ALBERTUS MAGNUS Y LA CAJA DE PANDORA

Alberto CÁRDENAS PATIÑO)

    SABER ES HACERSE

Alberto Magno (1193-1280) reitera que "el hombre en cuanto hombre es su entendimiento" (De Anima, L. I, tr. III, c. XII.), que no debe quedar en mera potencia, sino que debe activarse o actualizarse haciendo inteligibles (objetos del pensar) las estructuras de los cuerpos sensibles, punto de partida del poder reflexivo en los distintos niveles de abstracción (formas materiales, cantidad, ente en cuanto tal...) (Phys., L. I, tr. I, c. 1; De Anima, L. I, tr. III, c. IV.).

"La vida normal de un ser verdaderamente humano -explica Gilson- consiste en actualizar de esta manera su entendimiento posible, elevándose progresivamente de lo sensible a los conocimientos inteligibles más elevados: física, matemática, ciencia del alma y ciencia de Dios. Quienes no se preocupan de conocer, sino que pasan la vida como simples entendimientos posibles, no viven como hombres, sino como cerdos. Por el contrario, el hombre de estudio emplea toda su vida en actualizar su entendimiento, es decir, en actualizarse a sí mismo. Porque no hay que engañarse: lo que los filósofos llaman "intelecto adquirido" ("intellectus adeptus") es, en primer lugar, el conocimiento inteligible progresivamente acumulado en el entendimiento por el estudio; pero es, por la misma razón, el entendimiento mismo. Para él, actualizarse por el saber es hacerse, adquirirse: per studium intellectus adipiscitur se ipsum. Esto equivale a decir que el hombre se conquista de este modo a sí mismo, porque ¿qué es el hombre en cuanto hombre, sino su entendimiento? Homo in quantum homo solus est intellectus." (Gilson, Etienne, Alberto Magno, en La filosofía en la Edad Media, Gredos, Madrid, 1958, p. 176-7.)

El hombre debe realizar sus posibilidades de conocimiento de forma integral. Solamente así se conquista a sí mismo en plenitud. Tal conocimiento no puede quedarse en los primeros niveles, reducirse al físico o al matemático. Por la actividad continua de su entendimiento, que puede ir más allá de lo físico o matemático, el hombre se abre más y más a las iluminaciones de Dios -a cuya imagen actúa- y acrecienta su "entendimiento adquirido" con los grados superiores de que hablaban Alfarabí y Avicena: "intellectus assimilativus", "intellectus divinus" e "intellectus sanctus" (Cfr. Gilson, Etienne, Op. cit., p. 177.). Es decir, que quien vive activando su entendimiento y alcanzando nuevas formas de inteligibilidad, vive en continuo ascenso personal, en permanente transformación y desarrollo de posibilidades humanas.

Ese ascenso personal es orgánico: las distintas experiencias de conocimiento se van unificando en torno a la conciencia cada vez más clara del destino espiritual del hombre, conciencia que subordina todo saber a esa vocación. Difícil entonces que quien ha potenciado todas las dimensiones de su entendimiento pueda actuar como un idiota moral o como un minusválido espiritual. No es conocimiento humano suficiente el que no se enmarca en la ciencia del hombre y su apertura trascendente.

 

Tal conocimiento desintegrado resulta bloqueado, incomunicado de su finalidad última. Aunque un saber tenga su propio objeto y método, y se deba tomar en consideración en sí mismo, no es autotélico.

 

II. DISTINGUIR PARA UNIR

 

En el proceso de conocer es preciso no confundir ni objetos ni métodos. Es preciso afirmar la autonomía de la filosofía, la ciencia y la teología. La fe y la razón colaboran, pero cada una tiene sus derechos. "A partir de Alberto Magno -afirma Gilson- vamos a asistir a una progresiva restricción de las exigencias teológicas impuestas a la razón e, inversamente, de las responsabilidades filosóficas impuestas a la teología... Si la característica del pensamiento moderno es la distinción entre lo que es demostrable y lo que no lo es, fue en el siglo XIII cuando se fundó la filosofía moderna, y fue con Alberto Magno con quien tomó conciencia de su valor y de sus derechos al limitarse a sí misma" (Gilson, Etienne, Op. cit., p. 169-70.).

Refiriéndose a la importancia de distinguir y no mezclar las razones en los distintos saberes, escribía Alberto: "Aristóteles nunca acostumbró decir en la física sino cosas de tipo físico, que pueden probarse con razones físicas. Ahora bien, la cuestión del comienzo del mundo por creación ni es física ni se puede probar físicamente." (Phys., L. VIII, c. XIV.) Alberto redivivo en nuestro tiempo, diría: "este no es problema ni para Carl Sagan ni para Stephen Hawking". Pero si la cuestión de que se trata es puramente "física", es el conocimiento concreto de la realidad el indispensable punto de partida; el encuentro con las cosas y la comprobación antes que la "autoridad": "en tales cosas, sólo la experiencia da certeza" ("experimentum solum certificat in talibus ") (De Veget., VI, 1, c. I.). Aquí no vale especular. Alberto critica a los "que estiman cualquier distinción conceptual como solución" ("qui omnem distinctionem solutionem esse reputant") (Met., I, 1, c. 2.). "En lo que a mí se refiere -declara- detesto las argumentaciones lógicas en las ciencias que tienen que ver con las cosas" (Id., ib.).

Y en cuanto a la necesidad de optar en casos de oposición entre saberes, recomendaba establecer la naturaleza de cada campo cognoscitivo y atenerse a sus competentes "autoridades": "Cuando están en desacuerdo, hay que creer a Agustín con preferencia a los filósofos, en lo que concierne a la fe y a las costumbres. Pero si se tratase de medicina, yo creería mejor a Hipócrates o a Galeno; y si se trata de física, creo a Aristóteles, porque es quien mejor conocía la naturaleza" (II Sent., d. 13, a. 2). No obstante, a estos últimos autores, símbolos de la libertad de pensamiento, les exigía "justificar sus afirmaciones" y no quedarse en "afirmaciones gratuitas" (De Anima, L. I, tr. II, c. VII.). Se imponía controlar sus argumentos, sus "supuestos" y demostraciones, así se tratase del Estagirita -que "no era un dios" y "podía equivocarse"-, prefiriendo siempre "la verdad misma" (Phys., L. VIII , c. XIV.).

