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Dios
de los padres, y Señor de la misericordia,
que con tu palabra hiciste todas las cosas,
y en tu sabiduría formaste al hombre,
para que dominase sobre tus criaturas,
y para regir el mundo con santidad y justicia,
y para administrar justicia con rectitud de corazón.
Dame la sabiduría asistente de tu trono
y no me excluyas del número de tus siervos,
porque siervo tuyo soy, hijo de tu sierva,
hombre débil y de pocos años,
demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes.
Pues, aunque uno sea perfecto
entre los hijos de los hombres,
sin la sabiduría, que procede de ti,
será estimado en nada.
Contigo está la sabiduría, conocedora de tus obras,
que te asistió cuando hacías el mundo,
y que sabe lo que es grato a tus ojos
y lo que es recto según tus preceptos.
Mándala de tus santos cielos,
y de tu trono de gloria envíala,
para que me asista en mis trabajos
y venga yo a saber lo que te es grato.
Porque ella conoce y entiende todas las cosas,
y me guiará prudentemente en mis obras,
y me guardará en su esplendor.
1. El Cántico que se acabamos de escuchar nos presenta gran parte de
una amplia oración puesta en labios de Salomón, que en la tradición
bíblica es considerado el rey justo y el sabio por excelencia. Nos la
ofrece el capítulo noveno del Libro de la Sabiduría, un escrito
del Antiguo Testamento compuesto en griego posiblemente en Alejandría
de Egipto, en los umbrales de la era cristiana. Se puede percibir la expresión
del judaísmo vivaz y abierto de la Diáspora hebrea en el mundo
helénico.
Este libro nos propone fundamentalmente tres recorridos de pensamiento teológico:
la inmortalidad bienaventurada como punto de llegada final de la existencia
del justo (Cf. capítulos 1-5); la sabiduría como don divino y
guía de la vida y de las opciones del fiel (Cf. capítulos 6-9);
la historia de la salvación, en particular del acontecimiento fundamental
del éxodo, que comienza con la opresión egipcia, signo de esa
lucha entre el bien y el mal, y termina con una salvación plena y con
la redención (Cf. capítulos 10-19).
2. Salomón vivió diez siglos antes del autor inspirado del Libro
de la Sabiduría, sin embargo ha sido considerado como el iniciador y
artífice de toda una reflexión sapiencial posterior. La oración
en forma de himno, puesta en sus labios, es una invocación solemne dirigida
al «Dios de los padres y Señor de la misericordia» (9,1) para que conceda
el don preciosísimo de la sabiduría.
Es evidente en nuestro texto la alusión a la escena narrada en el Primer
Libro de los Reyes, cuando Salomón, en los inicios de su reino, se dirigió
a los altos de Gabaón, donde se levantaba un santuario, y después
de haber celebrado un grandioso sacrificio, en la noche tiene un sueño-revelación.
Por petición misma de Dios, que le invita a pedirle un don, él
responde: «Concede, pues, a tu siervo, un corazón que entienda para juzgar
a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal» (1 Reyes 3, 9).
3. La inspiración ofrecida por esta invocación de Salomón
se desarrolla en nuestro Cántico en una serie de llamamientos dirigidos
al Señor para que conceda el tesoro insustituible de su sabiduría.
En el pasaje presentado por la Liturgia de los Laudes encontramos estas dos
imploraciones: « Dame la sabiduría... Mándala de tus santos cielos,
y de tu trono de gloria» (Sabiduría 9, 4.10). Sin este don, uno se da
cuenta de que se queda sin guía, como privado de una estrella polar que
orienta las opciones morales de la existencia: «siervo tuyo soy..., hombre débil
y de pocos años, demasiado pequeño para conocer el juicio y las
leyes..., sin la sabiduría, que procede de ti, será estimado en
nada» (versículos 5-6).
Es fácil intuir que esta «sabiduría» no es la simple inteligencia
o la habilidad práctica, sino más bien la participación
en la mente misma de Dios que «con tu sabiduría formaste al hombre» (Cf.
v. 2). Es, por tanto, la capacidad de penetrar en el sentido profundo del ser,
de la vida y de la historia, yendo más allá de la superficie de
las cosas y de los acontecimientos para descubrir el significado último,
querido por el Señor.
