiene ideas y se expresa bien, ya sea porque ejerce un liderazgo que promueve el sentido de una responsabilidad compartida de la comunión y de la misión de la Provincia, haciendo partícipes a todos, tanto en el análisis de las situaciones y de los problemas como en las decisiones y soluciones que se juzgue conveniente tomar, a sabiendas de que "el bien aceptado por todos se obtiene con mayor rapidez y facilidad".
Dios quiera que se encuentre a alguien con este perfil deseable.