En su lucha por restablecer los derechos de la razón como manera de actualizar el entendimiento, debió afrontar muchas resistencias, especialmente de los teólogos que cultivaban una teología invasiva, reguladora autoritaria de asuntos propios de la ciencia o de la filosofía, y que terminaban dando lecciones de zoología. "Que el ave fénix existe en Arabia Oriental, no necesita macho, vive 340 años en soledad, renace de sus cenizas... -ironizaba Alberto- eso es lo que escriben quienes prefieren la teología mística a investigar la naturaleza." (De Animalibus, L. 23, c. 24.) Y denunciaba a los teólogos irracionalistas: "Hay ignorantes que quieren combatir por todos los medios el empleo de la filosofía, y sobre todo entre los Predicadores, donde nadie les resiste, como bestias brutas que ultrajan lo que ignoran (tamquam bruta animalia blasphemantes in iis quae ignorant)" (Epist. Dionysii, ep. 8).

Esta resistencia a la razón, comprometía también los derechos de la fe. "Nada más natural -comenta Gilson-: cuando no se distingue claramente lo que se sabe y lo que se cree, se compromete la estabilidad de la fe, al vincularla a opiniones científicas cuya caducidad es el reverso de su mismo progreso; y se compromete el progreso de la ciencia, al conferirle indebidamente la estabilidad de la fe." (Gilson, Etienne, Op. cit., p. 169.) Mas no es preciso hacer colisionar fe y razón, fe, filosofía y ciencia, pues el espíritu evita tanto la confusión como la dispersión y la fragmentación, y busca la unidad de todas las formas de acceder a lo inteligible, a fin de no perderse en la incesante multiplicidad de saberes.

"Distinguir para unir" será convicción de albertistas y tomistas, en su esfuerzo por alcanzar visiones sintéticas, a partir del discernimiento de los grados del saber y de su diferenciación interna. No obstante, es difícil empezar distinguiendo sin conciencia de unidad, sin intuición omnicomprensiva. Juan Taulero (1300-1361), heredero del albertinismo, dirá a comienzos del siglo XIV que "nadie entiende mejor la verdadera distinción que aquellos que han entrado en la unidad" (Citado en Jacques Maritain, Les degrés du savoir, Desclée , París, 1946, p. VII.); pero, paradójicamente, también hay que decir que nadie capta verdaderamente la unidad o la totalidad, si no conoce la distinción y su función. Hay circularidad: "unir para distinguir y distinguir para unir".

Alberto tenía interés en afirmar la unidad, pero como "unidad de analogía, unidad que es propia de algo que no es completamente equívoco" (Met., L. I, tr. I, c. III.), pero tampoco unívoco: la totalidad no es agregado de elementos dispares ni es tampoco indiferenciada mismidad. La unidad se traduce en la diversidad y ésta, afirmando las diferencias, descubre las semejanzas comunes unificantes: "por eso hay que decir que una misma cosa no se puede predicar ni unívocamente ni del todo equívocamente del Creador y de la creatura, sino por comunidad de analogía, es decir, según la proporción de relación a algo uno común" (Summa Theol., I, tr. XIV, q. 59.). Alberto concibe la realidad como un todo dinámico fuertemente jerarquizado, cuyo núcleo organizador es la analogía. Ésta es, pues, la que impone al mismo tiempo unir y distinguir o viceversa.

III. EL SABER ES DELEITABLE Y ÚTIL

Si "el hombre en cuanto hombre es su entendimiento", conocer en profundidad deberá ser la actividad humana por excelencia, la más grata, condición de su existencia no puramente zoológica o reducida al "sentir y desear", "común genéricamente con los demás vivientes" (De Anima, L. I, tr. I, c. I.). "Así que -escribe Alberto-, si bien todo nuestro conocimiento arranca de las cosas sensibles, sin embargo, el conocimiento profundo de todo lo que de algún modo les compete, no siempre se detiene y termina en lo sensible, sino que se remonta muy alto, encontrando objetos elevados y alejados de los sentidos, como son la causa primera y las inteligencias separadas, y a sí mismo, porque se da cuenta de que está trabajando sobre los datos sensibles, razonando y percibiendo las esencias de las cosas sensibles; y con ello empieza a inquirir sobre sí mismo y a adquirir un conocimiento propio de gran valor." (De Anima, loc. cit.) Recorrer con la razón y el entendimiento y considerar "no sólo los objetos sensibles, sino también lo que bajo ellos está latente" (De Anima, loc. cit.), no solamente es "agradable" (delectabile), sino "útil para la vida y permanencia de las ciudades (utile ad vitam et civitatum permanentiam)" (En Gilson, Op. cit. p. 165.).

Sin descartar la "utilitas" en función de la vida y la permanencia humanas, Alberto recalca lo "delectabile" del conocimiento sensible y del conocimiento intelectual: "..digo que sólo en el hombre, entre todos los animales, se da en el obrar por los sentidos el deleite por el sentir mismo y el recibir el conocimiento de los objetos sensibles al margen de todo aspecto práctico de lo nocivo y lo conveniente, que pueda acompañar al objeto sensible. Los demás animales no se guían en el uso de los sentidos por el deleite que puedan encontrar en el conocimiento de los objetos sensibles, sino por el daño o la utilidad que reciben con el sentido. Por eso no se deleitan con los colores ni con los sonidos musicales, ni con los olores, ni, en general, con los objetos sensibles sino en cuanto que les comunican que hay algo que conduce a su bienestar o malestar. El hombre es el único que se deleita en el uso de los sentidos sensibles por sí y accidentalmente, y en el propio y en el común por el sentir mismo, y al margen de todo otro deleite anejo, ventaja o desventaja o cualquier utilidad para la vida: eso es deleitarse con el conocimiento mismo de los objetos sensibles en cuanto que es un conocimiento que dimana de la fuente universal de todo conocimiento. Como en el mismo hombre existe, además, el conocimiento intelectual, no podrá haber deleite en el conocimiento sensible, sino en orden al intelectual; y así, el deleite en el conocimiento de los objetos sensibles, en cuanto que como tales se presentan sin alguna otra utilidad, es señal de que el hombre desea por naturaleza saber... " (Met., L I, tr. I, c. IV.)