4. La sabiduría es como una lámpara que ilumina nuestras opciones
morales de todos los días y nos conduce por el camino recto «que sabe
lo que es grato a tus ojos y lo que es recto según tus preceptos» (Cf.
v. 9). Por este motivo la Liturgia nos hace rezar con las palabras del Libro
de la Sabiduría al inicio de una jornada, para que Dios con su sabiduría
esté junto a mí y «para que me asista en mis trabajos» diarios
(Cf. v. 10), revelándonos el bien y el mal, lo justo y lo injusto.
De la mano de la Sabiduría divina nos adentramos confiados en el mundo.
A ella nos agarramos, amándola con un amor conyugal como Salomón,
que como dice el Libro de la Sabiduría confesaba: «Yo la amé [la
sabiduría] y la pretendí desde mi juventud; me esforcé
por hacerla esposa mía y llegué a ser un apasionado de su belleza»
(8, 2).
5. Los Padres de la Iglesia han identificado en Cristo la Sabiduría de
Dios, siguiendo a san Pablo, que definía a Cristo «potencia de Dios y
sabiduría de Dios» (1Cor 1, 24).
Concluyamos con una oración de san Ambrosio, que se dirige a Cristo con
estas palabras: «¡Enséñame las palabras ricas de sabiduría,
pues tú eres la Sabiduría! Abre mi corazón, tú,
que has abierto el libro. ¡Tú abres esa puerta que está en el
cielo, pues tú eres la Puerta! Quien se introduzca a través tuyo,
poseerá el Reino eterno; quien entre a través tuyo, no se engañará,
pues no puede equivocarse quien ha entrado en la morada de la Verdad» («Comentario
al Salmo 118/1» --«Commento al Salmo 118/1»-- Saemo 9, p. 377).
El Cántico que acabamos de escuchar es una invocación hecha a
Dios para pedir el don de la sabiduría. Sin ella estamos privados de
orientación en las elecciones morales de la existencia. No es una simple
inteligencia o habilidad práctica, sino la capacidad de penetrar en el
sentido profundo del ser, de la vida y de la historia, para descubrir el significado
último, querido por el Señor. Es como una lámpara que ilumina
nuestras opciones y nos conduce por el camino recto.
Por esto la Liturgia nos invita a rezar con estas palabras al inicio de esta
jornada, para que Dios con su sabiduría nos «asista en nuestros trabajos»
cotidianos, y nos revele el bien y el mal, lo justo y lo injusto.
La vida
del hombre, miseria convertida en gloria por Dios
Medita en la audiencia general sobre el Salmo 89
Señor, tú has sido
nuestro refugio
de generación en generación.
Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.
Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «retornad, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vela nocturna.
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
1. Los versículos que acaban de resonar en nuestros oídos
y en nuestro corazón constituyen una meditación sapiencial
que tiene, sin embargo, el tono de una súplica. El orante del Salmo
89 pone en el centro de su oración uno de los temas más
explorados por la filosofía, más cantados por la poesía,
más sentidos por la experiencia de la humanidad de todos los tiempos
y de todas las regiones de nuestro planeta: la caducidad humana y el devenir
del tiempo.
Basta pensar en ciertas páginas inolvidables del Libro de Job en
las que se presenta nuestra fragilidad. Somos como «los que habitan en
casas de arcilla, que hunden sus cimientos en el polvo y a los que se
les aplasta como a una polilla. De la noche a la mañana quedan
pulverizados. Para siempre perecen sin advertirlo nadie» (Job 4, 19-20).
Nuestra vida sobre la tierra es «como una sombra» (Cf. Job 8, 9). Y Job
sigue confesando: «Mis días han sido más raudos que un correo,
se han ido sin ver la dicha. Se han deslizado lo mismo que canoas de junco,
como águila que cae sobre la presa» (Job 9, 25-26).
2. Al inicio de su canto, parecido a una elegía (Cf. Salmo 89,
2-6), el salmista opone con insistencia la eternidad de Dios al tiempo
efímero del hombre. Esta es su declaración más explícita:
«Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó; una vela
nocturna» (v. 4).
Como consecuencia del pecado original, el hombre vuelve a caer por orden
divina en el polvo del que había sido tomado, como se afirma en
la narración del Génesis: «¡Eres polvo y al polvo tornarás»
(3,19; Cf. 2,7). El creador, que plasma en toda su belleza y complejidad
la creatura humana, es también el que reduce «el hombre a polvo»
(Salmo 89, 3). Y «polvo», en el lenguaje bíblico, es también
la expresión simbólica de la muerte, de los infiernos, del
silencio sepulcral.
