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Cada
vez estamos más convencidos de que hoy en día es necesario
ser adulto no sólo para ganarse el pan sino también para
creer. Hay demasiado creyentes que viven una fe infantil, que no han hecho,
una vez llegados a la edad adulta, una elección personal y consciente
de su fe cristiana. Se conforman con observar ciertas prácticas
religiosas, por no decir, ciertas supersticiones, pero en realidad no
son creyentes en toda la extensión de la palabra.
Nuestro tiempo y este mundo pluralista en que vivimos tienen una particular
necesidad de cristianos adultos, convencidos y comprometidos con la fe
que profesan, porque está pasando el tiempo, o está próximo
a desaparecer, en que la fe se consideraba como un asunto de herencia
familiar y cultural, o en donde era suficiente la mera Afe del carbonero.
Pero qué es ser adulto? Es el hombre nacido por completo al mundo. No ya con ese nacimiento que, después de unos meses de gestación en el claustro materno, da al mundo su existencia física propia, sino con ese otro nacimiento que, tras una lenta pero progresiva gestación y toma de posesión de sí mismo y a través de crisis sucesivamente superadas, le introduce en el mundo de la acción y de la historia, a fin de que ocupe su plaza y haga a su vez, y según sus capacidades, obra de creación.
A diferencia del niño y del adolescente que están en vías de encontrarse y de hacerse, el adulto tiene que ser ya un hombre acabado, que se conoce así mismo, que ha dejado de aceptar cuanto se le dice y que vive ya de sus propias convicciones. Por ejemplo, el cristiano adulto -hablo evidentemente del adulto psíquica y espiritualmente, al que no siempre llegan los adultos en edad cronológica- es el hombre a quien no es preciso advertir y empujar ni vigilar para que obre. Cuando éramos niños íbamos a misa porque nos llevaban o nos hacían ir; ahora es preciso ir a sabiendas de lo que se hace, movidos por convicciones personalizadas. Muchos cristianos asisten o cumplen sus preceptos religiosos más por la presión social, por la fuerza de la ley (si no lo hago cometo un pecado), llena de censuras o sanciones, les obliga a ello.
El adulto sabe que es responsable de la totalidad de su vida, y por eso asume plenamente el peso de la responsabilidad de sus actos y realiza el papel que esta llamado a desempeñar en el pequeño mundo de lo cotidiano y de su historia personal, y luego en el amplio mundo de la sociedad y de la historia. Aceptar responsabilidades es, ante todo tomar posición frente al hogar la , la vida social y política, las realidades económicas, su credo religioso. Y tomar posesión es aceptar entrar en oposición de opciones y, por tanto tener enemigos que no comparten su manera de concebir y vivir la vida; es comprometerse en un estado de lucha. Este compromiso es a la vez medio, signo y fruto de la llegada a la edad madura, a la fe adulta.
Entonces se acepta la realidad de la vida tal cual es, por más turbia y brutal que aparezca, siendo paciente en la tarea diaria y confiriendo grandeza a las cosas pequeñas. El creyente adulto busca situarse con realismo, aceptando los límites y fracasos de la vida, sin que estos le detengan ni le anulen; incluso, es capaz de hacer frente a los elementos de desequilibrio que encuentra en su personalidad.
Cuantos cristianos todavía no viven y esperan soluciones hechas que los dispensen de pensar y vivir por si mismos, con una conciencia infantil que los incapacitan para dar razón de lo creen y esperan.
FAUSTINO CORCHUELO O.P.