El placer que produce todo saber (scire) y conocer, y su utilidad "para la vida y permanencia de las ciudades", lo comprometieron a divulgar el saber greco-árabe-judío, que penetraba como torrente de agua fresca gracias a los traductores toledanos y sicilianos, y que encontraba apto para completar e integrar el saber heredado por escuelas y pensadores cristianos, amenazado de reduccionismo. Hacer accesibles a sus contemporáneos esos nuevos y útiles saberes fue la motivación de la empresa intelectual de su vida. "Nuestra intención -escribe- es hacer inteligibles a los latinos todas esas partes de la filosofía" (Phys. L. I, tr. I, c. 1.), recorriendo los saberes según los distintos grados de abstracción: toda la física, las matemáticas y la metafísica, toda la ciencia acumulada hasta entonces por los griegos y sus discípulos árabes o judíos. "El mérito principal de Alberto Magno -escribe Gilson- consiste en haber sido el primero en ver el enorme acrecentamiento de riquezas que representaban la ciencia y la filosofía greco-árabes para los teólogos cristianos. Parece que se dio cuenta, de pronto, de que ante una ciencia tan claramente superior a aquella de que disponían los cristianos, pero tan diferente del cristianismo por el espíritu que la animaba, no se podía ni aceptarla sin modificaciones, ni contentarse con negarla. Imponíase un trabajo de interpretación y de asimilación. Pero antes de interpretar hay que conocer, y esa es la tarea de que se encargó voluntariamente... Alberto Magno se lanzó, sobre todo, al saber greco-árabe con el gozoso apetito de un gigante de buen humor... Era un caso de pantagruelismo o, más bien, un caso de albertinismo en su ideal pantagruélico del saber" (Op. cit. p. 164.). Sin embargo, Alberto estaba dispuesto a no dejar de lado nada del patrimonio tradicional, ni de las Sagradas Escrituras ni de san Agustín ni del neoplatonismo asimilado. El proyecto era integral: no soslayar lo propio y apropiarse sin reducción de las nuevas verdades.

  1. EL "ENCICLOPEDISMO" DOMINICANO
  2. Esa intención enciclopédica era también exigencia de su talante dominicano, pues Santo Domingo había madurado su proyecto fundacional con la intención de abrir las inteligencias cristianas a la realidad total, frente al menosprecio de las realidades terrenas por parte del neo-maniqueísmo de la religiosidad popular que se difundía en amplios sectores de la sociedad y amenazaba con invadir la Cristiandad.

    Escribe Johann Fischl: "Como no es azar que los franciscanos escogieran la filosofía de Agustín, tampoco lo es que los dominicos se decidieran por Aristóteles. Su fundador, Domingo de Guzmán, oriundo de Castilla, conoció en 1201, como acompañante de su obispo, la secta de los albigenses en su cuartel general de Toulouse y ya entonces tomó la resolución de combatirla. Esta secta tenía la materia por asiento del mal, despreciaba los bienes de la tierra y tenía por pecaminoso el matrimonio y la comida de carne. Era un serio peligro no sólo para la Iglesia, sino también para la sociedad y el Estado... Alberto vio que no era posible salvar lo humano en el cristianismo (encarnación del Logos), como tampoco en la sociedad, con una filosofía hostil a lo corpóreo como la de Agustín y los neoplatónicos. En esta filosofía se busca demasiado aprisa refugio, de las cosas particulares sensibles, en las ideas eternas, que serían las únicas merecedoras de nuestro amor. Alberto, en su marcado amor a la naturaleza, busca una filosofía que afirme lealmente las cosas particulares sensibles, señaladamente las plantas, los animales y el hombre, y la encuentra en Aristóteles. Así concibe el plan de abrir al mundo cultural cristiano el Aristóteles íntegro, como lo habían hecho Avicena para los árabes y Maimónides para los judíos... Sin embargo, no sigue ciegamente a su guía... Alberto Magno escribió incluso un tratado "Sobre los errores de Aristóteles" (Fischl, Johann, Manual de historia de la filosofía, Herder, Barcelona, 1968, p.181.).

    Esa intención de abrir el mundo cultural cristiano a la realidad total mediante la construcción de obras enciclopédicas (omnicomprensivas) no fue exclusiva de Alberto. Otros dominicos coincidían en similares propósitos. Vicente de Beauvais (1190-1264), francés de gran erudición, resume todo el saber de su tiempo en una obra monumental, la enciclopedia "Espejo mayor", que compendia muchas cuestiones de física y ciencias naturales, con especial relieve de la alquimia.

    El belga Tomás de Cantimpré (1201-1270), en su enciclopedia "Sobre la naturaleza de las cosas", recoge diversidad de datos sobre animales, piedras y metales. El alemán Jordanus Nemorarius o Jordanus Teutonicus (hacia 1190-1250), en su enciclopedia físico-matemática y astronómica, anuncia la matemática infinitesimal, demuestra la ley de la palanca, utiliza letras para representar los números arbitrarios, enuncia los principios de la proyección estereográfica, etc.

    Esa necesidad de comprensión de totalidad, clave del género de las "sumas", alienta la tradición albertina, continuada por el dominico experimentalista Dietrich von Freiberg (1250-1310) y asumida por el albertinismo científico de los siglos siguientes. Una obra tan vasta no podía ser llevada a buen término sin el apoyo de colaboradores en trabajo armónico, evitando la interferencia de quienes no investigan ni producen ("inertes") y viven buscando qué criticar. Al final de su "Comentario a la Política", Alberto toma posición contra algunos "científicamente inactivos y atrasados, quienes, para consolarse de su propia incapacidad, no ven en los escritos ajenos nada más que errores. Gente así fue la que mató a Sócrates, desterró a Platón de Atenas, y obligó a salir a Aristóteles. Tales hombres desempeñan, en el organismo de la comunidad estudiosa, el papel de la bilis en el cuerpo. Como el flujo bilioso amarga todo el cuerpo, así también en la vida de estudio se dan hombres en gran manera amargos y biliosos, que amargan la vida de todos los demás y no les permiten buscar la verdad en el grato trabajo comunitario ("in dulcedine societatis quaerere veritatem")" (Pol., in fine, Borgnet, 8.803.).

  3. ENCICLOPEDIA MODERNA Y CIENCIA AL ALCANCE DE TODOS

    La Enciclopedia francesa es considerada la enciclopedia por excelencia y muchos olvidan que antes hubo repetidos intentos y logros de enciclopedias, corpus, sumas, etc., con intención de transmitir en forma abarcante el saber o los saberes alcanzados, contando así con un mapa orientador para los nuevos rumbos epocales. Cada cierto tiempo, parece que los hombres necesitan rearticular todos los saberes posibles en visión unitaria ("enkyklios") para iniciar una educación ("paideia") en nueva perspectiva. Eso intentaba el "enciclopedismo" dominicano y eso intentó también la "Enciclopedia o diccionario razonado de las ciencias, de las artes y de los oficios, por una sociedad de hombres de letras, puesto en orden y publicado por M. Diderot..." desde 1751. Si la intención albertina era hacer inteligible a los latinos la enciclopedia greco-árabe-judía, la intención del librero Le Breton, quien tuvo la iniciativa, era traducir para el lector francés la Enciclopedia inglesa de Efraín Chanbers, aparecida en Londres en 1728. Le Breton acudió a Diderot, quien concibió el proyecto grandioso de hacer obra original. Diderot logró formar un equipo relativamente homogéneo y, en conjunto, entregado a la obra común. Sin embargo, no faltaron los "amargadores" de que hablaba Alberto ni los celos ni las defecciones.