3. En esta súplica es intenso el sentimiento del límite
humano. Nuestra existencia tiene la fragilidad de la hierba que despunta
al alba; enseguida oye el silbido de la hoz que la convierte en un haz
de heno. A la frescura de la vida muy pronto le sigue la aridez de la
muerte (Cf. versículos 5-6; Cf. Isaías 40,6-7; Job14,1-2;
Salmo 102, 14-16).
Como sucede con frecuencia en el Antiguo Testamento, a esta debilidad
radical, el Salmista asocia el pecado: en nosotros se da la finitud, y
también la culpabilidad. Por este motivo nuestra existencia parece
que tiene que vérselas también con la cólera y el
juicio del Señor: «¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación! Pusiste nuestras culpas ante
ti... y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera» (Salmo
89, 7-9).
4. Al comenzar el nuevo día, la Liturgia de los Laudes sacude con
este Salmo nuestras ilusiones y nuestro orgullo. La vida humana es limitada,
«aunque uno viva setenta años, y el más robusto hasta ochenta»,
afirma el salmista. Además, el pasar de las horas, de los días
y de los meses está salpicado por la «fatiga y dolor» (Cf. v. 10)
y los mismos años se parecen a «un soplo» (Cf. v. 9).
Esta es la gran lección: el Señor nos enseña a «contar
nuestros días» para que, aceptándolos con sano realismo,
«entre la sabiduría en nuestro corazón» (v. 12). Pero el
salmista pide a Dios algo más: que su gracia sostenga y alegre
nuestros días, aun frágiles y marcados por la prueba. Que
nos haga gustar el sabor de la esperanza, aunque la ola del tiempo parezca
arrastrarnos. Sólo la gracia del Señor puede dar consistencia
y perennidad a nuestras acciones cotidianas: «Baje a nosotros la bondad
del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos»
(v. 17).
Con la oración pedimos a Dios que un reflejo de la eternidad penetre
en nuestra breve vida y en nuestro actuar. Con la presencia de la gracia
divina en nosotros, una luz brillará sobre el devenir de los días,
la miseria se convertirá en gloria, lo que parece no tener sentido
adquirirá significado.
5. Concluimos nuestra reflexión sobre el Salmo 89 dejando la palabra
a la antigua tradición cristiana, que comenta el Salterio manteniendo
en el fondo la figura gloriosa de Cristo. De este modo, para el escritor
cristiano Orígenes, en su «Tratado sobre los Salmos», que nos ha
llegado en la traducción latina de san Jerónimo, la resurrección
de Cristo nos da la posibilidad bosquejada por el salmista de que «toda
nuestra vida sea alegría y júbilo» (Cf. v. 14). Porque la
Pascua de Cristo es el manantial de nuestra vida más allá
de la muerte: «Después de haber recibido la dicha de la resurrección
de nuestro Señor, por la que creemos que hemos sido redimidos y
de resurgir también un día, ahora, transcurriendo en la
alegría los días que nos quedan de nuestra vida, exultamos
por esta confianza, y con himnos y cánticos espirituales alabamos
a Dios por medio de Jesucristo, nuestro Señor» (Orígenes
- Jerónimo, «74 homilías sobre el libro de los Salmos» --«74
omelie sul libro dei Salmi»--, Milán, 1993, p. 652).
El Salmo que hemos escuchado presenta la eternidad de Dios y la caducidad
del ser humano, cuya existencia es frágil como la hierba que despunta
por la mañana. Esta debilidad radical de la criatura está
marcada también por el pecado. Ante nuestro orgullo e ilusiones
banales, conviene recordar que somos limitados. Por eso el Señor
nos enseña a «contar nuestros años» para que, aceptándolos
con sano realismo, «adquiramos un corazón sensato» (v. 12).
El orante pide a Dios que su gracia nos sostenga y haga gustar el sabor
de la esperanza, dando además consistencia a nuestras obras diarias;
entonces una luz brillará sobre nosotros, la miseria se transformará
en gloria y cobrará significado lo que parecía vacío.
Reflexiones del Papa Juan Pablo II