    El espíritu de la Enciclopedia es muy semejante al espíritu albertino: que se deben reivindicar los derechos de la razón; que los progresos del espíritu humano no pueden ser negados, y que es obedeciendo a la razón como se han realizado y como la humanidad se ha alejado de la animalidad. Pero Alberto habría rechazado la hipertrofia de la razón y su intento de excluir o subordinar la fe y sus derechos.

    Intención de la Enciclopedia era poner los resultados de la investigación científica al alcance de todos. Alberto pretendía algo parecido para los "latinos". No obstante, tenía dudas acerca de la posibilidad y la conveniencia de difundirlo todo a todos. En cuanto a lo primero, observó que, "aunque el hombre, en cuanto hombre, sea el solo entendimiento", existen distintos estadios de "desarrollo natural" y diversos impedimentos en cada persona "que no le dejan contemplar en su puridad la teoría de la verdad" (Met., L. II, c. XII.). No todos los hombres maduran en los distintos grados de abstracción y un grado puede hipertrofiarse, sustituir a los demás y conducir a la tergiversación, la confusión o la degradación del conocimiento. Le preocupaba especialmente la disposición cognoscitiva de dos tipos de personas: "aquellos en los que la fuerza de la imaginación prevalece sobre el entendimiento los tales no creen más que lo que son capaces de imaginar... Otros, que tienen el entendimiento completamente vuelto hacia los sentidos, no aceptan nada si no se les muestra en ejemplos por los sentidos" (Met., L. II, c. XII.). Aunque reconocía que algunos no pueden rebasar sus impedimentos por falta de voluntad para "estudiar" o estar "totalmente incapacitados", dados sus "cortos alcances" ("por defecto de razón e ingenio"), confiaba en el papel de la "instrucción" como medio para remediar el bloqueo cognoscitivo. Eso sí, era preciso querer superar "la vulgaridad y la ignorancia", esforzarse por "entender el lenguaje" abstracto y adquirir hábitos de estudio.

    "Los remedios contra los impedimentos señalados -pensaba Alberto- son: contra el primero, que proviene de la fuerza de la costumbre y lleva consigo la ignorancia de la mala disposición, hay que instruir al hombre en el modo de pensar filosófico, con el cual sepa cómo hay que recibir lo que se dice, porque entonces lo que se oponga a tal modo de pensar lo refutará y no lo aceptará como un verdadero concepto. Ese modo de pensar se da en las ciencias lógicas en todas sus variedades de argumentaciones perfectas e imperfectas, porque con ellas estaremos capacitados para razonar silogísticamente sobre cualquier problema y, al mantener una disputa, no diremos nada inadmisible, sabiendo distinguir en todo lo probable de lo aceptado como cierto por todos, o lo que se ha encontrado en muchos de lo que es propio y esencial de los particulares; gracias a ellas seremos capaces de discernir lo cierto de lo retórico y lo poético. Por eso, es absurdo que alguno no se haya impuesto antes en ellas e intente obtener alguna ciencia de estos objetos, que es esencialmente especulativa y a la vez el conocimiento de su modo propio de proceder, sin poseer antes el método común a toda la filosofía. En efecto, no es cosa fácil alcanzar una ciencia con su método propio, descuidando el método común o general: el que proceda así, desconocerá la estructura de las pruebas y aceptará con frecuencia como verdadero lo falso y lo no demostrado como demostrado. Por eso, los que no están formados en lógica, vemos que incurren en error en todas las materias. Contra el segundo impedimento, radicado asimismo en la naturaleza, el remedio está en que, una vez conocido el modo común de argumentar, sepa cada uno discernir el modo propio de cada materia, ya que es de sabios el tratar de obtener de cada cosa la certeza que admite..."( Met., L. II, c. XIII.).

  4. EL PODER DEL SABER Y LOS DEMÁS PODERES

    En cuanto a la conveniencia de difundirlo todo a todos, Alberto tiene fuertes reparos en el caso de ciertos saberes de prolongado y exigente aprendizaje, que dotan de poderes especiales y suponen en quienes los emplean clara conciencia de colaborar con el Creador, discernimiento de su "utilidad" y elevación moral concomitante. Es el caso de la enseñanza del "arte alquímico". Entregar este "arte" a cualquiera entraña grandes riesgos. En el prefacio al "Libellus de Alchimia", Alberto restringe al máximo la difusión del saber y aconseja mantenerlo oculto a los "insipientes", los "estultos" y los que ejercen poder. En la séptima recomendación acerca "de qué manera operar, en qué tiempo y en qué lugar", se refiere especialmente a estos últimos: "Debes evitar ante todo introducirte cerca de los príncipes o los poderosos ("principes vel potentes") revelando algunas de tus operaciones, a causa de dos males: si te inmiscuyes, entonces de tiempo en tiempo te estarán requiriendo y preguntando: Maestro, ¿cómo te va? ¿Cuándo veremos algo bueno? E incapaces de esperar el fin de la obra, dirán que no sabes nada, que eres un pillo y te producirán toda suerte de molestias. Y si no llegas a buen fin, sentirás todo el peso de su cólera. Si, por el contrario, llegas a buen fin, te guardarán con ellos en perpetuo cautiverio, con la intención de hacerte trabajar en su provecho" (Libellus de Alchimia, Jammy, Lyon, 1651, v. XXI, p.3)

    Esta recomendación albertina no ha perdido vigencia y lleva a pensar en el papel subordinado que los científicos, las universidades, los laboratorios, los institutos de investigación han venido cumpliendo en nuestra época frente a los intereses de quienes ejercen poder político, militar o económico. El poder del saber ha terminado dócilmente cautivo de esos poderes y sus propias "razones", en ruptura con las exigencias de la verdad y los valores a que ésta debe servir. Verdad y bien resultaban inseparables para Alberto. Para ello, el sabio debía guardar celosamente su independencia y mantenerse "tacitus et secretus", "teniendo por cierto que es imposible evitar que se divulgue el secreto compartido" (Id., ib.) entre quienes no dan garantía de unir verdad y bien, ciencia y conciencia. El sabio albertino debía integrar preocupaciones morales y religiosas con sus experimentos, y su ciencia debía crecer con su conciencia. El científico y el técnico contemporáneos sufren de esquizofrenia o división mental: ciencia sin conciencia o ciencia contra conciencia. En 1948, el "padre de la bomba-A", Julius Robert Oppenheimer expresaba sus sentimientos de culpabilidad, sentimientos que, en su sentir, era preciso mantener al margen de la ciencia. "De una forma cruda, sin vulgaridad, sin humor, sin declaraciones exageradas que luego quedan olvidadas completamente -dijo-, los físicos han conocido el pecado, y éste es un conocimiento que no pueden utilizar" (Goodchild, Peter, Oppenheimer, Biblioteca de Grandes Biografías, Salvat, Barcelona, 1980, p. 153.).

  5. LA CAJA DE PANDORA DEL SIGLO XXI

    "National Geographic" de noviembre de 2002 trae un informe especial sobre armas de destrucción masiva, y en las páginas 18-19, bajo el título "Un recuento de la caja de Pandora", visualiza la distribución mundial de los arsenales de armas nucleares, químicas y biológicas, señalando los sitios de investigación, producción y prueba, ubicados casi exclusivamente en el hemisferio Norte. Y así como la caja mítica encerraba bienes y males, la revista anuncia buenas y malas noticias acerca de la nueva, muy real y terrible caja planetaria, que globaliza las posibilidades de aniquilación de la humanidad y de su hogar galáctico: las buenas noticias, que las ADM (armas de destrucción masiva) van en descenso, gracias a acuerdos recientes entre las potencias (¿se podrá creer?); las malísimas noticias, que es muy difícil controlar la propagación abierta o el contrabando de conocimientos, armas y materiales; que las transnacionales terroristas intercambian fácilmente innovaciones destructivas miniportátiles... Si resulta tan difícil la limpieza de tantos campos minados de tantos países, literalmente sembrados de "minas quiebrapatas" o "minas antipersonales", parece que es aún más difícil limpiar el globo minado de ADM, hechas, no para disuadir por escarmientos individuales, sino para destruir por entero, no solamente la vida humana, sino toda vida. ¿Nos quedará, al menos, lo que quedó en el fondo de la caja de Pandora: la Esperanza?

    Pandora -en griego, "todos los dones"- fue la primera mujer de la Tierra, creada por Atenea (símbolo del Pensamiento, las Ciencias y la Industria) y por Hefestos (símbolo de la técnica). Zeus, después de confiarle una caja que contenía todos los bienes y los males de la humanidad, colocó a Pandora sobre la Tierra junto a Epimeteo -en griego, "el que piensa después"-. Éste -sin escuchar las advertencias de su hermano Prometeo ("el que piensa antes")-, abrió la caja y todos los infortunios se esparcieron por el mundo. Más acá del mito, en tiempo y espacio históricos, la humanidad vive un presente angustioso, amenazada por los Epimeteos irresponsables que, de un momento a otro, pueden entreabrir la fatídica caja, alegando "razón de Estado" o "grandes" razones políticas, económicas, culturales, religiosas, o sin esgrimir razones: cualquier bush, cualquier sharon, cualquier hussein, cualquier osama, cualquier putin, cualquier cristiano, cualquier musulmán, cualquier judío, cualquier general, cualquier profeta, cualquier integrista, cualquier fundamentalista, alegando algún libro sagrado, con órdenes en cualquier lengua, con oraciones previas o sin ellas..., después de una pesadilla al dormir la siesta, por alguna "revelación", por alguna "voz misteriosa", por un dolor de estómago, por una frustración, por desgana de vivir, por una apuesta, por haber roto con la amante de turno. Pueden darse condiciones "objetivas" o no darse ninguna. No hay seguridades. Hay que contar solamente con la estabilidad emocional y el equilibrio psíquico de quienes pueden decidir. ¡Y son tantos! ¿Y si los medios de control técnico fallan, como ya han fallado? Epimeteo fue el padre de la Excusa, pero los Epimeteos hodiernos no contarán seguramente ni con el tiempo ni con el lugar ni con el auditorio para excusarse.

    Escribía García Márquez en "El cataclismo de Damocles", su famoso discurso de 1986: "Un minuto después de la última explosión, más de la mitad de los seres humanos habrá muerto, el polvo y el humo de los continentes en llamas derrotarán a la luz solar, y las tinieblas absolutas volverán a reinar en el mundo... La creación habrá terminado. En el caos final de la humedad y las noches eternas, el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas. /Señores Presidentes, Señores Primeros Ministros, amigas, amigos: Esto no es un mal plagio del delirio de Juan en su destierro de Patmos, sino la visión anticipada de un desastre cósmico que puede suceder en este mismo instante: la explosión -dirigida o accidental- de sólo una parte mínima del arsenal nuclear que duerme con un ojo y vela con el otro en las santabárbaras de las grandes potencias." (El cataclismo de Damocles, Oveja Negra, Bogotá, 1986. p. 9 y 11.)

  6. LA CAJA DE PANDORA MEDIEVAL
  7. Hace casi 800 años, ALBERTO MAGNO, en actitud prometeica, advertía que ciencia y técnica no pueden transferirse a cualquiera ni para cualquier propósito. La "utilitas" debe ser para la "vida y conservación de las ciudades", y no todo el mundo se responsabiliza de esos fines. En el mismo prefacio del "Libellus" citado, Alberto invoca el auxilio divino, "fuente y origen de todos los bienes", para que "por su bondad y piedad se digne suplir por la gracia del Espíritu Santo" la "parvedad" de su ciencia, a fin de que, mediante su doctrina, se "manifieste la luz escondida en las tinieblas y pueda conducir a la senda de la verdad" a quienes andan sin rumbo. Sin embargo, Alberto, "minimus Philosophorum", no intenta divulgar abiertamente lo que sabe, sino "escribir para sus socios y amigos", de quienes puede fiarse, y de manera no inmediatamente accesible, "de tal modo que (los extraños) viendo no vean y oyendo no entiendan". Para garantizar el control de la "gran utilidad" del saber confiado, les ruega y hace jurar por el Creador del mundo que "mantengan oculto este libro" (Lib. de Alchimia, p. 1.).

    Alberto, como los demás monoteístas (judíos, cristianos y musulmanes), estaba convencido de la necesidad de conocer para "gobernar" y "dominar" la tierra (Gen., 1, 28); de la importancia de saber cómo "operar" para "transmutar", "transformar", transubstanciar" sin destruir. Se trataba también de "cultivar" y "cuidar" (Gen., 2, 15). Se consideraba un "experto", que no escribía nada que no hubiese podido "ver con sus ojos". Él sabía, por experiencia directa y personal, que se pueden "perfeccionar" los cuerpos, que es posible manipular los metales y "por el arte constituir un nuevo cuerpo" ("per artem novum corpus constitui"). Mediante el "modus operandi" propio del alquimista, él había logrado preparar potasa cáustica y las pastillas de antimonio para la copa medicinal ("vas albertinum"), con fines digestivos, que los dominicos usaban en los refectorios de sus conventos. Él se había informado de otras posibilidades médicas en el "libro de fray Rogerio Bacon, intitulado Del modo de componer medicina por ecuación de elementos" (Op. cit. p. 4.). El dominio del "arte" le había permitido describir la composición del cinabrio, de la cerusa, del minio y de distintas sales...

    Sin duda que no eran las posibilidades médicas lo que preocupaba a Alberto al recomendar no divulgar su "noble ciencia". Como afirman los historiadores contemporáneos, los antiguos cultivadores de la Alquimia temían la tremenda energía encerrada en la materia y preferían guardar secreto sobre un saber obtenido mediante fases progresivas, al cabo de decenas de años de manipulaciones y ascetismo, que, al tiempo que les había enseñado precauciones para evitar riesgos, los había sublimado y les había permitido alcanzar un estado superior de conciencia y de afinamiento moral. No se puede divulgar un saber tan exigente y generador de poderes especiales entre quienes simplemente están dispuestos a pagar y a utilizar sus resultados, sin comprometerse a investigar buscando trasmutar su propia vida, ajustándola a la "voluntad" de Dios, "altura y profundidad de toda ciencia, tesoro de toda sabiduría, porque de El, en El y por El son todas las cosas" (Op. cit., Prefacio.).

    Alberto hace un recuento de las vicisitudes de su propio aprendizaje: "A causa de la ciencia llamada Alquimia, anduve con gran esfuerzo por muchas regiones y muchas provincias, visitando ciudades y castillos, inquiriendo diligentemente de varones ilustrados y sabios, a fin de investigar a plenitud sobre el arte, y aun copiando todos los escritos, y sudando con frecuencia en sus obras, pero no hallé la verdad que sus libros afirmaban. Contrasté, pues, los libros de quienes contradecían y de quienes afirmaban, y los hallé vacíos de todo provecho y ajenos a todo bien. Hallé a muchos ricos letrados, abades, prepósitos, canónigos, físicos e iletrados, que, a causa de este saber, habían realizado grandes gastos y trabajos, y sin embargo fracasaban, pues no tenían condiciones para investigar el arte. Yo no desesperé ni ahorré esfuerzos y grandes gastos, atento siempre, y migrando de lugar en lugar en todo tiempo, meditando, como dice Avicena: si esta cosa es, ¿cómo es? Si no es, ¿cómo no es? Perseveré estudiando, meditando, trabajando en las operaciones del arte, hasta que hallé lo que buscaba, y no por mi ciencia, sino por la gracia del Espíritu Santo. Al saber y entender que había superado el estado natural, comencé a vigilar más diligentemente en las decocciones y sublimaciones, soluciones y destilaciones, ceraciones, calcinaciones y coagulaciones de la Alquimia, y en muchos otros trabajos, hasta cuando hallé ser posible la transmutación". (Op. cit., Prefacio.)

    Alberto no quería "ejicere margaritas ante porcos" (tirar perlas a los cerdos). Le preocupaban los "estultos", que son envidiosos, odian y desprecian lo que no pueden alcanzar. Pero le inquietaban más los "insipientes", curiosos e imprudentes, faltos de sabiduría, faltos de juicio. Auténticos epimeteos, que no reflexionan sino después del suceso, después de abrir la "caja". El "insipiens" ("in" privativo; "sapiens", sabio), podía ser cualquiera, pero si era "princeps" o "potens", su falta de juicio, los hacía más peligrosos. Alberto no quería entregar un saber que le había costado tanto esfuerzo y cuya utilización suponía alto grado de conciencia ética para garantizar la auténtica "utilitas" colectiva. La magnitud del poder de su saber alquímico exigía transmutación de la voluntad del investigador hasta alcanzar el nivel, no sólo de "experto" o bueno en el "modus operandi", sino de hombre bueno como hombre, capaz de autonomía responsable. Lo más grave era que el "experto" no superara la "insipiencia" y se entregara imprudentemente a poderes que lo alienaran o que actuara como "insipiente" por temor al poder o por las ventajas que éste ofrece.

  8. ESQUIZOFRENIA DE LA RAZÓN PRÁCTICA
  9. Alberto sabía que la inteligencia es una facultad una en su ser, pero que funciona de manera diferente si conoce por conocer o conoce para el orden práctico, en función de los fines de la acción. Mas el orden práctico se divide en dos ámbitos: el del Obrar (agere) y el del Hacer (facere). El Obrar consiste en el uso del libre arbitrio en relación con la vida humana y su perfeccionamiento moral. El Hacer, en cambio, es la acción transitiva productiva, en relación con lo que hacemos con las cosas del entorno y no directamente con la transformación moral del sujeto agente. Con todo, aunque los dos ámbitos tienen sus propias leyes, el Hacer no puede emanciparse del Obrar, pues debe servir a la perfección humana. No basta con ser un buen técnico (hábil, experto): es preciso que las cosas bien hechas sean "útiles a la vida y la permanencia de las ciudades", y para la "vida y permanencia" de sus miembros.

    Pero Alberto descubre que el Obrar no es, de por sí, bueno, ya que la voluntad libre de que depende puede impulsar acciones no valiosas. Aunque la voluntad "es apetito racional", puede separarse del "entendimiento práctico" y actuar como "el tirano, que dictó leyes a su capricho y no por alguna causa de utilidad pública". Aunque el entendimiento práctico parta de la "synderesis" ("tribunal natural" que juzga las etapas del obrar) y se traduzca situacionalmente en "conciencia" que "acusa o excusa", la libertad de la voluntad puede romper con la unidad del "libre arbitrio": "arbitrio, por la intervención de la razón que delibera y que arbitra, y libre, por la libertad de la voluntad" (De Anima, L. III, tr. IV, c. X.).

    "De ese arbitrio y de esa libertad -escribe Alberto- nace una facultad que es propia del hombre en el obrar, ya que solo el hombre ha sido constituido árbitro de sí mismo, y lo que decide, libremente lo elige o lo desecha. Y por eso solamente acusa o excusa en el foro. Si el hombre no fuese árbitro de sus acciones o de sus omisiones, y si no fuese libre, el legislador no premiaría o castigaría sus acciones. Mas cuando digo que el hombre es árbitro de su conducta, lo asimilo al mediador cuya decisión arbitral no esta condicionada por la pena, sino que está en su libre determinación el decidir lo que le plazca, y por eso, el arbitrio muchas veces es perverso, pero la única causa de esa perversidad es la voluntad. De ahí que la causa más principal de la maldad es la voluntad, cuya es la libertad, más que la razón, cuyo acto propio es el arbitrio" (Id., ib.).

    Característico del "insipiente" es manejar su vida en permanente escisión o esquizofrenia del "libre arbitrio": una dirección lleva la libertad de la voluntad y otra el arbitrio de los valores y los fines. Por ello, las grandes dudas de Alberto, al resolver si divulgar o democratizar ciertos saberes de "publica utilitas" y alto riesgo. Llama la atención que el siglo XX y el XXI que comienza hayan dado continuas pruebas a la cautelosa "paideia" albertina. El epimeteico Oppenheimer ha sido paradigmático del desvarío contemporáneo. Basta hojear la biografía mencionada. Si había que separar ciencia y conciencia, ciencia y ética, biociencia y ética, posibilidad y responsabilidad, querer y convenir, política y ética, poder y sensatez..., Oppie estaba entrenado. Se había formado en la escuela de Félix Adler, "cuya filosofía educativa estaba basada en el culto a la individualidad."(Goodchild, Peter, Op. cit., p. 13.) Lo paradójico es que la institución estuviese dirigida por la "Sociedad para la Cultura Ética de Nueva York".

  10. EL EPIMETEO DE LA BOMBA-A Y SU "INSIPIENCIA"
  11. De origen alemán como Alberto, semejante a él en su deseo de saber, Oppie, "con su voraz apetito de conocimiento, se sumergió en todos los temas del plan escolar. Dedicaba tiempo después de las horas de clase, con su profesor de griego, a leer a Homero y a Platón" (Id., Ib.). "El quinceañero Oppenheimer había desarrollado una afición hacia el peligro" (Op. cit. p. 14.). "Educado, estudioso, diligente, era también arrogante y snob" (Id., Ib.). Se matriculó en Harvard para estudiar Química y se pasó a Física. Se trasladó a Cambridge, donde se incorporó al famoso laboratorio Cavendish. Pasó a estudiar y a trabajar con Max Born en la Universidad de Gotinga.

    Se incorpora al Instituto Tecnológico de California, donde alterna enseñanza e investigación. Compra cabaña en Nuevo México, cerca de Los Alamos. Se hace comunista durante algunos años. En 1939 lee la publicación de Joliot-Curie sobre la realidad de la fisión atómica. En 1942 pasa a dedicarse exclusivamente en el proyecto de la bomba atómica, que cuenta con el visto bueno del presidente Roosevelt, urgido por el epimeteo Albert Einstein -"quien dio el primer tirón a la tapa de la caja de Pandora" (Hoffmann, Banesh, Einstein, Biblioteca de Grandes Biografías, Salvat, Barcelona, 1985, p. 183.

    )-. Oppie elige el emplazamiento de Los Alamos para desarrollar y probar la bomba. Llama al lugar de pruebas "Trinidad", inspirado en un soneto al Dios trino de John Donne: "Sacude mi corazón, Dios trino; haz que pueda/ latir y alentar y brillar y perfeccionarse;/ para que yo me alce y me asiente y resista el embate/ de tu fuerza que me golpee, me rompa, me queme y me haga nuevo" (Op. cit. p. 116.). No le afectan las preocupaciones de Leo Szilard y Einstein -"insipientes" arrepentidos- sobre los riesgos de la demostración atómica ni su insistencia en la "necesidad de un control internacional" (Op. cit. p.120.). Oppie no tiene reparos a que la bomba sea utilizada contra Japón, a que el blanco sea "militar rodeado por una población civil", a que la bomba sea lanzada "sin ninguna advertencia previa" (Op. cit. p. 124.).

    "En ningún momento... había representado Oppenheimer la preocupación moral de los científicos acerca de utilizar la bomba sobre el Japón. Había planteado el asunto puramente en términos de consideraciones políticas y tácticas implicadas" (Op. cit. p. 124.). "Hubo alguien que pudo, quizá hubiera debido, ver claramente el problema: Oppenheimer, pero por la razón que fuese, nunca, en aquel estadio de las cosas, se sintió impulsado a discutir de nada que no fuera desde un punto de vista práctico. El mismo lamentaría públicamente la falta de previsión y de valor político que había demostrado el grupo científico... nadie hubiera podido hacer más que él para cambiar el curso de los acontecimientos" (Op. cit. p. 128.). Ante el éxito de la primera prueba en Trinidad, confesó Oppie: "Por mi mente flotó un verso del Bhagavad-Gita, en el cual Krishna está intentando persuadir al príncipe de que debe cumplir con su deber: "Debo convertirme en la muerte, el despedazador de mundos"" (Op. cit. p. 144.). Ken Bainbridge estrechó su mano felicitándolo. "Oppie -dijo-, ahora somos todos unos hijos de perra" (Id., Ib.). Arrasadas Hiroshima y Nagasaki, el presidente Truman -modelo de "insipiencia"- alabó en público el laboratorio: "Eso estuvo muy bien hecho, es el mayor logro de la ciencia organizada en toda la historia... Hemos gastado dosmil millones de dólares en la mayor apuesta científica de la historia... y hemos ganado" (Op. cit. p. 150).

    Aunque Oppie se sentía "un poco asustado de lo que hemos hecho", declaró con cínica "insipiencia" a los periodistas: "UN CIENTÍFICO NO PUEDE FRENAR EL PROGRESO SIMPLEMENTE PORQUE TEMA LO QUE EL MUNDO VA A HACER CON SUS DESCUBRIMIENTOS" (Op. cit. p. 150.). Pero "una profunda depresión se instaló sobre aquellos que aún seguían en Los Alamos" (Op. cit. p. 151.). "Oppenheimer se sintió tan afectado por los cambios de ánimo en Los Alamos como cualquier otro" (Id., Ib.). Se sintió muy complacido al recibir un telegrama de una universidad "ofreciéndole un puesto, aunque el sueldo fueran unos ridículos 10.000 dólares al año... se sentía ansioso por marcharse de allí" (Op. cit. p. 151-2). Cuando el ejército entregó un diploma de agradecimiento al laboratorio, el epimeteico Oppie expresó, con el aplomo de un lúcido profesor de Ética: "Si las bombas atómicas tienen que ser añadidas a los arsenales de un mundo en guerra, o a los arsenales de naciones preparándose para la guerra, llegará un tiempo en el que la humanidad maldecirá el nombre de Los Alamos y el de Hiroshima... La gente de este mundo tiene que unirse, o perecerá... Estamos comprometidos por nuestras obras, comprometidos a un mundo unido ante este peligro común, por la ley y la humanidad" (Op. cit. p. 152.). Pero su biógrafo lo desenmascara: "Desde el fin de las hostilidades, los científicos habían estado promoviendo una campaña para asegurarse de que la energía nuclear no permaneciera para siempre en manos de militares, y se sintieron tranquilos pensando que aquellos que habían elaborado el proyecto de ley habrían recibido los consejos de Oppenheimer... Sin embargo, cuando el proyecto de ley se publicó, vieron con horror que no impedía a los oficiales del ejército servir como administradores o en el comité supervisor de nueve hombres" (Op. cit. p. 155.).

    Oppie vuelve a su laboratorio en el Instituto Tecnológico de California. En 1948, se halla en el apogeo de su influencia y su popularidad. Pero el FBI mantiene intensa vigilancia sobre él durante 8 años. En 1960 Oppie es invitado al Japón, y cuando le preguntan si lamentaba haber construido la bomba, responde: "No lamento haber tenido algo que ver con el éxito técnico de la bomba atómica. Lo que lamento es que no me siento peor esta noche de lo que me sentí la noche pasada" (Op. cit. p. 251.). Muere en 1967. Parece que sin mejorar en su labilidad moral.

  12. BUEN JUICIO, DERECHO POSITIVO Y MODELO CIENTÍFICO ALBERTINO

Aunque los colegas reconocían a Oppie como "superior en su juicio y superior en sus conocimientos a cualquiera de nosotros" (Op. cit. 224.), de todos modos, Alberto lo habría considerado un auténtico "insipiente", y habría tal vez pensado: "¡Cómo andaría el "juicio" de tales colegas si en eso los superaba Oppie!" No se supera la "insipiencia" siendo solamente educado y científico. Hace falta capacidad estimativa, mas no sólo después de destapar la caja, como en Epimeteo, sino antes de hacerlo, previendo consecuencias y prefiriendo responsablemente lo más valioso. Pero el buen juicio es, en análisis albertino, resultado de auténtico "libre arbitrio", con una voluntad y una razón práctica armónicas. Por otra parte, esta razón arbitral, gobernada por la sindéresis, deberá ceñirse a criterios indicados por el "derecho natural", el "ius gentium", el "derecho positivo humano" ("la ley y la humanidad" que Oppie no ignoraba) y el "derecho divino" (De Anima, L. III, tr. IV, c. X).

Sin embargo, para Alberto el "derecho positivo humano" no vale por sí mismo, pues "también el tirano percibe bien el principio universal, a saber, que hay que observar las leyes, pero yerra al decir que es ley eso que ha sido decretado en detrimento del pueblo" (De Anima, Id., ib.). "Por lo que hace a la parte que es informada por el derecho humano, que es positivo y sancionado por la costumbre, no tiene nada que sea recto a perpetuidad, sino que la norma con que regula las acciones, toda ella es particular, local y temporal, y variable" (Id., ib). "Nada hay -continúa-, en efecto, en las instituciones humanas que sea tan universal, que deba ser hecho dondequiera, siempre y por todos" (Id., ib.). Así les habría respondido Alberto a los colegas de Oppie, dispuestos, finalmente, a excusarse fundados en imperativos del derecho positivo. No basta con que todos o la mayoría de los legisladores estén de acuerdo para que el "derecho positivo humano" se torne autosuficiente y pueda justificar la aplicación libre de cualquier progreso científico o su divulgación. Ni la verdad de la razón práctica ni ninguna otra verdad es decisión de mayorías: "si una demostración fuese contradicha por todos -enfatiza Alberto-, no por eso sería menos necesaria que si no la contradijese nadie" (Phys., L. VIII, c. XIV.). Y viceversa. Por encima de la voluntad de poder normativa está el poder de la razón, sujeta a un orden antecedente que subordina toda voluntad. Recordar a Antígona. Ni la voluntad general ni el respaldo de la fuerza hacen a las mayorías razonables. Legitimidad sociológica no es legitimidad ética. Alberto pretendía también, como Oppie, impulsar el progreso de la ciencia, de todas las ciencias, con la diferencia de que su concepción científica exigía mantener unidas ciencia y conciencia, porque sólo esa unidad permite al hombre "hacerse" plenamente, "conquistarse a sí mismo", "transmutando" la "imperfección" de su "libre arbitrio", amenazado continuamente de disgregación (esquizofrenia: "squizoo" = dividir, "fréen" = inteligencia).

Los criterios de la ciencia holística albertina establecen la diferencia entre el "Doctor universalis" y el "doctor specialis" de la ciencia contemporánea, formado para disgregar y aislar su objeto de conocimiento, olvidando o soslayando los fines de perfección humana a que todo saber debe servir, con lo cual se habilita para lanzarse sin escrúpulos a cualquier forma de "insipiencia". Alberto se proponía en su propio "estudio" y particularmente para la "búsqueda de la verdad en grata sociedad" ("in dulcedine societatis"):

    1. Apertura a la totalidad de la realidad y universalismo en la búsqueda de todos los saberes.

    2. Universalismo en el conocimiento de las fuentes de los saberes, en su devenir hasta el estado actual, en esfuerzo comparativo y crítico.

    3. El Conocimiento concreto de la realidad, en el inmediato encuentro con las cosas, como indispensable punto de partida de todo conocimiento natural.

    4. Hasta donde pueda penetrar la experiencia, el hombre con uso de razón debe reivindicar su independencia frente a cualquier autoridad.

    5. A partir de la observación empírica, elevarse según los grados de abstracción, pero buscando afinidades, nexos articuladores, pues "todo ser creado consta de una red de relaciones" (De Bono, q. 1, a. 1.).

    6. Mediante las distintas formas de conocer y con la colaboración de las distintas racionalidades, elucidar la función de cada porción de realidad en una macro-ecología del ser, construida con "unidad de analogía", respetuosa de las diferencias, y no con "unidad unívoca".

    7. Prototipo de la macro-ecología del ser es una biótica general de grandes simbiosis, en cuyo interior el hombre -"horizonte de la eternidad y del tiempo" (De Anima, L. II, tr. I, c. VIII. )- adquiere conciencia de su función articuladora de la realidad, que da sentido a cada grado del saber.

    8. El hombre toma conciencia de que se halla en la cima como responsable de conocer, "perfeccionar" y cuidar el "orden de la creación".

    9. Uso temperado -"utile ad vitam et civitatum permanentiam"- del poder transformador de la ciencia, sometido a las exigencias del "orden natural".

    10. Ciencia y verdad no subordinadas ni a los poderosos ni a la voluntad de mayorías.

Utilizando las palabras de Oppie, Alberto Magno, "minimus philosophorum", seguiría recomendando a todo alquimista, a todo físico, a todo científico, a todo técnico, a todo aprendiz de brujo, a todo potencial Epimeteo: "UN CIENTÍFICO NO PUEDE IMPULSAR EL PROGRESO SIMPLEMENTE SIN QUE TEMA LO QUE EL MUNDO VA A HACER CON SUS DESCUBRIMIENTOS", y les seguiría repitiendo: "Rogo et adiuro vos per Creatorem mundi, ut occultetis librum istum ab OMNIBUS INSIPIENTIBUS", reiterando: "Cavere debes ante omnia ne apud principes vel potentes intromittas"... De seguro los científicos de hoy van a protestar: "¿Y quién nos va financiar?"

E-mail: faustoc@cable.net.co


Indice General de la Provincia de San Luis Bertrán de Colombia O.P.
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